Te doy mi aliento

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Son diferentes los hábitos que en el futuro, y conforme se acelere nuestro desarrollo evolutivo, iremos transformando. A lo largo de la historia, la mal llamada muerte ha venido habitualmente asociada a la pena, cuando no al luto desgarrador. Tememos lo que desconocemos y es así como llegamos a negar la aurora que representa comenzar a vivir en otras dimensiones de más luz y gloria, sin el peso del lastrante, y a menudo enfermizo y dolorido cuerpo físico. Un nuevo y liberador entendimiento de la llamada muerte traerá consigo toda una transformación en la cultura a ella asociada. Las condolencias expresadas a otra persona con motivo de la muerte de un ser querido es una costumbre que en el futuro irá también cediendo.

Susurra la sabiduría divina que sí habría un motivo para temer a la muerte. Sería en el caso de que la persona que deja el cuerpo haya pasado por la vida física haciendo daño a los demás. Esa alma no podrá gozar de momento de las glorias celestiales, deberá padecer ella misma el mal que ha causado al prójimo. Ese ser se habrá de encontrar con todo el mal que ha generado. Por lo demás, nos aguarda una gloria celestial que alcanzaremos tan pronto hayamos trascendido nuestra estancia en los mundos de purificación o bajo astral.

Identificamos a un ser con su cuerpo, nos apegamos a él. Es por ello que cuando el alma se desnuda de ese cuerpo, sufrimos. Sin embargo nuestro amor está llamado a trascender ese cuerpo. Siempre hay más amor de lo que conocemos por amor y uno de nuestros siguientes desafíos evolutivos estriba precisamente en amar también más allá del cuerpo, de la manifestación física del espíritu. La lamentación por una muerte que no existe, irá por lo tanto cediendo. Otra cuestión es animar, abrazar, tomar la mano con cariño…, puesto que todos somos humanos con apegos y necesitamos buenas dosis de coraje en el ejercicio del desapego. Otra cuestión es compartir que Dios, que la Vida está con nosotros, tratar de contagiar fuerza y fe para ayudar a superar la prueba de la distancia física.

La expresión de la condolencia difiere por lo tanto del contagio de ánimo. La utilización de una expresión o de otra nos sitúa ante dos concepciones bien diferenciadas de la vida y de la muerte. Estamos en la tierra para prodigarnos en ayuda a los demás, para contagiarnos mutuamente aliento, estimulo. El pésame nos sitúa ineludiblemente ante la visión trágica de la llamada muerte, en cambio el contagio de ánimo nos coloca en una ascensión evolutiva en la que mutuamente nos ayudamos. El pésame ancla el “acabose”, certifica la existencia de la llamada muerte, el ánimo sugiere senda sin fin, nos impulsa en ese progreso.

Si te doy el pésame es que me pesa algo, pero la muerte es precisamente todo lo contrario, es decir livianidad y aligeramiento. El pésame es final, nos coloca ante lo ineluctable, no da margen a la esperanza, el contagio de ánimo sí. El pésame es del ayer, el contagio nos habla de vida eterna y pertenece más al mañana. La sugerencia de contagiar ánimo es por lo tanto la propuesta de estas letras. Podamos, llegado el momento, contagiar esperanza en la vida que nunca se acaba, esperanza en nuestra condición de viajeros de infinito, en que los lazos de verdadero amor perduran por la eternidad.

Habremos de esforzarnos en no dejarnos llevar por la extendida inercia de lo caduco, que tiende a impregnar nuestros hábitos y costumbres. El cambio en este tipo de arraigadas inercias irá abriendo nueva, imprescindible, emancipadora cultura. Una nueva cultura de la vida y de la muerte irá calando en la medida que una nueva conciencia de eternidad, de no principio ni final, nos vaya también poco a poco en lo interno impregnando.

Arteixo 9 de Febrero de 2018

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