Ser el cambio

La toma de conciencia solidaria puede ser a menudo un ejercicio más de detenerse, serenarse y adentrarse que de movimiento y agitación. La empatía no nos lleva inequívocamente a la calle y a la pancarta. La pancarta tiene sus evidentes límites a la hora de transformar el mundo y las relaciones humanas. No tanto pasearla como encarnarla. No tanto gritar la consigna sino integrarla, ser testimonio de lo se proclama a los cuatro vientos, entre otras cosas porque, de vuelta de su recorrido, los vientos siempre acaban pidiéndonos cuentas.  No necesariamente activismo, sino “seísmo, o como diría Ghandi “ser nosotros el cambio que queremos ver en el mundo”.

Pueden tocar o no la aldaba, que el reclamo será primeramente interior. La empatía con respecto a quienes sufren no implica después necesariamente una exteriorización. “¿Qué estás haciendo tú?” Me preguntan por “washapp” en un mensaje/cartel contra la violencia hacia las mujeres que firma, entre otras entidades, el Gobierno de Navarra. Quisiera hacer más, pero hoy por hoy me retiro, respiro y me reitero internamente en favor de quienes padecen, pido igualmente para que se arríen todas las manos amenazantes. Estamos haciendo todo lo que podemos. Es preciso poner todo cuanto esté a nuestro alcance para erradicar esa lacra, es preciso comprometerse en la urgente causa contra el maltrato de la mujer, pero tenemos delante legión de empeños. En realidad, no hay plazas, ni avenidas para tanto anhelo. Hay también otras apremiantes causas que requieren nuestra atención y compromiso. No deberíamos entrar en la peligrosa espiral de pedirnos cuentas los unos a los otros por nuestros grados de respuesta.

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Más que una carrera

Correr juntos da mucho de sí. Permite alcanzar logros colectivos que desbordan lo meramente deportivo. La Behobia-San Sebastián no son veinte kilómetros de carrera, es una entrega increíble de corredores, público y voluntarios, una fiesta de la fraternidad entre los pueblos, entre las diferentes condiciones sociales, físicas… Es una exaltación de la máquina humana que se lanza brava a la carretera entra ambas localidades, que nada detiene, que avanza firme y rauda a través de los mil y un charcos y contratiempos. Asombroso el cuerpo que la vida nos otorga, increíbles sus posibilidades a nada que lo cuidemos y “engrasemos”. Asombrosa también la organización que acoge a casi 30.000 corredores y permite el milagro de la fiesta colectiva pese al temporal.

 

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Hogar

Ya no habrá crónica feliz a pie de la Senda del Gozo. En este fuego se acaba la hojarasca que parecía infinita, se detienen todos los Caminos que he hollado en Otoño con devoción y placer. En estas llamas de hogar mueren los bosque alfombrados, las rías anchas de Ferrol, la olas poderosas de Fisterra, las mansas playas de Portugal… Las botas me miran con justificado recelo cuando calzo calcetines gordos y zapatillas de casa. El alma sigue reclamando su diaria cuota de aventura, éxtasis y flechas amarillas.

No maldigo el hogar, ¿pero quién soborna a los pies y al espíritu peregrinos? Vacío la mochila de recuerdos, escondo el bordón en un lugar que no alcance, reúno sin convencimiento ramas secas, enciendo sin otro remedio la chimenea de la sala. Es hora de silencio y recogimiento. Me pongo a la pantalla grande, no a la que llevo en el macuto. Ya que guardo guías y mapas, pueda cuanto menos alumbrar bellas letras