El valor de la renuncia

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Hay momentos en la historia de los pueblos en los que confluyen por un lado oportunidades en pos de la materialización de valores de futuro y por otro acumulamiento de fuerzas de progreso. Será preciso aprovecharlos. La ley del ritmo se deja sin embargo también sentir en todo lo referido a los movimiento cívicos y a las ciencias sociales en general. Sístole y diástole, hay momentos de progreso y expansión, pero también hay otros de reajuste, recapitulación y recogimiento. El Mediterráneo, al lamer las costas catalanas, sugiera también algo de sus compases.

La Catalunya movilizada viene de darlo todo por unas libertades que a la postre todos los españoles terminaremos disfrutando. El agradecimiento que aún no aflora, terminará un día llegando. Dos principales factores, a criterio de quien suscribe, debieran poner no obstante final a este clima de sostenida confrontación. El primero y más importante la fractura social surgida, el segundo la contundencia manifestada por el Estado para detener ese ímpetu en favor de una más ancha democracia.

Un objetivo es el progreso de las imprescindibles libertades y otro el de un soberanismo no compartido por amplios sectores de población. El ejemplo de coraje de la Catalunya movilizada alcanzó su culmen el primero de Octubre pasado. A partir de ese valiente testimonio difundido a todo el planeta, de ese alarde cívico y su consiguiente calibración de fuerzas, la victoria bien podía significar cesión, sacrificio de objetivos soberanistas, tender la mano a los adversarios. La victoria estribaba seguramente en regalar la victoria, no en la huida hacia adelante y consiguiente declaración de la independencia. Por lo demás, la fuerza del Estado, su determinación represiva, su clara voluntad de no ceder un ápice en el diálogo, eran más firmes de lo previsto. El esperado apoyo internacional brilló también por su ausencia.

Quizás por lo tanto hora de pleamar, de reflujo y replanteamiento. El acatamiento de la Ley, no significa rendición, sino trabajo más discreto, medido, sobre todo confluyente, rearmonizado con el resto de sensibilidades políticas catalanas. No hay sumisión en la aceptación de las reglas de juego que impone el Estado, hay realismo y ánimo de no seguir tensando la situación.

Regalar la victoria es conciencia de que los auténticos logros no son de un día para otro, de que la evolución es lenta, larga y gradual; es renunciar a tus propias e inmediatas aspiraciones a sabiendas de que los verdaderos derechos a la larga son satisfechos, de que la equidad y la justicia siempre acabarán prevaleciendo. Regalar la victoria es conciencia de la relatividad del momento, confianza en una historia que no dejará nunca de moverse hacia adelante. Regalar la victoria no tienen nada que ver con rendirse, es trabajar de una forma más silente, sin urgencia en la materialización de resultados. Es saber que el tiempo no existe y que si vas con la verdad, ella triunfará y tú con ella.

La rebeldía justificada, pacífica, creativa enseñó su músculo comedido en el momento preciso y de forma noble, pero el encono no debería perpetuarse. Vendrán nuevas generaciones con nueva conciencia y por lo tanto aspiración de libertades. Nuevos vientos soplarán y la reacción cederá. La caverna se irá abriendo. Las mentes avanzarán y las nuevas leyes con ellas. Los jueces juzgarán los verdaderos delitos, no las aspiraciones de libertad. El Estado guardará dientes y porras. Amparará, no maltratará el pacífico disenso. El encuentro, la negociación, la cesión de la partes, el punto de en medio triunfarán. Todo lo que es justo y cabal se dará, pero amablemente sin necesidad de ser forzado en exceso. A la postre marcharemos todos juntos, sin tuyos ni míos.

Quitar la barricada, suspender la liza es ya aurora. Ceder no es perder, es confiar en un destino colectivo hacia valores siempre superiores. Renunciar al progreso del “procés”, acatar la legalidad, no es sometimiento, es querer ir de la mano del otro, pese a las diferencias; es sacrificio de lo propio en favor de lo compartido, es valorar por encima de todo la convivencia armoniosa. La historia se asoma a su balaustrada no sólo para otorgar laureles a quienes aparentemente triunfan, sino sobre todo a quienes renuncian, que es una forma más elevada de victoria.

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