Esfera cercana

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Siempre ha sido mi modelo, mi norte, pero hoy a la vista de las canas que asomaban sobre su rostro siempre feliz y entusiasmado, he pensado que en algún momento se lo debería haber confesado. Hoy hablaba en una sala del Parlamento Foral en defensa de la Tierra, alertando sobre los peligros del cambio climático. No sé a ciencia cierta lo que habrá dicho, sólo sé que de haber estado allí, hubiera aplaudido a rabiar, hasta dolerme las manos.
 
No se confiesa precisamente una persona espiritual, sin embargo en él y en su compañera se anclan tantas almas en busca de compañía y apoyo, de aliento y socorro. No cree en la vida eterna y sin embargo ha sostenido tantos instantes eternos, tantas momentos sin principio, ni final.

No diré su nombre. Gracias a Dios tengo otros hermanos, de sangre y de no sangre, hermanos en el Sendero, compañeros en el ensayo de servicio a la humanidad. Lo que importa es la referencia, el ejemplo, el testimonio cercano que nos coloca elevado listón, que nos pone a prueba cada vez que lo evocamos.
 
Nuestras vidas han discurrido desde muy niños en paralelo. Sin embargo hoy por primera vez he sentido cierto dolor por tanto paralelismo. Hay que hacer más porque esas líneas se junten, se encuentren y abracen dentro y fuera del asfalto. Todo eso también me lo han revelado esas canas suyas, profusas, sorpresivas, sobre todo interpelantes.
 
Tenía una jornada intensa. Salió del Parlamento, bajó a la calle sólo un momento para saludarme. Al despedirme de él con pena, me di cuenta que la hermandad no era sólo un regalo dado, sino sobre todo una de las más preciosas joyas a cuidar. Recordé ese paño con el que no la he debidamente abrillantado…
 
No estaré físicamente presente en su discurso de hoy ante las autoridades, sin embargo estaré detrás de cada palabra, detrás de cada pausa y aliento, detrás de cada coma… Estaré detrás de cada discurso suyo del mañana, ya en el Parlamento, ya en las catacumbas. Sus palabras siempre son empujadas por un altruismo antiguo, sincero. Maestro bandido, maestro sin “tatami”, ni “mantra”; sin incienso, ni séquito; maestro en tu propio hogar familiar y tú recién enterado.
 
Cada cuál observa la vida desde su propio ángulo. Él vive en el páramo y yo en la montaña. No pensamos igual, lo hacemos a menudo bien diferente, pero eso no nos ha separado. Además siempre reconoceré su autoridad, porque me gana en canas, me gana en conocimiento de la Tierra y su clima, sobre todo me lleva muchas vidas por delante en donación al más necesitado.
 
 
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¿Miradas perdidas?
 
¿Qué otra barandilla acaricia? ¿Qué cielos colman su anhelo, por qué otra compañía suspira? ¿Dónde eleva la mirada que hasta de la ancha mar despega? Se alarga la lista de “olvidos”… Los whasaps entre los hermanos son una lista cada vez más larga de las cosas que ya no recuerda.
 
Los queremos aquí y sin embargo ellos/as ya están partiendo. Los queremos con los mismos rostros, con nuestras mismas preocupaciones, con nuestros mismos nombres y etiquetas…, sin embargo empiezan a no estar. Empiezan con sus silencios, con sus miradas aparentemente perdidas a decirnos que hay otros mundos, que por favor no nos apeguemos a éste. Empiezan sólo a aletear, para cuando llegue la hora del vuelo, nosotros alcancemos a comprender que hay otros otros cielos, otras moradas.
 
No debieran mediar alarmas, ni preocupantes visitas al médico, cuando se trata de ley de vida. ¿O es que olvidan lo esencial? Cuando el “disco duro” y los “bytes” van mermando, cada quien es muy libre de ordenar su memoria a su voluntad, no precisamente a la nuestra. ¿Y si en vez de perder memoria ganarán en el Recuerdo verdadero, en el rescate de lo que en verdad importa? La memoria ajena es sagrada, aunque nos pueda parecer ya frágil, ya antojadiza. No recordarán precisamente a nuestro criterio. Olvidarán el recuerdo de nuestros pueblos, de nuestra compañera, de nuestros amigos y caminos… y devolveremos sonrisa por respuesta. No deberemos cargarles con el peso de nuestras memorias.
 
Nuestra alma o conciencia tiene dos amarres al cuerpo físico. Tenemos el hilo de la vida en el corazón y tenemos el de la conciencia en el cerebro. Se pueden soltar juntos y producirse la desencarnación, o puede anteceder el paulatino desanclaje del de la cabeza, con lo cuál el cuerpo permanece, pero el alma comienza a aletear y sobrevienen los olvidos. Los humanos ponemos nombres muy raros a fenómenos muy sencillos, alzheimer, demencia senil… y ellos lo único que quieren es partir despacio, despedirse de a pocos, empezar a agitar con suavidad pañuelo blanco.
 
Podamos comprender la muerte y no rechazarla, podamos desapegarnos del mundo de las formas con cada vez menos dolor, podamos no retenerles, ni inundarles a pastillas… Podamos ir con ellos de otra forma más callada, más recogida e interiorizada, más esperanzada. Podamos abrazar la muerte, la que llega de repente y la que se acerca despacio y de puntillas. Podamos desprendernos de nuestras anquilosadas creencias. Podamos ya de una vez abrazar una vida, un cariño que no conocen final.
 
El universo no es tan grande como lo pintan cuando media el amor. Siempre la reconoceré, su Presencia jamás olvidaré. El agradecimiento no mermará jamás. Su lección permanecerá. Ya conozco su cuerpo anciano y ajado, ya lo he bañado con la esponja perfumada. Un día la Vida en el más allá nos ofrecerá la oportunidad de renovar nuestro vínculo, de que ella se manifieste joven, lozana, como cuando la persiguió un hombre tan tímido como noble que no descansó, que sufrió todas la penalidades hasta verla caminar asida de su brazo hacia al altar.
 
Siempre las reconoceremos, pues el Dios todo amor, no podría permitir que los lazos de verdadero amor y agradecimiento duraran menos que la eternidad.
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