¡Ay Nicaragua, Nicaraguita…!

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No es sólo preconizar un nuevo orden social, es tener la madurez y capacidad de mantenerlo y mejorarlo. A lo largo de la historia se han provocado grandes y rápidas transformaciones, cuya hora aún no habían llegado, cuyos ideales simiente no formaban aún parte de la conciencia mayoritaria. La revolución social arranca con un incontestable argumento de mayor justicia, pero a menudo ese anhelo puro se deteriora por el camino. La revolución puede convertirse en salto al vacío sin base de sostenibilidad, puede verse reducida a simple espasmo de la emocionalidad.

La revolución dictó que había que cambiar lo de fuera, pero no nos invitó a hurgar por dentro. La revolución sugirió que necesitábamos piedras y no flores, pueblos exaltados y no hermanos despiertos, barricadas en vez arena, desierto y recogimiento. La revolución nos envió el mensaje equivocado de que teníamos enemigos y no a lo sumo hermanos equivocados.

La revolución pretendió hacernos creer que ya estábamos llegando, cuando apenas estábamos arrancando. Nos dio a entender que nos encontrábamos en los aledaños de la victoria, pero ni siquiera nos habíamos vencido a nosotros mismos. La revolución nos enseñó a gritar, pero no a respirar. Nos envío el consigna errada de que todo era cuestión de cuatro días y no de casi una eternidad que es lo que necesitamos para purificarnos, así en lo individual como en lo colectivo…

Durante demasiado tiempo creímos enteramente esos mensajes equivocados. Pintamos consignas con faltas de ortografía en fachadas de exquisito mármol. Tiramos las piedras, levantamos las barricadas y sin embargo no amanecía por fuera, tampoco por dentro. La revolución nos reveló un mapa confundido hacia una Itaca así imposible…

Ahora estamos recogiendo las piedras que arrojamos, desmontando las barricadas que levantamos, abrazando a los hermanos que perseguimos… Ahora nos estamos de nuevo ubicando. Nos preparamos para la larga travesía. Ahora estamos llenando la mochila de víveres, la cantimplora de agua y el alma de líquida e infinita paciencia. Ahora sabemos que el progreso en la ineludible senda de la evolución será lento. Ahora desconfiamos de ficciones y sobresaltos, sólo atendemos al lento, gradual y seguro perfeccionamiento.

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