¿Intercambio consentido?

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Ya no saben que inventar para entretenernos, para hacernos olvidar de nosotros/as mismos/as, de nuestra naturaleza más primigenia y esencial. Empiezan a agotar todos sus cartuchos “creativos” hasta poner a la venta el último subproducto que anuncian a bombo y platillo. La industria de la televisión se las apaña como puede para intentar mantenernos clavados a la noche en el mullido sofá, perdiendo el tiempo. Hoy millones de personas se sentarán en España ante “Intercambio consentido”, la última y “revolucionaria” carta que exhibe una reaccionaria cadena de televisión. Seguramente lo más revolucionario era el “off” al dislate, erguirnos de ese peligroso sofá, mantenernos firmes, fieles, comprometidos. Sin embargo el sistema prefiere vernos desanclados dentro, desorientados, serviles a la moda, a una fantasía más o menos imposible cargada de deseo.

Intercambiar hasta concluir que el cielo no estaba envuelto en otras sábanas, sino en las mismas de siempre a falta de nuestro propio perfume. Intercambiar hasta el olvido, hasta acabar con los referentes esenciales, hasta perder nuestra propia dirección y rumbo. Intercambiar hasta saturar hormonas, hasta saciar deseo esclavizante y cansino. Intercambiar fuera hasta reparar que el cambio imprescindible estaba más cerca, en nuestro propio adentro.

Intercambiar hasta el hastío, hasta volver a la Palabra con mayúsculas, a un compromiso que no se achanta ante las dificultades. Hará falta el hastío para volver a un comienzo que nos invita perpetuamente a renovarnos, a revivir el abrazo original que solo adolece de nuestra fuerza, generosidad e inventiva. Quizás lo más “progre” no era intercambiar pareja, aunque fuera de forma consentida, sino cada día intercambiar anhelos, ilusiones, proyectos, compromiso… con nuestro compañero/a de siempre.

Suele ocurrir. Seguramente la pelota estaba en nuestro tejado. Seguramente no era tanto el mutar de pareja, sino el crecer, superarnos, elevar la mirada, el alma, para así rehacer el piropo, la caricia, la chispa…, en definitiva la palabra dada. De lo contrario la palabra se estanca, claudica y corremos al sofá y nos ponemos a ver el más “rompedor”, el más “in” estreno de “Antena 3”.

Inauguran “Intercambio consentido”, pero nosotros podemos estrenar cada día una misma relación, sin necesidad de saltar de lecho en lecho; estrenar cada día una nueva aventura con la misma persona a la que hemos dado la palabra no necesariamente en un juzgado o ante un sacerdote, si no en el altar del corazón. Demasiado fácilmente olvidamos que los llamados a renovar somos nosotros mismos, que todo nos acabará aburriendo mientras que no sepamos dar en cada instante lo mejor, en primer lugar con la pareja con la que nos hemos comprometido. El humano acomodaticio siempre pedirá afuera lo que no se propone hacer brotar dentro.

No nos convence ese promiscuo  GPS que nos vende la popular cadena televisiva. Fidelidad es admirar y bendecir la belleza  ajena, sin echar a volar  ningún lazo; es agradecer lo hermoso que pasa a nuestra vera sin querer atraparlo. Saltar de flor en flor es el arte de las abejas, no del humano que busca perfeccionarse. A falta de lealtad, las  relaciones  se deterioran, las  estructuras  se  desvertebran, el ordenamiento se quiebra, el progreso se  cuestiona. Fidelidad no está de moda, no es valor al alza, pero fidelidad es respeto a nosotros mismos a lo Superior que nos habita y por ende a la mujer o al hombre que hemos decidido acompañar en los días fáciles, felices y en los menos.

Ante las modas pasajeras, ante los programas picantes que pretenden aumentar el rebaño de la sumisión, ante la invitación al intercambio desnortado, ayer, hoy y siempre, compromiso. Si no media un mínimo compromiso, no hay vida, no hay evolución, todo se detiene. Olvidemos que la fidelidad era una máxima beata, uno de los principios que pregonaba la “Sección femenina”, fidelidad  es también lo que amalgama  a los seres, a los mundos, a los sistemas y galaxias.

Artaza 22 de Octubre de 2018

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