Primeros brotes

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La marea morada, que felizmente se extiende por doquier, nos permite confesar que nuestras mejillas también se mojan. Sí, lo hombres también lloran, también lloramos. A ves lo hacemos de repente, en el paseo más rutinario, tras la curva más insospechada.

No sé si fue el invierno duro o las ganas de primavera. El primer brote de las hortensias junto al mar me mojó los ojos. Callé el audio que escuchaba de teosofía, pues no necesitaba más teosofía, en ese discreto y silente pulsar, en esos minúsculos e inocentes brotes estaba todo el superior conocimiento reunido. La infinita sabiduría de Dios se concentraba en esa yemas diminutas, que pedían permiso para abrirse en medio de los fríos vientos de la costa. Al despuntar aún tan tímidamente nos otorgan la mayor lección de esperanza y de vida.

Benditos brotes que nos recuerdan, por si en algún momento llegamos a olvidarlo, que la vida es eterna. Callaré en el próximo seminario sobre vida detrás de la vida. Repartiré brotes de primavera, la más sutil, bella y a la vez contundente expresión de que la vida, siempre vuelve a brotar. Callaremos y meditaremos ante ese milagro que se repite cada primavera y que cada primavera podría provocar nuestra asombro, nuestra alabanza infinita, nuestras lágrimas. Por más duros que a veces semejen los inviernos, la vía nunca, nunca se acaba…

* La imágen de los brotes adjuntos no es mía, no la he recogido en mi paseo vespertino, la he tomando en virtual “paseo” por la Red.

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