A la vuelta de Manlleva

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“Déjate llevar en las alas del Viento…”

¿Los hitos se escondieron o la rotulación estaba confundida? Probablemente la memoria no estaba afinada, no habíamos dado con los senderos flanqueados y cortejeados por la argoma, no habíamos echado a rodar nuestro corazón por ellos. No sé si el mapa estaba borroso o eran las piernas las que flojearon. Probablemente no era aún el momento de alcanzar el Santuario.

“Déjate llevar en las alas del Viento…” y el Viento nos aterriza aquí, justo donde cede el rumor de las olas, donde no alcanza el ruido del asfalto. El Viento nos trajo aquí, donde los vehículos trepan lentos, donde la paz se esconde y agazapa entre los cerros, donde la motosierra se arranca como puro pecado.

Aros sagrados

El Viento se detiene ante la Llama del Santuario, agacha la cabeza y entra en el cálido vientre de la roca, en la cueva donde se rinden nuestros corazones, donde florece el primer círculo. Transitamos los aros sagrados en silencio. Uno se une al otro en un ceremonial encadenado sin principio ni final. El siguiente círculo es en torno a la mesa, junto a una chimenea insaciable. Cada quien sirve a quien se encuentra a su derecha de la mesa en una ofrenda, en una donación al mismo tiempo solemne y cotidiana.

Nos preguntaremos necesariamente por qué tanto rodeo, por qué tanto extravío para llegar hasta esas palmas de la mano abiertas, reverentes, sosteniendo el plato, solicitando con sencillez algo de comida. ¿Por qué tantas vueltas hasta ese momento mágico? Largo, abrupto, camino hasta el remoto Santuario de austera piedra, hasta esa comunión de almas sudorosas que silenciosas, agradecidas diariamente se sientan a la mesa. Serpenteante pista hasta ese mantel anhelado, hasta ese altar sagrado que con nuevos colores y viandas se renueva cada día, hasta ese hogar fraterno en el que desde el primer momento nos hacen sentirnos como en casa. Economía de abrazos y sin embargo comunión temprana, sintonía evidente.

Desde esa árida atalaya entre pinos mediterráneos, miraremos necesariamente para atrás. Nos preguntaremos si el despiste y el extravío pretéritos fueron necesarios. Las razones del largo rodeo se escapan, sin embargo parece que había que recorrerlo. No es sólo día a día tejer comunidad con hilo austero, sincero, ghandiano; no es sólo rendirse ante la Madre que colma la mesa, es también rendirse ante la Presencia que la fecunda. Manlleva o Santuario de Presencia o Escuela de Rendición. El nombre es lo de menos, el caso es que tiemblen las manos de devoción y asombro al acercar el plato a la marmita el primer día. Pudor de acercarnos a ese mantel inmaculado y sus flores de invierno. Todo nos llega en el momento y de la forma precisa; no antes, no después, sino en la hora en que finalmente lo merecemos.

Leña seca para el Fuego

Marcharán los de tu grupo pero tú no querrás levantar polvareda cuesta abajo. Te concederán el privilegio de quedarte aún unos días más en la comunidad y así cortar un poco más de leña para la chimenea gigante y así seguir acercando tus palmas abiertas, así más ración de paz y silencio. Allá lejos, en la casa grande debe sonar un toque de recogimiento. Desde el bosque con la máquina rugiendo, no oirás las campanas del silencio. Motor de fuera y ruido de dentro se concitan para intentar callar al Viento.

La fuerza ya desplegada con la potente máquina se contagie por dentro. Tres palmos de mano. Es lo que entra en la chimenea. Van cayendo los troncos que habremos de subir al fuego de la gran sala. Las metáforas ocultas y señales múltiples que la vida nos trae, nos puedan ayudar a liberarnos y emanciparnos. Ruede y alcance la llama esa gorda leña nuestra también caducada. Logremos sacrificarla en el altar de la Presencia. Cada tronco de árbol caído que cortamos sea lo viejo que ya no sirve, que está listo para el fuego. La noche temprana desacelera la motosierra, termina de agotar el ruido, soplando renovado Silencio.

Delante de la vela central, en su Santa Santorum, las largas sentadas no se tornan abismos. Meditar horas al día es un verbo que allí conjugarás con agrado. Había que volver a la cueva oscura y reposar desnudos y desandar caminos sin perfume, sin Brisa, ni Viento.

Quizá uno de los servicios más hermosos que podemos hacer en la tierra es testimoniar que algo del Cielo y sus elevadas dimensiones es ya posible aquí y ahora en la Tierra. Esa forma rendida de comer, de trabajar, de cocinar…, de intentar ser armonía y alabanza en cada momento, no es fácil verla en la tierra. Esa manera de compartir el instante de forma serena y plena, pero a la vez libre y espontánea nos ha ganado el alma.

Cae la tarde en esta masía remota. Teclearás despacio, sin ruido. Tal la paz, tal el silencio inmenso. Los enormes troncos de madera calientan tras el cristal de la chimenea la gran sala de este hogar abierto. Sólo agradecimiento profundo a quienes cuidan el Santuario y con generosidad abren sus puertas y te señalan un catre en una celda templada. Agradecimiento al Cielo que nos empuja a la paz urgida, que nos conduce al lugar exacto y preciso que necesita nuestra alma.

Dicen que justo al otro lado de la montaña se extiende el mar inmenso, que en algunas noches sus olas logran incluso burlar al guardián del silencio, pero no correremos a ninguna orilla. Ninguna nostalgia perturbe al alma que halla reposo tierra dentro.

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