Maestro árbol

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No sin cierto pudor, me presento ante él y tomándolo entre mis manos, recito sencilla oración. Le pido perdón por lo que me dispongo a hacer. No sin esfuerzo lo corto y él me muestra silente, sin dolor, sin grito, sin siquiera suspiro su larga hoja de servicios, que yo he desdeñado. Me muestra todos sus aros de vida. En la revelación de esa infinidad de aros concéntricos, me esta diciendo: “Yo he sido todo eso, durante tantos años. He dado sombra, agarrado la tierra, poblado el bosque, dado cobijo a pájaros y otros animales… ¿Te das cuenta lo que acaba de hacer con la sierra?”

 Estamos en la cumbre de la Creación, ¿pero cómo nos comportamos en esa cima, qué haremos desde esa jerarquía superiormente otorgada? Tenemos a nuestra administración el mundo mineral, vegetal y animal.¿Seremos capaces de cuidarlos, de gobernarlos con amor y así elevarlos? La misma compasión y el amor que nosotros derrochemos para con los Reinos que vienen detrás, es la misma que nos dispensarán desde los Reinos que nos anteceden.

En realidad, ¿quién va detrás, quién delante? ¿Acaso éste que exhibe orgulloso la sierra inconsciente va delante de quien en silencio soporta sacrificio? Sólo si la causa es mayor, tendrá justificación acabar con la vida de un ser perteneciente a un “Reino inferior”. Nuestra palabras nos confunden, pues nos falta verbo para desenvolvernos en las nuevas realidades, en medio de nueva conciencia que estamos creando. ¿Cuánto gobierno se nos ha otorgado, sin haber alcanzado aún la debida conciencia para ejercitarlo?

 Me duele la sierra que tomo en la mano. Me duele lo que acabo de hacer. Ese arbusto llevaba decenios en el bosque. He llegado de repente, lo he cortado y cercenado su larga vida. Sólo una razón de peso, puede justificar esa acción. La cumbre de la creación, los instrumentos que se nos proporcionan al situarnos en esa cima, comportan una responsabilidad de la que hemos de tomar justa noción. ¿Hacemos adecuado uso de ese inmenso poder que el Sin Nombre ha depositado en nosotros? Cada vez que tiramos un árbol o matamos un animal, muere también algo nuestro, porque nosotros somos la Creación. “No hay dos Creaciones, una a nuestro servicio y otra a la que pertenecemos. No hay dos mundos, ni dos trabajos, ni dos planes…”, reflexiono mientras vuelvo a casa con el árbol cortado.

 Siempre habremos de buscar el pensamiento y la acción correcta, siempre ir tras el mayor bien para el mayor número de seres, por supuesto no sólo humanos. No sólo atender a las leyes de la Tierra, sino sobre todo a las del Cielo, que nos llegan a nosotros en forma de voz de la conciencia. La conciencia me dice que hoy no abra ningún libro sagrado al esconderse el sol, que el árbol y su recuerdo es en este atardecer el más grande de mis Maestros. Deberé aprender a padecer callado, al igual que él acaba de hacer, deberé aprender a perfumar yo también a quien mañana eventualmente se acerque a mi vida y me pueda causar daño. El filo se clave en mi también con un silencio de perfumado agradecimiento.

 Arteixo 22 de Mayo de 2018

 

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