¿”Minfulness”?

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¿Sería eso algo del popular “Minfulness”? ¿Ese anhelo de no estar ni adelante, ni atrás, ni en el futuro, ni en el pasado, sino en el puro, inmenso y embriagador instante, tendrá que ver con esa suerte de difundida meditación en acción? ¿El mágico bosque gallego me habrá ahorrado algún costoso curso de fin de semana? No, seguramente la pureza de mi silencio no alcanza para la titulación, pero en medio del singular bosque lucense, a la vera del río siempre cantarín, me llenó el instante único, hondo, feliz.

Si te proyectas en el mañana o el ayer, el presente se te va sin darte cuenta y no volverás a la oportunidad de ese instante sagrado, de ese momento particular y toda la carga de liberación que encarna. El intenso verano que aguarda, los pensamientos sobre el futuro, se esforzaban en callar la cercana y entrañable melodía del río, de sacarme del momento privilegiado. Remontando poco a poco el curso juguetón del agua, paso a paso, lograba anclarme dentro.

¿Conseguir que nada perturbe esa oración sin palabra, sin principio, ni final, lograr permanecer ahí estrechamente unido a la naturaleza primigenia, a la creación tan amablemente envolvente en compañía de Quien ni siquiera bosteza…, será algo de la famosa práctica de origen budista? ¿Será “Mindfulness” algo de ese agradecimiento desbordado, de ese gozo de sentirte uno, de identificarte con cuanto te rodea? ¿Será algo de ese placer íntimo que invita a que todo crezca, se desarrolle y evolucione, que sugiere que todo cante, que todos cantemos y alabemos…?

Hace bien poco, nadie había creado “Mindfulness”, menos aún su costosa graduación y sin embargo los bosques gallegos no son de ayer, nos fascinan desde antiguo. El éxtasis viene de muy atrás, de cuando empezaron a manar esos ríos que siempre ríen, de cuando empezó a verdear esa naturaleza que siempre nos enmudece.

Vicente Beltrán Anglada hablaba de “serena expectación”. Los místicos de todos los tiempos hicieron bien en no bautizar el instante que no tiene nombre… Hoy siento también que podría ser un resetear fulminante, un borrón y cuenta nueva. El río nos ayuda a todo barrer, a todo borrar. Nos invita a todos perdonar y a dejarnos perdonar y así alcanzar, siquiera por un momento, por fin la única, indescriptible, insondable e irrepetible paz.

* Alrededores de Fonsagrada tras culminar la senda de Guiara (Lugo)

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