VENERARÉ MI CUERPO (continuación)

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El suicidio a la luz de la sabiduría sin tiempo

No somos solos en medio de la Creación. Como diría Thích Nht Hnh, estamos poco a poco asumiendo el “interser”, el ser con los demás. En esa medida nos damos cuenta de que tenemos un compromiso ineludible con todo prójimo, con ese “interser”. Más nos impregnamos de ese “interser” en nuestro interior, más conciencia grupal adquirimos, más nos daremos cuenta de que en realidad nuestra vida no nos pertenece a nosotros, sino a ese “interser” que nos desborda y del que desconocemos su alcance..

El conocimiento se derrama hoy a raudales sobre la tierra, porque está cediendo ya el tiempo en que debíamos aprender a base de dolor. Las guerras, los suicidios, los abortos… deberán ir mermando. La Vida alcanzará su máximo sentido y significado, será honrada en cualquier contexto, en cualquier circunstancia. Las ideologías de cualquier orden se verán desarmadas para atentar contra la vida no sólo humana, sino también animal, por qué no igualmente vegetal y mineral.

Estamos abriendo las puertas de una nueva era significada por la sacralidad de cuando late. He ahí una de las principales señas del tiempo que ya está llegando. Aquí y ahora podemos tomar conciencia del  trágico error que comporta el suicidio. Aquí y ahora podemos alertar ante él. El error se disipa con un conocimiento que está cada vez más a nuestro alcance. El conocimiento nos llega  para mermar el dolor. Alejarnos de la ignorancia, es lo que nos permitirá tomar también distancia con respecto de ese dolor. No hay otro camino. Ya lo dijo el Buda.

Al otro lado del velo tomamos enseguida conciencia de ese error. Sin embargo de ese misma y crasa equivocación podemos empezar a tomar conciencia a este  lado del velo. Podemos entrever las consecuencias que  el acto del suicidio encarna y de esa forma alertarnos frente a él, alertar a quienes se pueden ver seducidos por esa “falsa salida”.

Nos adherimos a la moral sin tiempo, ni geografía. Escudriñamos  esa moral para  abordar el tema del suicidio. La moral sin tiempo es aquella ajustada a la Ley superior, aquella que no acusa la influencia de la ideología y la moda pasajeras. Aquella que funciona  aquí y en el otro extremo de la galaxia. Nos debemos a la vida, a su desarrollo, multiplicación  y sostenimiento. Colocar un cuerpo físico en el tierra implica  un  gran esfuerzo mancomunado… (continuará)


El Edén quedó preparado para nuestra llegada. Los Reinos se pusieron a cantar para nosotros. Siguen ahí, rendidos para servirnos y sostenernos. Nosotros nos debemos también a esos Reinos. Deberemos cuidarlos, aproximarnos a ellos con amor y ternura. Este espléndido Jardín era para nosotros/as, fue diseñado a la perfección para desenvolvernos y evolucionar en él. Todo este  maravilloso cuerpo humano era para que gozaremos y creciéramos en este escenario de ensueño. A pesar de todo, la Tierra sigue siendo un paraíso y caminarla un privilegio.

Delante de tanta maravilla que conforman los Reinos, el mayor acto de desagradecimiento es el suicidio. Nos debíamos a la Vida,  debíamos corresponderla. Aún con toda la gravedad del suicidio, la lúgubre dimensión en la que quedan confinados quienes lo cometen, no lo será para siempre. La Vida se mostrará  agradecida incluso para quienes no manifiestan agradecimiento, aunque eso no ocurra de forma inmediata. La Vida les proporcionará la oportunidad de cabalgarla de nuevo, no sin antes reparar en el error cometido.

Si atentar contra la vida física de los demás es un grave abuso, el atentar contra la nuestra propia implica también un claro exceso de nuestras facultades. Representa un gesto de desagradecimiento. Lo primero que nos enseña la Vida es agradecimiento. El agradecimiento es la esencia de la espiritualidad y se puede manifestar de las mil y un formas. El humano seguirá recreando esas maneras infinitas de expresar agradecimiento. Ello constituye la esencia de su alma. Las diferentes religiones y tradiciones espirituales nos ofrecen las más diversas posibilidades de glosar ese agradecimiento.

La fe de que hay una Fuente de toda Luz y todo Amor, cualquiera que sea la denominación que utilicemos, la conciencia de que somos amados y sostenidos desde ese Punto, nos aleja de todo pesimismo. Recuperar el  sentido excelso  de la existencia en medio de este Edén por nombre Tierra,  nos vacuna ante toda depresión… Recobrar la conciencia del privilegio de estar aquí sobre este escenario sin par, evolucionando, creciendo juntos, nos disuadirá de cualquier tentación desafortunada. Sentirnos privilegiados, queridos por la Vida,  nos alejará de toda inclinación a la tristeza y el victimismo.

VENERARÉ MI CUERPO (IX)
El suicidio a la luz de la sabiduría sin tiempo

No somos nadie para juzgar la infracción a la Ley del Amor. Deberemos cuidar que nuestros días se ajusten a esta Ley, jamás juzgar si la existencia de los demás se presenta o no acorde a la misma. Sólo trabajamos para evitar las dolorosas consecuencias que siempre comporta la infracción. Nada más lejos de nuestra intención que añadir condena a la tribulación, todo lo contrario pretendemos sumar bálsamo. Sin embargo ese consuelo no podrá evitar la observancia de la infracción, sus causas y consecuencias.

La toma de conciencia del error es la base por un lado de la eventual enmienda y por lo tanto de la posibilidad de emerger más pronto que tarde de las consecuencias. La compasión nos invitará siempre a la solidaridad humana, pero esa solidaridad no implicará la aprobación, menos aún al ensalzamiento del acto.

No hay desafío que nos llegue que no merezcamos, no hay prueba de la que debamos huir. No hay situación dura de la que nos podamos sustraer, quitándonos físicamente de en medio. No es sólo la estancia que nos aguarda, cuanto menos incómoda, en las regiones del bajo astral, no es el retorno una y otra vez a la vivencia del acto equivocado, es que en una próxima encarnación la persona que ha cometido suicidio, afrontará la misma prueba, si bien sólo habrá variado el escenario y las circunstancias.

Escribimos porque deseamos ver liberada a la humanidad de sus errores y por lo tanto de sus consecuencias. De ninguna forma nuestras letras podrían abrigar un anhelo condenatorio. Nada más lejos de nuestra intención. La Ley también dejaría caer en nosotros todo su peso, sin nos arrogamos una toga que ni nos pertenece, ni de ninguna forma deseamos vestir.

La solidaridad con quien se encuentra sumido/a en el trance de cuestionar su propia vida, invita por lo tanto a un deseo de que la persona atribulada pueda llegar a trascender esa angustia, pero nos toca igualmente recordar que nunca el suicidio será la solución, si no es al menos a causa de la rarísima excepción de evitar un mal mayor.

Es muy difícil imaginar en carne propia la desesperación, la situación dura en que se halla una persona que está ponderando acabar con su cuerpo y desaparecer de la escena física. Tratamos de ser uno con ese dolor que por momentos se puede tornar insoportable. Su dolor es el nuestro y haremos siempre por menguarlo. Es la conciencia de “interser” la que nos aboca al teclado, la que nos empeña en la desaparición del dolor y su raíz, la que procura que la vida no sea cuestionada, más al contrario florecida.


Nos coja siempre con la sonrisa en los labios. A poder ser también con la misión cumplida. Bienvenida siempre la llamada muerte cuando decide presentarse, pero nunca bajo ningún concepto precipitar la última hora. Dejarla venir ella sola, con sus vientos bonancibles, con su anunciada paz, con su salvoconducto a otros modos de recapitulación y reposo. Dejarla venir a su paso, a su ritmo ya acordados.

Dice la sabiduría oculta que nosotros acordamos esa hora en el marco de la programación de nuestra vida en compañía de nuestros Guías espirituales, Tutores o Protectores. Nosotros acordamos el tiempo que necesitamos para sacar el mayor provecho a nuestra siguiente experiencia encarnatoria. Ésta es de un reloj cuyas manecillas ya no nos pertenecen. Conviene aceptar ese reloj los momentos ya gratos, ya difíciles que comporte pues unos y otros son fruto de nuestro pasado.

El sol siempre vuelve a nacer, siempre lo ha hecho por muchas nubes que un día se citen en su aurora. Cuando un ser querido deja este mundo por voluntad propia, querrás que nadie más quiera adoptar tan drástica decisión. El mejor alegato contra el suicidio es reparar en los valores que nunca caducan de esperanza, belleza, solidaridad…; es el ensalzamiento de la vida, del amor, de la amistad…

La aceptación es virtud en nuestro progreso espiritual. Aceptar lo inevitable, la adversidad que hemos cosechado y poner las bases de una nueva siembra. Nunca callar el latido, nunca ahogar el aliento… Nunca dejarnos tentar por aquello que no tiene vuelta atrás y cuyas consecuencias conviene que conozcamos.

La sabiduría arcana nos revela que la vida corporal es una preciosa oportunidad de progreso, un invalorable instrumento para ganar en virtud, para el pago de las faltas del pasado. Los textos más severos aluden a el suicidio como un “intento de burlar la Ley Divina”. Ese intento comportaría unos pagos que varían mucho en razón del tipo de suicidio. La violación de la ley no saldría gratis, pues de lo contrario cundiría el desorden y con él el caos y la muerte.

No es lo mismo un hombre de la Resistencia que en plena guerra mundial se toma su cápsula de cianuro para evitar delatar a unos compañeros, que quien acaba con su propia vida en plena juventud física para evitar afrontar una determinada contrariedad.

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