Mi caballo de cartón

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Agradezco a los Reyes Magos que de pequeño me regalaran el caballo de cartón que les pedí y no la muñeca que descansaba en los zapatos de al lado. Mi hermana nunca sacó ese caballo de mi particular establo. Ningún hermano abrimos por curiosidad su maletín de la “Señorita Pepis”. No todo pasado fue peor. No se confundieron necesariamente Sus Majestades de Oriente al cargar y ordenar los paquetes en los camellos y dromedarios.

Agradezco a mis padres que nunca me regalaran una pistola. Cuando la pistola deja de ser de plástico destruye la vida. Otra cuestión muy diferente es el juguete de género. El género sostiene la vida. El juguete puede ser o no neutro. El juguete de género no auspicia machismo. El adulto sin prejuicios no nace necesariamente sacando a pasear de niño el carrito de las muñecas, sino con una educación basada en valores de sagrado respeto y sentido de la justicia y la equidad. Está bien la muñeca en las manos que la abrazan, está bien el caballo de cartón bajo el cuerpo infantil que lo cabalga. La inocencia puede ser también cuestionada al inmiscuirse padres y educadores en el terreno de las preferencias lúdicas del pequeño o la pequeña.

Los juguetes pueden tener género, al igual que tanto en la vida tiene género, al igual que el magnetismo de los cuerpos celestes se sirve de dos fuerzas diferentes, al igual que la electricidad necesita polo positivo y negativo para calentar nuestros hogares ahora que ya comienza a rugir el invierno. Los niños son sagrados, sus juegos también. Nos busquemos autoridad en las estanterías de sus habitaciones, tampoco en las de sus mentes. No somos quiénes para colocarles nuestras preferencias en sus armarios. Si entramos en ese territorio, que sea para fomentar una creatividad siempre respetuosa con su sensibilidad e inclinaciones. No conviene imponerles nuestros esquemas mentales.

No hay razón para alejar el rosa de las niñas o el azul de los niños. Dice el clásico del ocultismo por nombre “Kybalión” que el género está en todo: “Todo tiene sus principios masculino y femenino; el género se manifiesta en todos los planos” El género también puede reflejarse en el juguete y no hay razón para condenarlo, no hay motivo para el escándalo. La niña puede peinar el rubio de la muñeca, el niño puede hacer avanzar el camión de bomberos por el piso con todas sus sirenas encendidas y la hogareña escena puede ser hermosa. Sobre el hogar de la familia no pende precisamente esa amenaza del juego de género. Hay género cuando somos grandes, luego también cuando pequeños. No hay nada de negativo en el género, todo lo contrario, sin esa diferencia de género ninguno estaríamos leyendo estas letras, ninguno de nosotros/as existiríamos. Esa complementariedad y atracción sostienen la vida.

La discriminación de la mujer es una lacra que estamos obligados a combatir. La supremacía de género constituye un atentado a la Vida y un freno al progreso humano. Iguales por supuesto en derechos, ¿quién osará a estas alturas cuestionarlo?, pero no necesariamente iguales en inclinaciones, sentimientos, pensamientos… Esa diferencia es la que nos acerca mutuamente, la que nos une en el ámbito físico, emocional y mental. No conviene exacerbar esa diferencia, pero tampoco ningunearla.

La ley del género no está expuesta a las controversias del tiempo, las modas y las circunstancias. Podemos polemizar sobre ella, pero nos hará poco caso. Nos guste más o menos, la ley del género es, reina en la naturaleza, gobierna soberana por supuesto también entre los humanos. No hay por lo tanto, razón para rasgarnos las vestiduras con el juguete tradicional, ni para ganarnos a los Reyes Magos u Olentzero para nuestro particular credo. Vía libre a la imaginación infantil. Rueden a su antojo los carritos de las muñecas, rueden los caballos de cartón sin necesidad de levantar señal de “stop” en ninguna moqueta.

Artaza 11 de Diciembre de 2018

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