Sed de luz

XVMb33799ae-604a-11e9-8734-715cc24237b7.jpgHabía sed de luz. Había que desbordar esas pequeñas y oscuras atmósferas que apenas se clareaban con la mínima luz que permitían los alabastros. Era ya otro humano. Éste comenzaba a sentir cierta claustrofobia en medio de la reducida ermita del medioevo. Todo fue en realidad una cadena de acontecimientos que permitiría atrapar más luz en la tierra. El avance de las técnicas agrícolas permitió excedentes en la cosecha. Se inauguraba el comercio de la mano de una nueva clase social, la burguesía y con ella, un nuevo espacio, el burgo.

La ciudad ya no cabría en la estrecha ermita. El románico ya no resistía, no lograba contener todo lo que nacía en el interior humano. La “Nueva Jerusalem” no se podía encajar en esa atmósfera tan limitada que posibilitaba el arco de medio punto. Los compañeros constructores del románico, dieron paso a unas fraternidades más jerarquizadas. Hacían falta albañiles y maestros albañiles (maçons) para el nuevo y glorioso templo con el que ya soñaba la cristiandad y sus incipientes ciudades. La antigua fraternidad de los francmasones fue la encargada de dar vida al concepto de catedral. Dicen que fueron los templarios quienes pusieron la pasta. Los muros se ensanchaban y crecían. La luz entraba a raudales a través de esos grandes rosetones que de paso nos contaban historias sagradas. Las nuevas técnicas arquitectónicas con sus arcos ojivales, arbotantes y grandes arcadas nos sacaron de la claustrofobia de la Edad Media. La piedra tallada nos introdujo en el misterio, su símbolo y su aprendizaje sin límite. Quedaba inaugurado aquel libro colosal desbordado de oculta enseñanza.   

 

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¿Inyección amiga?

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El pasado de estricta moral y el presente de creciente nihilismo que batalla por deshacerse de ella, pareciera no querer dejar espacios a opciones intermedias, al mismo tiempo ponderadas y esperanzadas. El tema de la eutanasia ha irrumpido abruptamente en la campaña electoral, pero quizás éste no sea el marco más adecuado para encarar unas cuestiones tan fundamentales. Prima una reflexión más sosegada, liberada de ideología y de intereses banderizos, sobre grandes cuestiones como la eutanasia, el derecho a morir, la dignidad de la muerte… Estos temas gordianos han vivido a lo largo de la historia el secuestro de la tradición religiosa y hoy, en buena medida, el de la asepsia nihilista.

En la actualidad nuestro código penal castiga con de dos a cinco años el caso del suicidio asistido y de seis a 10 años el de la eutanasia. Dicen las crónicas que ya hace tiempo que el piano que tocaba María José Carrasco había enmudecido, que los pinceles con los que pintaba se habían secado. A sus 61 años tenía esclerosis múltiple desde hacía 30 años. Albergaba su derecho a morir, sin embargo, defender ese derecho, no significa necesariamente comulgar con el gesto.

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