Concertar la concertada

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Afirma con poesía y acierto el inspirador de la popular terapia de las “constelaciones familiares”, Bert Hellinger: “Nuestros antepasados siguen viviendo en nosotros, y por medio de nosotros quieren concluir algo que les dará a ellos y a nosotros paz.” Nuestros antepasados y sus creencias y sus sistemas de entender el mundo pueden merecer, más allá del respeto, también nuestra honra. Sin embargo, ese hueco en nuestro corazón no implica adhesión, hacer nuestro lo que ellos tan intensamente vivieron y fervientemente trasmitieron. Podemos honrar sin necesariamente adherirnos, podemos amar sin identificarnos. Nuestros grandes y pequeños conflictos sociales necesitan mucho de ese altruismo que salta y trasciende bandos, creencias y generaciones.

Euskadi reúne al mismo tiempo una importante fidelidad al pasado y a su vez una marcada cultura del rechazo. Nuestra reciente historia y lo mucho que nos ha tocado enfrentar ha fomentado el espíritu de la confrontación. Sin embargo, de su exceso también nos deberemos igualmente de liberar. A menudo no se le encuentra adecuado límite a esa cultura. Persuadir más allá de lo cabal en el reproche, implica hipotecar en buena medida el futuro. Honramos a nuestros mayores tomando de ellos lo más atemporal, lo más valido. No conviene excluirles de la noche a la mañana del futuro que nos toca gestar. La adecuación de su legado a los nuevos tiempos facilitará el ejercicio. La enseñanza religiosa puede por ejemplo mutar, desprenderse de las formas que no tienen vigencia y actualizar en lo fundamental, el sentido sagrado de la vida y la condición trascendental del humano.

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Enamorar de la vida

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La luz, la conciencia de lo positivo y evolucionante, así como el absurdo, el dislate tienen hoy la posibilidad de engullir todas las barreras, todos los límites. Las nuevas tecnologías no son a menudo neutras en medio de esta eterna contienda. La muerte se actualiza y digitaliza, ya ni siquiera se acicala. No se molesta en salir de casa. Elude astutamente cansinas tribunas. Hace prosélitos con el mínimo esfuerzo, gana adeptos con el simple pulsar de una tecla.

En la soledad de sus habitaciones millones de jóvenes de todas las latitudes y geografías están dando en estos momentos el “play” a unos vídeos que quitan o restan las ganas de vivir. El nihilismo histórico de los Pavese y los Maiakovski estaría ufano al constatar la artillería mediática de la que hoy goza. La globalización trae también sus contrapartidas, sus sorpresas “non gratas”. La universalización de la sinrazón, a través de la pequeña pantalla, es una de ellas.

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