Ateísmo y vida “post mortem”?

Es una pregunta que necesariamente uno se hace cuando tiene cerca seres queridos que dan la espalda a la dádiva de la vida eterna. La cuestión me veía persiguiendo desde antiguo, por la implicación personal en el tema. Cuántas veces me he cuestionado sobre qué es lo que ocurre tras la llamada muerte con esos amigos, familiares que niegan radicalmente toda realidad trascendente y sin embargo dan a lo largo de su vida muestras de encomiable altruismo.

Abrigaba el convencimiento de que su destino era incuestionablemente la luz y la gloria. El amor derrochado en vida física no puede tener otra recompensa. Sabía también por los estudios que en una primera etapa se verían sumidos en un estado letárgico, pero no conocía más detalle. Daniel Meurois nos lo ha proporcionado en el reciente Seminario celebrado en Madrid, “La muerte. ¿Qué hay al otro lado?”. Tras afirmar que no hay tantos ateos reales como creemos, nos compartió:

“El universo al otro lado es una proyección de lo que pensamos en este mundo. Si creemos que no hay nada, no encontraremos nada. ¿Cómo es esa nada que encuentran las personas ateas? Tras la muerte encontraremos a esas almas dormidas dentro de la esfera astral en una posición fetal. Conservan una conciencia minimalista, sumidos en un sueño profundo. Es como si se hallaran en coma. Presencias de luz pasan cerca para despertarlos de ese letargo. Pasan lanzando rayos de luz. A fuerza de ir pasando los seres de luz esas almas van cobrando conciencia y se dan cuenta que no están muertos.
– ¿Estás ahí…? ¿Me oyes…? Pregunta el ser de luz. La respuesta no tarda en ser afirmativa.
– Si me oyes, es que no estás realmente muerto”
A partir de ahí, el ascenso a las esferas de luz, que en heredad corresponden a esas almas altruistas, sería acelerado…

Anne Givaudan en su libro “La ruptura del contrato” corrobora el mismo argumento. Rescata desde el otro lado del velo el testimonio de una persona atea. Nos traslada a un escenario similar: “He conocido durante algunos años terrestres el universo que creía encontrar después de la muerte… es decir, la Nada, el Vacío o la Aniquilación. Era como una mariposa encerrada en su crisálida… hasta el día en que, imperceptiblemente, he comenzado a sentir movimientos, en ese capullo insonorizado parecidos a olas frescas y apaciguadoras. Poco a poco también empecé a oír sonidos que al principio percibía como tintineos cristalinos y que se transformaban en música que algunos calificarían de ‘celeste’. ¡Hasta creía oír coros!”

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