Unión en libertad

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La crisis no ha hecho más que empezar. La situación no es fácil y su solución requerirá de la generosidad y voluntad de acuerdo por las dos partes enfrentadas. Es preciso un poco de recogimiento para no dejarse envolver en las bajas emociones que pujan por hacerse con nosotros. Deseo buscar ese mayor recogimiento. Hay precios, en forma de deterioro de relaciones humanas, que uno se resiste a seguir pagando. Para quienes no quisieron leer, leyeron a medias o leyeron a su interés, desde el principio hasta la mañana de hoy, la apuesta de quien suscribe fue por las libertades y por una segunda transición hacia una más verdadera democracia. Tal como se ha constatado estos días, sigo creyendo que no se han conquistado plenamente.

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Cumplir años

 

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Cumplir años es soplar velas sobre la espesa nata, atender llamadas llenas de amabilidad y buenos deseos, pero sobre todo agradecer todos estos años sobre esta tierra bendita, bendecir la oportunidad de estar aquí ahora juntos sobre el planeta en estos momentos decisivos, con todas las posibilidades de evolución que se nos brindan…

Cumplir años es descorchar el “reserva” escondido, es tirar del lazo rosa, pero sobre todo celebrar los pasos dados. Es reparar también en los que no dimos o los baches en los que caímos. Cumplir años es recapitular, observar en qué acertamos y en qué erramos; mirar para atrás, no para ceder a la nostalgia, sino para extraer la enseñanza. Sin recapitular no es posible ser mejores personas. Recapitular es observar dónde pudimos haber puesto más amor, comprensión, paciencia solidaridad… que la que dispensamos; es explorar las veces que nos quedamos cortos, que nos entregamos con calculada medida, que nos reservamos el mejor trozo, que pensamos en exceso en nosotros mismos…

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Peregrino

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Su mirada venía cargada de la paz de muchas sendas sagradas. Me lo encontré el domingo bajando del Alto do Poio, cuando el Camino comienza a “falar galego”. Quiero pensar que fue envidia sana la que se apoderó de mí. No sé si la sentí por no poder cargar sobre mi espalda con tanta mochila, o sobre mi espíritu con tanta soledad… Son esos instantes en los que sueñas ser peregrino sin prisa, ni calendario, huella de infinitos caminos.
No sabe donde dormirá, si tiritará de frío a la noche, si probará bocado en el merecido descanso del mediodía…, pero su rostro desbordaba gozo. Partió de su casa en Hamburgo el pasado Junio. Marchó hasta Roma. De la capital cristiana a Santiago de Compostela y ahora vuelta rumbo a Alemania. No lleva dinero, ni el plástico salvavidas de la Visa. Duerme en una pequeña tienda de campaña que lleva consigo. Es una opción que ha hecho, no es una necesidad. En Hamburgo tiene su hogar y su familia. Trabaja en una fábrica de acero y ha decidido tomarse un año sabático.
Va recogiendo por limpieza los plásticos que encuentra en el camino. Le di naranjas y galletas. Debía traer mucha hambre, pues las empezó a tomar delante mío. Pena de un inglés más decente. Tantas cosas le hubiera preguntado…

“Hoy he visto a Dios, bueno, yo creo que era Él.
Estaba solo/a, allí arriba, tumbado al sol, vestido de hayedo blanco.
No acerté a orar sin labios.
Aún no sé cómo osé, cómo Le impotuné,
no supe cómo callar el ruido de mis pisadas,
no logré silenciar mi encendido canto de alabanza.
Ni méritos en el corazón, ni pasaporte en el bolsillo,
sin embargo nadie me detuvo en el vestíbulo de los Cielos…”

 

 

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Nueva máquina

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El bueno de Javi León acabó por convencerme. Acaricio bajo mis dedos una nueva y potente máquina. La sorpresa maravillada ante el prodigio no nos eximirá de la pregunta ineludible. ¿Estamos en condiciones de permitirnos estas máquinas, cuando tanta gente no tiene qué llevarse a la boca?
 
Estas máquinas constituyen nuestra heredad, nuestro futuro, ¿pero podemos hacerlo ya presente? He buscado la perdida justificación para poner rumbo a los grandes almacenes. Sensación agridulce con el paquete bajo el brazo de vuelta al aparcamiento. Trato de buscar los mil y un razonamientos para romper el celofán prohibido, para abrir la caja que guarda la joya. No sé si he acabado de convencerme. ¿No sé si dar gracias al Cielo por poder trabajar con ese ordenador extraordinario, o pedir disculpas al hermano por el dispendio?

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Carta abierta al señor José Luis Barbería, periodista de “El País”.

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Estimado Sr. Barbería: No podemos modelar el mundo a nuestro interés. Un buen profesional nunca debería dibujar la realidad a su antojo. Un periodista exigente se debe a la verdad en toda su extensión, no sólo a la que le conviene. La diferencia está una vez más en el foco. Vd. sabe bien de lo que está emergiendo en el País Vasco, sin embargo escribe de lo que está cediendo. Sus artículos y reportajes hurgan la herida que está ya cicatrizando. Pretenden prolongar el ayer. Sirven a ese trozo de humanidad que quiere permanecer rota, no a la que se está componiendo y armonizando.
Vd. no es ningún extraterrestre, más al contrario Vd. es un profundo conocedor de la realidad vasca, por ello Sr. Barbería tiene una gran responsabilidad al proyectar en toda España una imagen de este país que no se termina de ajustar a la realidad. Vd. revela otro panorama residual, mayor y felizmente difuminado. Sabe que lo escribe no se termina de ajustar a la entera verdad y sin embargo lo sigue escribiendo.

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Ricardo Ocampo in memoriam

Era mucho antes del “me gusta ” y me deja de gustar, de que las redes sociales transformaran nuestras vidas. Era cuando a golpe de mail estábamos convencidos que podíamos sentar las bases de un mundo más unido y fraterno; cuando pretendíamos crear una ancha red de luz a base de intensa comunicación trasatlántica. Nuestras visiones fraternas se cruzaban en medio del océano.

En junio del 2000 en el asrham de la GFU de las Raíces, cerca de Monterrey, creamos, junto con él y los hermanos de Oromu, la Red Iberoamericana de luz. En ese viaje a México me albergó gentilmente en su casa del DF. Después vinieron los encuentros en Costra Rica, Venezuela, Colombia, Madrid…, también el tiempo de las disputas. En medio de la fragua de la malla de luz, al borde del horno a rojo vivo, también nos echamos nuestras risas. Humor del bueno el que gastaba el amigo, sobrio, pero profundo, acertado. Ricardo ha tenido que partir para reparar en lo mucho que nos peleamos. Sirva su vuelo para descargar en el futuro este teclado de toda carga de eventual dinamita. No ocultaré aquella gresca que se prolongó durante años. Rindo a él ahora el agradecimiento y el honor que no lo hice en vida física.

 

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De ciudades y apegos

Podía haber ido hacia el redoble y sin embargo un suave y tranquilo tren me lleva en dirección contraria. No echo en falta la tamborrada, prefiero este viaje colmado de paz hasta el otro extremo de la península donde azotan todos los vientos. Hoy, 20 de Enero, prefiero este vagón vacío, al estruendo de la plaza.

No sé que ha operado dentro. ¿Por qué Sarriegi y su tambores tañen tan lejos? ¿Por qué no echo en falta la ciudad en plena algarabía? Yo creo que la ciudad va por dentro sin necesidad de pisarla. Yo creo que la tamborrada suena en el interior sin necesidad de correr hasta la Parte Vieja. Sí, en realidad todo eso, la ciudad, la fiesta, los tambores…, es entrañable, pero a la vez es una parte vieja y es preciso hacer sitio a lo nuevo. Es precio nacer de nuevo y no sé si Sarriegi me lo permitiría; no sé si lo conseguiría si vuelvo a llenar mis oídos, mi memoria, con sus melodías cargadas de tantos ecos.

 

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Cinco-cinco

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No entra el vértigo por esos años que avanzan alocados, sino por no haber culminado lo acordado. Cinco-cinco y cierta pena por los pétalos que no llovimos, por las nubes que detuvimos, por las zarzas que sembramos… Cinco-cinco, y alegría por el poema en nuestros otoños, por la sonrisa en sus inviernos, pero escozor también por no haber agradecido y amado lo debido. Amar es abrazar, pero es sobre todo olvidarnos de nosotros mismos. Voluntad de hacerlo mejor en lo que pueda restar de partida, más allá del cinco-cinco.

Cinco y cinco y convencimiento de que pudo haber sido diferente. Temor de no haber recogido el perfume que la flor tantas veces acercaba; de no haberme bañado en todos los ríos que la vida susurraba. Determinación de apurar ese perfume, de sumergirme en esos ríos, de soplar sobre las heridas que salgan a paso… Voluntad por lo menos de no abrir ninguna más, de en la próxima hacerlo con más cuidado y ternura, con más comprensión y cariño…

Cinco cinco y pena de haber dejado sin pasear desnudo tantos rocíos… ¿Por qué sonó tan tarde el despertador? El sol brillaba ya en lo alto cuando metíamos las manos en la nueva masa; cuando cocíamos el pan de nueva vida. El sol brillaba en lo alto cuando empezamos a conocer quiénes éramos, de dónde veníamos y a dónde íbamos… En la próxima no esperaremos al cinco-cinco para que Arriba sepan que pueden contar con nosotros.

Ángeles de la niebla

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Gozo grande de volver a acariciar teclado, gozo profundo de reencuentro en la pantalla. Casi nos traga la niebla, nos engulle en su magia engañosa, casi nos quedamos en medio de su geografía leve, incierta, desconcertante. Salimos de esa niebla y vemos colores definidos, contornos claros y nos sentimos en prórroga y no paramos de dar gracias al Cielo. En una curva en mitad de la niebla hemos tenido en suerte renacer y conocer seres extraordinarios. No sabemos de su identidad, de su origen, sólo de su generosidad y arrojo. De seguro que no leerán estas letras, pero queremos de cualquiera de las formas, muy sinceramente agradecerles.

Fue ya entrada la oscuridad en el día de Reyes, volvíamos felices de los momentos vividos en familia. Viajábamos cargados con nuestros regalos hacia casa. Fue en la nacional I, en un puerto de Etxegarate bañado en la niebla y con un tráfico constante. Era una de las últimas y pendientes curvas. El viejo coche quiso detenerse justo ahí en el lugar más delicado para seguramente morir, para probarnos a nosotros, para conocer siquiera por unos instantes a gente maravillosa. Del “capó” salía una enorme humareda. No nos habíamos percibido anteriormente de ella debido a la niebla. En seguida salimos para tratar de evitar con nuestra presencia y las manos bien en alto un choque en cadena. Aún no sabemos cómo, pero milagrosamente lo logramos. No hubo colisión alguna. Una vez logramos ralentizar el tráfico y colocados los triángulos, era urgente, en medio del tráfico, escorar el coche al bordillo para evitar colisones, pero no podíamos con el peso del coche cuesta arriba. No hubo que llamar a nadie. Varios coches aparcaron al bordillo. Tres personas corrieron a donde nosotros. Seis manos vinieron a ayudarnos y logramos arrinconar el vehículo. Respiramos profundamente, el peligro había pasado.

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Milagrosa luz sanadora o el ajedrez de cristal en mitad del cierzo leonés

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No sé dónde pasamos la tarde del domingo. ¿Era una casa de madera o una nave del futuro? En medio de ese platillo fuera del tiempo, sobre una mesa baja rodeada de gente, los frascos de la luz. Desde la puerta de entrada pensé que, a la vera de las llamas, se jugaba una gran partida de ajedrez. Esos reyes, torres y alfiles de transparente cristal susurraban las palabras de Thay. “El sufrimiento es impermanente, es por eso que podemos transformarlo.” En aquella gran casa de madera rústica y futurista en las estribaciones de la montaña leonesa se afanaban en ello. Iban en pos del sufrimiento cargados de la sola luz. No sé cómo, pero a fe que lo transformaban. La luz lograba que los dedos se cerraran y las rodillas se flexibilizaran y el dolor empezará a mermar… En mitad de toda la reunión estaba el doctor Moncayo, el promotor de esa pacífica revolución en el ámbito de la sanación. Estábamos con el reputado médico mexicano cuyo “Acqua de luz” se aplican en las extremidades y miembros dañados cada vez más pacientes a ambos lados del Atlántico.

Fui de taxista, pero me pusieron igualmente silla junto a aquel ajedrez de la luz, sin otro rival que el sufrimiento del mundo. Pudimos calentar nuestros cuerpos, pero sobre todo participar del noble afán de la quincena de médicos, pacientes y estudiantes allí reunidos. Apenas podía captar lo que hablaban, pero igualmente me impliqué con ellos en pos de esa invisible luminaria y sus efectos sanadores. No sé cómo meten la luz en el agua, cómo le aplican las frecuencias precisas. Pasé seis horas sin entender apenas nada de lo que hablaban y sin embargo no perdía palabra. Tenía la sensación de privilegio, de viajar al futuro. Aquella luz capturada en esos frasquitos parecían guardar muy importantes claves de la sanación del mañana.
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“Vuelva Vd. mañana…” Reflexiones sobre el “alzheimer”

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La llamada muerte quizás sea nuestra mayor aliada en el reto ineludible de desapego de las formas. Dice la ciencia espiritual que la desaparición de un ser querido es una invitación a seguir amando sin un cuerpo físico, sin ceñirnos exclusivamente a un solo ser. Dicen las enseñanzas a las que nos debemos, que la materia no debe ser necesaria para desplegar todo el amor que abrigamos dentro. A su forma, en su idioma, él ya nos lo había advertido. Nos comunicaba silente que ya no estaba allí, que no le buscáramos en ese cuerpo. Esa mirada perdida en realidad nos estaba invitando al desapego, indicaba ya un aleteo emprendido. Esos ojos azules cada vez más claros hablaban de cielos ya conquistados, de esferas en las que ya estaba incursionando. A su manera, confesaban una ausencia, evidenciaban un alejamiento del alma.

Las más importantes lecciones tan a menudo nos pasan desapercibidas. La vida nunca nos avisa de sus enseñanzas. Nos pilla siempre fuera, “wasapeando”. Diría que nos las acerca cuando más despistados andamos. La vida siempre nos invita a estar más y más presentes, como única forma de no dejar pasar sin atrapar nuestras lecciones imprescindibles. Él se había marchado y nosotros sin embargo todavía actuábamos como si estuviera presente. Le llamábamos a sabiendas de que ya no estaba allí, de que no nos podía responder, de que el verdadero ser ya aleteaba.

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La morada del resplandor

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Tiro de torpe memoria y de adelantado pido perdón por las imprecisiones y desvaríos. No tengo conmigo ese libro maravilloso que es la “Morada del resplandor”, una obra desbordada de prodigiosa poesía y profunda y actual enseñanza como todas las de Daniel Meurois Givaudan. La fama de Nagarté se había extendido mucho más allá de Alepo. Cuando en nuestros días los medios hablan tan a menudo de esta ciudad mil veces bombardeada por Al Assad, siempre pienso en el gran sacerdote y médido cuyo nombre llegó a oídos del faraón Amenofis IV, más conocido bajo el nombre de Akhenatón, “el faraón ebrio del Sol”. “Mi plan, decía Akhenatón, consiste, no en cambiar las leyes, sino en llevar a la tierra roja (Egipto) a la Ley.”

Nagarté vivía apaciblemente en ciudad siria junto a su familia de adopción. Las historias sobre él habían desbordado sin embargo las fronteras. En realidad no tuvo mucho tiempo para pensarlo. Al día siguiente de que el heraldo llamara a su puerta, ya estaba camino del desierto para levantar a las órdenes del faraón el más ambicioso proyecto de comunidad fraterna hasta entonces conocido, “la morada del resplandor”, la comunidad inspirada en el sol y las enseñanzas solares. Nagarté sabía que hay un destino que no pueden frenar los apegos ni familiares, ni de la tierra. Su pequeña hermana Tyrsa lloró como nadie la partida de su solicitado hermano, que había decidido en muy breves instantes aceptar la invitación para servir al faraón y sus nobles proyectos.
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El peso de la memoria. A propósito de la llamada “enfermedad del Alzheimer”

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Los faros horadan la niebla de vuelta del mar, camino de la casa arrimada a un bosque siempre verde. Allá lejos, junto a las olas, aparentemente clavados en la nada, quedaron esos ojos fijos, inmutables que no horadan nieblas, que no escarban en la noche. Cada quien es libre de nublar los recuerdos, de filtrar la vida a voluntad, de quedarse con lo que quiere. Cada quien baja sus persianas cuando le sobra la luz, cuando el atardecer se le alarga. Se sube a un carro y deja que le empujen, que le peinen y le afeiten y así nos da la oportunidad de devolver todo lo que nos ha dado.

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¿Voluntad de Dios?

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“Un día me sorprendí pensando que cuando un ser consiga realmente traducir en toda su persona el espíritu de Cristo, ya no es la sangre lo que se escurre de su costado, de sus manos y de sus pies, sino aceite, la bendición del Cielo y de la Tierra…”, confiesa a su querida Chiara un Francesco, en gran medida arrepentido por tanta autoexigencia de sacrificio. Acontece ello en el libro una y otra vez releído de “El secreto de Asís” de Daniel Meurois Givaudan. Sin embargo esa disyuntiva de la sangre y del aceite, de la penalidad y del gozo, forma parte también, en alguna medida, de nuestras propias vidas. Nuestro presente se deja mecer a menudo en esa mezcla de líquidos tan diferentes. ¿Cuántas veces no hemos imaginado al santo de la Umbría reconstruyendo con los “frateli” su ermita de San Damián, pero somos hoy convocados al mismo sacrificio de manos y pies desnudos?

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Las dos humanidades

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Podemos encontrar historias bellas hasta en los lugares más insospechados. Yo vengo de hallarla en medio de un cementerio de coches. Allí llegó en grúa mi vehículo moribundo, de allí salió resucitado. Los hombres buenos a veces visten viejo buzo y grasa hasta el cuello. He visto a un fogueado mecánico, curtido en las mil y un calamidades del motor, literalmente correr de un lado para otro afanándose en recomponer el cisco que le llevaba. Durante dos días se empleó en salvar mi coche con piezas de desguace y al final lo consiguió. 


Conocer a un hombre bueno a veces sale caro, pero compensa. Un panorama de máquinas destrozadas acorrala al protagonista de nuestra historia. Las apariencias nos siguen engañando. El dolor y la inconciencia permanecen aún grabados en los aceros retorcidos, pero la nobleza también medra entre la herrumbre. Tras burlar una avería mortal, nuestro buen hombre me entregaba las llaves del coche satisfecho. Me cobraba un precio muy inferior a lo que supone una avería de esa categoría. Ha debido de cambiar infinidad de piezas. La correa de trasmisión se había roto desencadenando el estropicio. Quien me vendió el vehículo de segunda mano, me aseguró que la había cambiado, como es preceptivo, a los 100.000 kms, pero no fue así.
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Partir despacio. Reflexiones sobre el Alzheimer

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Nuestra civilización denomina enfermedad a todo lo que se le escapa, a todo aquello que no alcanza a comprender. ¿Y si el olvido no fuera una enfermedad, sino un recurso para escaparse sin hacer ruido? El olvido puede ser liberación. Imaginemos que el alma dejara su cuerpo de testigo, de recuerdo; que no se atreviera a despedirse de una vez, de repente y por eso se marchara lentamente ¿Será el Alzheimer en realidad una cortesía, un detalle, un adiós sin decir “¡adiós!”? ¿Será un partir por capítulos, una separación lenta…, hasta que aquí sólo queda el cuerpo físico, el etérico y el astral, hasta que ya sólo pulsan los instintos del cuerpo de carne, los deseos de ese vehículo de emociones? Todo apunta a que en el llamado enfermo de Alzheimer resta únicamente la condición animal, desprovista de mental superior y espíritu. Iría poco a poco quedando sólo la personalidad inferior, el animal, dicho esto con todo el amor y el cariño, el animal con toda su inocencia y su hermosura. “No quiero prescindir de tener que esquivar sus mordiscos”, me decía alguien demasiado allegado y que no querría que mentara su nombre.

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A la vuelta de Can Cases

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Encuentro Ibérico de Ecoaldeas (Barcelona. 29 de Agosto-2 de Septiembre)

El otoño nos atrapará sin haber digerido todas las enseñanzas de este intenso verano. El hayedo de los mil y un ocres y amarillos nos volverá a sorprender sin haber podido aún procesar tanto aprendizaje. En realidad cada una de las personas del Encuentro Ibérico de Ecoaldeas era un aprendizaje, un testimonio de creatividad, de voluntad, de compromiso y honestidad. Cuando se juntan más de 300 participantes con todos sus testimonios, sus sueños, sus mimbres, sus barros a cuestas…, puede ocurrir lo más imprevisible, lo más grande. Pero es que además aconteció en una masía situada en una colina frente a Montserrat, a la vera de una sagrada montaña que funge como centro espiritual planetario, pero es que además los organizadores/as de Amalurra se dieron por entero y el discurrir fue armónico, plenamente fraterno.

El trayecto de vuelta no bastó para asimilar lo vivido. El río junto al que tecleamos aún no nos canta todas las revelaciones. Sólo esbozamos sensaciones aún desordenadas. Venimos tan llenos de Can Cases, que aún no sabemos de qué…, de experiencias, aprendizajes, testimonios, sobre todo de instantes de mágica comunión. Hemos tenido en suerte participar de esa fraternidad de seres que arriesgan y apuestan, que reconstruyen con sus manos de callos, que hilan sobre sus piernas cestos y bolsos y así apuntalan su independencia y así no se venden a nada, ni a nadie y así sacan para gasolina para volver a sus Alpujarra o a sus Pirineos; gentes de todas las geografías de Iberia que tejen aquí y allí el otro mundo posible. Venimos llenos y convencidos de que sí es posible, de que en tantos lugares lo están intentando; persuadidos de que podemos errar y caer las mil y un veces, pero que no hay otro camino que no sea en unión con la Tierra, nuestra Madre, en unión entre nosotros sus hijos e hijas.
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“Más allá del sol… / ”Crónicas de Pirinea 2013 ( Galería de imágenes de Pirinea en www.pirinea.org)

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Nadie osaba romper el aro. Seguíamos meciéndonos en un instante sin tiempo, en un sagrado candor fraterno, casi olvidado que inconscientemente explorábamos y anhelábamos recuperar. Sí, revivir el momento en que fuimos como hermanos. “Más allá del sol, más allá del sol, yo tengo un hogar, hogar bello hogar…” cantábamos una y otra vez sin cansarnos… Más nos estrechábamos en el círculo más cercanos nos sentíamos de ese añorado Hogar. Ocurrió así en repetidas veces de forma espontánea a lo largo del campamento. “Algo” nos mantenía enlazados por los brazos cuando los cantos se extinguían y nos invadía tan cálido silencio. Nos balanceábamos de un lado a otro y nadie osaba romper esa magia de los cuerpos y las almas enlazadas.

Nadie lograba separarse, ni quebrar el silencio. ¿Qué es lo que perpetuaba esos seres tan unidos pese a la nota final? ¿Qué es lo nos impedía deshacer el círculo? ¿Tiene ello que ver con el llamado de Thich Nhat Hanh al fomento de la comunidad o la shanga? Seguramente esa irrefrenable y sana nostalgia del “Uno” que allí nos asaltaba, es la misma conciencia del “interser” de la que nos habla el reconocido maestro vietnamita.

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Por la ruta de los contrabandistas…

Sólo quedan las cumbres para poder tomar plena conciencia del paraíso que un día heredamos. Merece la pena remontar la altura para tomar noción de la auténtica herencia que nos fue encomendada. Allí la Creación se manifiesta casi original. Por eso allí arriba es más fácil rendirse a la bondad y belleza infinitas del Creador. ¿Qué hemos hecho de este escenario sagrado que nos fue cedido para experimentar y evolucionar?, ¿Qué hemos hecho con toda la belleza que el Innombrable puso a nuestros pies? ¿Podremos siquiera sembrar algo de ella por sus caminos…?

Sed de inmensidad y de altura me  coloca, mochila a la espalda, en los altos de Belagua (Pirineo navarro) el pasado domingo a la mañana. Me dispongo a recorrer la ruta denominada de los contrabandistas, pues era la que  frecuentaban aquellos hombres de acero que traían en sus  espaldas productos del otro lado de la frontera. Ahora que todo es fácil y  a golpe de “click” y tarjeta de plástico, conviene sentir encima nuestro los fardos que cargaron nuestros antepasados. Por la ruta de los contrabandistas trato de hacer mía su carga. De esa forma seremos invitados a apreciar y apreciar cuanto hoy gozamos. Asir la mochila cargada del ayer nos ayuda sentirnos más ubicados en nuestros tiempos privilegiados. Realizo el tramo que va desde muga con Francia hasta cerca de Isaba. En mi ligera mochila, queso, frutos secos, fruta, la cámara, los mapas y el cuaderno. Ayer hacían esta misma ruta con pesados bultos a sus espaldas. Sigue leyendo

El robo de la primavera

Nadie pregunte quién robó la primavera, quién la escondió con todos sus pétalos tempranos a su espalda furtiva. En los confines de algún bosque encantado encontraremos aún leña seca, flores recién despertadas… Al final de algún hayedo aún agazapados, tiritando, pero siempre vivos, nuestros sueños de luz desbordada…

 
El blanco lo inunda todo fuera del tiempo. ¿En qué lejano cajón aquella gastada bufanda de Enero? Calcetines y jerseys de gruesa lana, botas gordas… para un tiempo gordo, para un mercurio desmemoriado. Avanzan los pasos desconcertados entre una nieve aún más despistada… ¿Qué habremos hecho nosotros/as también tan fuera del tiempo, fuera del orden y los ciclos, de los prados siempre perfumados…, fuera del Plan Divino para esta Tierra bendita? ¿Qué habremos hecho para sepultar los colores de las laderas, para enterrar bajo ese ancho manto la primavera que quería y no podía, que pujaba y no explotaba…? ¡Feliz Navidad!…, perdón…, ¡Feliz Primavera, aunque tengamos que hallarla con todos nuestros olfatos sumados; desenterrarla con todas nuestras uñas y manos, con todas, todas nuestras fuerzas por fin unidas!

* En al imagen Urbasa y el balcón de Pilatos al fondo. En primer plano Artegoxo. Sábado 6 de Abril

Los otros Maestros…

El Cielo juega con nuestras falsas creencias y dogmas adquiridos por el tiempo y su inercia. Seguramente se divierte desmitificando lo que hemos ido endiosando a lo largo de los años. A veces el Maestro no luce ninguna barba blanca, ni habla con solemnidad, ni viste con majestuosidad… A veces los Iniciados no moran en las faldas de ningún Himalaya, sino más cerca de lo que nunca llegáramos a pensar. El Instructor, el Guía se manifiesta a menudo tras la faz más insospechada, más cotidiana… Ahora sé que no hay necesidad de seguir esos pasos santos en el otro extremo del mundo.

Apenas lo he visto en faena, pero no necesito hacer ningún esfuerzo para imaginarlo. La maestría no se manifiesta necesariamente sobre la moqueta acolchonada, entre atmósferas inciensadas, arropada entre músicas de otras esferas. En esferas más cercanas se esconden a menudo ejemplos que desconciertan. Hay infinitas formas de lavar, peinar, afeitar a una persona impedida. Imaginaros áquella que se derrocha en ternura, en cordialidad, en perenne sonrisa, en silente amor… Sólo hay un camino hasta el mar, hasta esas olas y su obligada barandilla, sin embargo hay innumerables formas de empujar un carrito, de acompañar con palabra amena a un anciano ya desmemoriado… Unos cumplimos expedientes, rozamos el aprobado, otros bordan túnica de verdadera gloria.

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Algodón sin arrugas

No, no es la epidermis, la que une a las parejas. No es la piel con piel lo que consuma la unión. Es el acero con el algodón lo que termina de unir al hombre con la mujer. Una feliz tarde encontrarás tus camisas, tu ropa interior planchadas y entonces  ya estarás “muerto”, ya no hallarás escapatoria.  Entonces te deberás el resto de tus días a esa mujer que metió todo su cariño en ese vapor, a esa compañera que planchaba con gozo, mientras tú aporreabas un teclado. Permanecerás ahí clavado. Si una noche de engañoso verano te tienta la huida, antes de saltar por la confundida ventana, deberás siempre recordar aquel montón de algodón tan pulcramente planchado.

No, no sería la piel con piel lo que uniría a la compañera con el compañero, serían los actos cotidianos de muda, cuidadosa y total entrega. Ahí están de prueba esas  camisas que lucirás como nunca lo has hecho. Ahí está la canción que ella puso en sus labios, cuando creíste que ella holgaba y en realidad pensaba en ti y en quitar la última arruga de tus camisas.

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Tambores frente al olvido

El misterio nos sobrepasa por doquier. Avanzamos por la vida rumiando preguntas cuyas respuestas sabemos que no podremos hallar en ningún manual al uso. La ciencia absolutamente nada nos dice, por ejemplo, de la real constitución del ser humano, de sus diferentes cuerpos y cometidos de éstos. La ciencia oficial aún no considera ese postulado y las numerosas cuestiones relativas por ejemplo a las enfermedades mentales, que podrían, a partir de esa premisa, comenzar a aclararse. Los principios fundamentales de la ciencia oculta o sabiduría arcana van sin embargo progresando en muchos ámbitos. Mientras llega la hora de las definitivas nupcias de ciencia y espiritualidad, siempre nos quedará la posibilidad de compartir inquietudes.

Desconozco el sentido que tiene permanecer con cuerpo en la tierra y a la vez estar fuera, ausente, no se sabe dónde. Al atravesar los puertos nevados, al rastrear con la esponja una piel gastada, al hacer kilómetros y kilómetros junto al mar empujando la silla de ruedas…, me he hecho muchas veces esa pregunta. He explorado posibilidades, pero no he encontrado aún una respuesta absolutamente convincente a esos ojos idos. Escruto de cerca su mirada y trato de averiguar con quién me hallo, si él mora aún tras esa mirada despistada. ¿Partió ya el alma de mi padre o está aún ahí, tras esas pupilas, gobernando aún ese cuerpo grande, inamovible? ¿Con quién hablo cuando una vez al mes me coloco ante ese ser tan querido como, en su nueva faz, desconocido?

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Tambores cercanos

Lo confieso. Correré tras el estruendo. Tregua decretada en el interno y permanente dilema que pretende confrontar lo pequeño con lo grande, lo particular con lo universal. Ya oigo resonar en los oídos una tamborrada antigua. Permitiré que las melodías de Sarriegi penetren cada una de las células y lo haré sin reparo a la piel de gallina, sin pavor a quedarme enganchado, sin miedo a dejarme atrapar por lo familiar, lo cercano.

No están de más esas melodías que nos sacuden por dentro y de paso marcan un punto, una referencia, un cobijo en el ancho mapa. No está de más sentir el apego y abandonarse y desistir de luchar contra él; escuchar el tañer de los tambores, permitir que campen por las entrañas en todo su estruendo, a sabiendas de que en la próxima vuelta de la vida no habrá quizás bahía, ni Kontxa, ni Sarriegi, pero sí otro escenario mágico, otras sanas catarsis colectivas, otras melodías capaces de emocionar y derritir por dentro…

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Son costuras, no remiendos

Ella regalaba sonrisas indiscriminadas, de paso vendía agujas e hilos de costura. Él permanecía encerrado, estudiaba leyes y leyes. Ella atendía en un mostrador de una pequeña mercería, él se ensayaba en un bufet como abogado, memorizaba los mil y un latinajos del derecho romano. Tras ella, cajas y cajas de cartón con hilos, de todos los colores, algodones y tamaños. Las modistillas de Balenciaga tocaban a su puerta para abastecerse. Tras él los innumerables “Aranzadis” de color rojo llenos de leyes en una letra muy pequeña.

Mucho más importante que todas las sentencias de los romanos era la cita diaria con aquella sonrisa. Los domingos cogían la barca en el viejo puerto y remaban hasta la isla de Santa Clara. Entre semana, al atardecer se sentaban en una terraza, no lejos del mar, a preparar una boda siempre, siempre aplazada. Tras ocho años de terraza y remos, de caminos cerrados y de un amor terco no dispuesto a ceder, llegaron por fin al altar. Atrás quedaban los lutos y sus severos protocolos, las múltiples objeciones de la familia del letrado para con la sencilla dependienta.

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Humo del vecino

Frente al fondo verde del encinar de Urbasa, hoy ha empezado a pintar su lienzo el humo vecino. ¿Tristeza por el verano que ya partió, por las olas que no danzamos, por los ríos que se deslizan ya lejanos…, o alegría por los amarillos que ya pulsan en lo recóndito de la arboleda? Si no es el mar, será un océano de hojas allí donde nos bañaremos. Si no es el mar, tiene que haber un cielo oceánico donde nuestras manos permanezcan enlazadas… Si no es junto al mar, en alguna ribera nos reencontraremos…

¿Por qué tanta nostalgia de verano con el humo del vecino? ¿Será que acariciamos algo de la Aurora? ¿Demasiada la paz que el otoño desembarca? ¿Demasiada distancia la que los fríos y sus humos inauguran?¿Entrarán en la chimenea todas las nostalgias del verano? ¿Cabrán todos los recuerdos de bosque, guitarras y cristal? ¿Será también mañana leña toda la dicha que en círculo hemos compartido…?Hasta el humo escribe sin parar sus más bellos poemas. Es la encina que vive y muere en total rendición, en absoluta belleza y pureza. No sólo inmensa y verde paz ante la mirada de quien teclea, no sólo abrigo convertido en llama, es también sublime aspiración hacia los cielos.El humo metió en mi retina todo el gozo del estío. Trajo de repente todas las nostalgias. A la noche quizás arderán, pero ahora, aún a la luz del alba, las compartimos…

Círculooo…!” Breves apuntes de Pirinea 201

La fraternidad no es sólo un sueño de místicos, para eso están las lonas, los toldos, las anchas tiendas… Para intentarla montamos allí arriba, en Asolaze, campamento de montaña. Nos dieron un valle lejano, un prado con escasa sombra, unos caños de agua… para ensayarla. Nos dieron veinte días para anclar aquellos sueños. No sabemos si lo logramos, pero las estrellas brillaron casi todas las noches y el río no callaba y nuestro canto era con él y nuestro asombro con ellas. No sabemos si lo logramos, pero aquella paz, aquella armonía grupal permanece en nuestros corazones. Suena aún la guitarra y las sonrisas. Alguien sigue gritando “¡círculooo…!”, cada mañana en nuestros adentros, como un llamado que no cede, como un desafío que aún nos emplaza… Con los nuevos calores volveremos a intentarlo. El valle se aleja, la campa ya está vacía, pero queda el recuerdo, el eco en el bosque, la huella en nuestra memoria.

La fraternidad no es sólo un sueño de místicos, para eso están las lonas, los toldos, las anchas tiendas… Para intentarla montamos
No sabemos si alcanzamos esa fraternidad de altura. Quizás algo de ella acariciamos pues cantamos mucho, reímos otro tanto. Y en los círculos se abrieron los corazones y en las veladas un crear adormecido. Nos sinceramos y comprendimos un poco más, mujeres y hombres, adultos y jóvenes… La fuerza de la montaña, la fuerza del grupo, la sobredosis de grano y legumbre…, no sabemos lo qué fue, el caso es que nadie quería marchar, el caso es que quienes se iban, aparecían de nuevo un amanecer apretando sus manos en el círculo… No sabemos lo que fue, el caso es que se tejieron lazos y queremos seguir caminando juntos/as hasta ese Campamento que nunca se acaba, hasta esos toldos que nunca se arrían, hasta esa Hermandad que nunca caduca…No sabemos lo que fue, el caso es que dolía dentro cada compañero/a que anunciaba en el círculo de la noche su partida. Lo de Allí Arriba, quizás sea algo de eso, de esos círculos que nunca se cierran, de un compartir que nunca cede. Lo de Allí Arriba, quizás sea algo de eso con un sol menos implacable, con unas fuentes que nunca se secan, con unas cumbres que no derrotan… Sigue leyendo