Una excusa por nombre Bonsonaro

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No es la oscuridad que nos alcanza, quizás sea nuestra luz que no se afirma. Mientras que pensemos que el problema es Bonsonaro, no será fácil vislumbrar un futuro diferente. Si el conservadurismo extremo, populista y homófobo gana terreno, es porque las fuerzas del progreso y de la esperanza se lo han cedido. Quizás el problema no sea tanto la amenaza que se cierne, sino las puertas que se le abren. El autoritarismo de extrema derecha que se expande en Brasil nacería en la desazón popular generada por un poder no debidamente administrado, surgiría por los errores de una militancia progresista enraizada más en las ideas siempre volátiles que en la firmeza de principios y responsabilidades. La consecuencia sería un efecto reactivo, es decir la de tantos ciudadanos/as echados en brazos de una reacción galopante.

Ahora sabemos toda la verdad. El mismo Lula la ha confesado al referirse a los dirigentes de su propio partido: “Sólo piensan en cargos y empleos, en ser reelegidos. Nadie trabaja ya gratis como antes”. Los cronistas hablan del ascenso de la “barbarie” de “nuevo fascismo. Yo no iría tan lejos, hablaría más de nuestras impotencias, de nuestros miedos a mirar por dentro, del agotamiento de la ideología, de nuestra tendencia a echar siempre balones y culpas fuera. Si el dinero del petróleo corrompió al mayor partido de izquierdas de América latina, es porque las grietas y las sombras ya eran en su luminosa apariencia revolucionaria.

Siempre habrá un exparacaidista que sepa aterrizar en revuelto y pantanoso suelo, siempre habrá un Bolsonaro con el que disculpar los graves fallos de una izquierda anclada en la sempiterna confrontación y recelosa de profundo sinceramiento, de regeneradora catarsis interna. La distancia del poder pueda auspiciar no sólo un nuevo impulso de real transformación de la sociedad, sino del imprescindible cuestionamiento en esferas más internas.

Con el Partido de los Trabajadores se marcha también un tiempo en que pusimos demasiadas expectativas en los cambios exteriores, con escasa voluntad de transformarnos en lo más íntimo. La crisis de este partido grande es la crisis necesaria de nuestras pequeñas individualidades. Invita a la recapitulación imprescindible de quienes hemos militado en la izquierda. Representa un poco la historia de nuestra propia vida, la necesaria frustración que siempre acarrea el colocar las expectativas del cambio en el exterior y no en nuestro interno fuero.

La derrota de esta izquierda que se instaló en el poder de forma democrática es nuestra cantada propia derrota, el imprescindible despiste que nos ha de alcanzar al querer construir un mundo nuevo que no pase por el cuestionamiento de nuestros propios comportamientos y actitudes. “Nosotros nacimos para ser diferentes de los otros partidos”, decía el tornero expresidente, pero sólo se puede ser diferente cuando una ética honesta y consecuente gobierna la psicología de adentro. Esa ética superior sólo la puede garantizar un desarrollo que también vaya por dentro. Si el Partido de los Trabajadores, al igual que buena parte de la clase política, fue tocada por escándalos de corrupción es porque los principios de impecabilidad no estaban arraigados. Pudieron haber nacido para ser diferentes, pero a la postre no lo demostraron.

Se alzan las voces para la necesaria refundación, pero para reconstruir y refundar hacen falta los cimientos firmes de esa nueva ética, de esa nueva conciencia plenamente enraizada en valores que nunca caducan. La ideología no basta, como hemos tenido ocasión de comprender, fácilmente se deja seducir por las tentaciones del Petrobrás de turno.

¿Partido de trabajadores o mayorías unidas en torno a metas compartidas? Esta encrucijada sin precedentes, estos momentos históricos en los que la sombra pareciera avanzar de nuevo sobre nuestras sociedades, deberían servir para un cuestionamiento más hondo. La pérdida de rumbo redunde en un reencuentro con nosotros mismos y por ende con los demás, un reencuentro basado en principios compartidos que nos unifican, no en ideologías que siempre nos han fragmentado y lo seguirán haciendo. Ya no un “partido dos trabalhadores”, ahora ya hora de un movimiento transversal de ciudadanos/as dispuestos evidentemente a trabajar por un mundo más justo, verde y solidario, pero también individuos que acierten a recuperar el poder y la confianza en sí mismos, empoderamiento que sólo vendrá de una necesaria y constante voluntad de mejora y perfeccionamiento internos.

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