Reconstruir los puentes

Ahora hace un año eran los nervios a flor de piel, la plena catarsis. El “procés” y su declaración de independencia final nos puso a prueba. Todo se partía en dos. Amistades longevas saltaban por los aires. Se desmoronaban puentes antiguos, se quebraban familias y cuadrillas. Fue ahora hace doce meses cuando las Redes echaban humo y vivíamos al borde del teclado. Intentábamos salvar amigos y al mismo tiempo ser fieles a cabales principios cuestionados. Apoyábamos los derechos de esa Catalunya insumisa, respaldábamos a ese vector valiente por la libertad y al mismo tiempo tratábamos de mantenernos fieles al alto ideal de fraternidad humana al que nos debemos. Escribíamos e intentábamos afirmar derecho, lógica y razón. Escribíamos y borrábamos, temerosos de haber podido herir la sensibilidad de alguien.

No envidio para nada ese tiempo convulso, que de cualquier forma sirvió para conocernos unos y otros un poco más, para retratarnos cada quien en medio de la suma tensión; a la postre para ejercitarnos en el mutuo perdón y la comprensión. Un año entero da perspectiva y posibilidad de reflexión. La principal constatación es que la España del presente no da para más. La conciencia media de los españoles no permite al día de hoy legítimos ejercicios plebiscitarios, no está preparada para asumir el democrático ejercicio del referéndum en Catalunya. Es preciso aceptarlo y considerar igualmente la necesidad de salvar la unidad y la cohesión de la ciudadanía del Estado. La opción de ruptura, de fracción a la eslovena implica una poco deseable crisis sin fin.

Es llegada la hora de que las fuerzas independentistas consideren una renuncia al Estado propio y se programen para disfrutar su autogobierno, para canalizar sus aspiraciones dentro del orden estatal imperante. Éste se irá flexibilizando, pero sólo con el paso de considerable tiempo, con el progreso de la conciencia democrática, con la llegada de futuras generaciones más liberales.

Tras tan larvado e inacabable conflicto, la Catalunya movilizada por la República podría contemplar la posibilidad de ceder y renunciar a sus postulados más ambiciosos. La renuncia puede ser victoria, si se lleva a cabo en favor de un bien colectivo más amplio. El independentismo tiene ahora la opción del posibilismo, es decir la de no cuestionar más la unidad del Estado, por lo menos mientras los números favorables a la desconexión no aumenten y representen abrumadora mayoría. Prima ceder, aceptar el marco constitucional y la unidad por más que ésta sea, en alguna medida y para un importante colectivo en Catalunya, un vínculo forzado. La Catalunya movilizada, la que se quiere libre y emancipada, es llamada a hacer un sacrificio histórico, una renuncia sin precedentes tras la acumulación de tanta fuerza.

La historia siempre acaba recompensando la generosidad. Renunciar a la República, renunciar al referéndum y recoger el guante del presidente Sánchez para negociar un nuevo Estatuto, es la posibilidad que se le brinda a la Catalunya combativa de Torra. Por el bien también de toda la España de progreso, el “president” debería aceptar esa propuesta de nuevo Estatuto. Ganaría la distensión, el acuerdo, el consenso. Ganaría una anhelada y merecida paz. 

¿De lo contrario no sabemos hasta cuándo los políticos presos, los exiliados lejos de los suyos, hasta dónde la escalada de tensión…? De lo contrario caerá el gobierno progresista y habremos perdido la oportunidad de consolidar nuevas libertades, nuevas competencias autonómicas. De lo contrario “el espíritu” de la moción de censura se extinguirá y volverán a gobernar los de ayer, los de antesdeayer; salvo breves paréntesis, los de siempre… Nada contra ellos, sólo que ya cubrieron su turno.

Ya no toca huida adelante, es más bien la hora de un sensato trabajo de zapadores. Reconstruir los vínculos abajo y arriba, rehacer los puentes en las esferas pequeñas y en las grandes. A la vista está el acierto de la vía Urkullu de progresar en autonomía sin romper con el Estado, de avanzar todo lo que se pueda en autogobierno con el mayor consenso. El veto al Plan Ibarrtexe nos abocó también a nosotros a nuestra prueba de renuncia. Tras todo lo aprendido en este tiempo de confrontación excesiva, pensamos que la senda que hemos tomado en Euskadi es también la más adecuada para la Catalunya en la encrucijada.

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