El invento de la nada

Nunca logró ni sólidas bridas, ni carro lo suficientemente ancho y confortable para llevarse a algún inmortal desorientado. No dio siquiera con el estrecho asidero de la mínima confianza. La nada nunca se llevó a nadie. Sólo nosotros, en nuestra supina ignorancia le concedimos esperanza. Sólo hizo prosélitos en medio de tiempos caducos y cafés aburridos; sólo ganó el guiño de Jean Paul Sartre y otros filósofos ya del despiste, ya del olvido.

Como la Luz brillaba siempre remota e invitaba a renacer, al esfuerzo y la forja humana, inventamos la nada. ¿Durante cuánto tiempo le dimos aliento, echamos a sus heladores brazos los seres queridos que partieron?

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Camus

Paradojas de la vida, feliz de que se acabe la batería, de cerrar el ordenador sin dolor de conciencia, de abrir el libro sin pesar por no seguir trabajando.

Debiera compensar más la escritura con la lectura, el compartir con el recibir, el pontificar con el aprender… Viajo en el tren de Barcelona a Donosti y todos en el vagón tienen sus pantallas abiertas, pero no envidio a nadie. Guardo a Albert Camus en el fondo de mi mochila.

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Estancia en la Casa del Sol (Alcanar). Enero 2020

 

Hay mares que no rugen, que de tanto descansar olvidaron moler las piedras. Hasta la playa de cantos llega el aroma de las naranjas. Hay árboles que no crecen, que ofrendan miles de soles cargados de zumo y de vida. Hay abuelos de los que estaría siempre bebiendo el jugo de su mirada, pues tal es el pozo de bondad y vitamina que desbordan. Hilo conversación para contagiarme, para embeberme de su paz inmensa.

Escribo desde la sala de meditación a donde tantas almas peregrinaron, donde tantas almas han despertado y nacido a una nueva vida. Retengo el instante privilegiado. Cuando todo calla, abro el teclado. Intento que esta noche tan cálida no me envuelva sólo a mí. Trato de frenar el sueño, de no olvidar que aquí vinimos en grupo, decididos a compartir todo néctar divino, todo instante embriagador.

 

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Deus non vult

No sabemos si el general Soleimani era en verdad terrorista. Sus bolsillos y los de sus correligionarios colmados de granadas se podrían incluso limitar a lo anecdótico. Lo que sí nos consta es que todos somos un poco terroristas desde el momento en que ponemos un interrogante encima de nuestro hermano que se inclina ante otro altar o abre al alba otro libro sagrado o ayuna en un calendario diferente al nuestro. El terrorismo es un estado del alma, un pavor enraizado, un exilio de nuestra Esencia, no un expediente de la CIA.
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Febrero sin nostalgia

Felizmente el tiempo de las crudas confrontaciones está expirando. No es hora ya de ningún Frente, ni tan siquiera con mayúsculas, ni tan siquiera si es popular. No idealizaremos aquel Febrero del 36. Rezumaba todavía mucha inquina. La gasolina se regalaba y regaba en aquel invierno imposibilitado de templar el futuro. Poco faltaba para que se oscureciera el cielo y el humo despuntara del campanario de tantas iglesias. Sin embargo, desde entonces no había alcanzado el poder ninguna otra alianza de las fuerzas progresistas. Éstas serían sencillamente las que apuestan porque la historia avance, porque no se duerma en los marchitos laureles de la imposición, la injusticia y el abuso.

Esta historia sería insistente, tozuda, rítmica. Cada cierto tiempo volvería, nos presentaría un escenario semejante para recordarnos que lo podemos hacer mejor. Entonces, en aquella tan fallida como querida revolución nuestra, tan cargada de ignorancia, precipitación e imprudencia, apenas había fuerzas capaces de equilibrar unos extremos que se crecían. Pero quizás la sonada y fracasada intentona no lo fue ni en balde, ni para siempre. ¿Y si volviéramos nosotros también con la historia, con diferentes rostros, con una ignorancia más sanada, con diferentes roles para afirmarnos en que seremos capaces de superar los errores de otrora?

 

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