La Europa silente

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Europa calla ahora, cuando la mirábamos con esperanza. Lo hace al igual que en el 36 cuando la necesitábamos para defender la libertad y la democracia, cuando éramos la primera barricada al fascismo entonces galopante. No denunciaremos la Europa silente. Es lo que hay. No da más de sí y hay que aceptarlo. El varapalo no nos hace abjurar de nuestra vocación europeísta. Sigue siendo el espacio más amplio de libertad y derechos humanos en el mundo, pero al día de hoy tampoco puede ir más lejos. No desea crearse problemas con España. Europa no se quiere permitir baile de fronteras. Las quiere estables, tal como ahora se dibujan, sin referéndums que obliguen a sacar de nuevo el siempre incómodo tiralíneas.
Emerge otra Europa menos calculadora y mercantilista que aún tardará en manifestarse, la Europa de los verdes y progresistas, de las gentes solidarias, amantes de la Madre Tierra y mayores cotas de libertad. La Europa de ahora no ha prestado el auxilio que necesitaba la causa de una mayor democracia en Cataluña y el Estado. No ha prestado ni arbitrio, ni mediación, no ha apoyado la justa reivindicación de un referéndum legal, con garantías y pactado.

Esa negativa invita a reconsiderar la partida. Europa era ilusión a la que miraba la Catalunya movilizada, así como tantos ciudadanos de España que anhelamos una segunda transición hacia una democracia más auténtica. Toca ceder. Dicen los budistas que en esfuerzo de generosidad y compasión hemos de ensayarnos en otorgar la victoria al adversario. Toca vestirnos un poco con la túnica azafrán. Toca entregar la victoria a Rajoy. Hemos comprobado “la fuerza” que tantas veces mentó, la fuerza injusta de la maquinaria gigantesca, poderosa, aplastante de un Estado en los diferentes niveles, político, judicial, mediático y policial. También hemos constatado el despliegue y consecuencias, que hace tiempo no contemplábamos, de su fuerza bruta. Toca rendirse. Toca esperar otra tanda, otros tiempos más emancipados, en los que nadie tiemble porque bailen y se redibujen las fronteras, simplemente porque siempre nos volveremos a encontrar.
Un panorama más difícil e intransigente aún del que esperábamos invita a nueva reflexión. Hay que saber valorar el noble intento, no sólo el logro, sobre todo si éste se fuerza en exceso. El bien mayor de la armonía ciudadana justifica torcer el brazo. A veces hay que entregar la victoria a quienes se obcecan en ver todo en clave de vencedores y vencidos. Llegados a un muy complicado punto también hay que saber dignamente ceder. Tenemos la obligación de pujar por la paz y la armonía, máxime en estos momentos de tan suma tensión. A veces hay que aparcar legítimas aspiraciones en aras de la mejora de una convivencia deteriorada.
La Catalunya movilizada ha demostrado también su fuerza pero de otro signo bien diferente, la increíble fuerza interna que otorga el pulso pacífico en pos de un ideal. Ha demostrado su creatividad y capacidad de organización y acción en condiciones muy difíciles. El mayor activo de toda la precedente movilización ha sido su “Satyagraha”, no violencia ni física, ni verbal tras el más que respetable objetivo de su derecho a decidir. Las incontestables pruebas de contención, de sano coraje y firmeza de esa ciudadanía despierta y valiente, quedarán en nosotros/as grabadas para siempre.
Creo que el Gobierno de Puigdemont, ante la negativa tajante y tozuda del Gobierno central al diálogo, sí que debería aprovechar la posibilidad de una mayor autonomía que abre la reforma Constitucional, que en el plazo de seis meses, desean impulsar los socialistas. Habría sido la movilización cívica y serena de la ciudadanía catalana la que nos habría llevado a ese eventual y nuevo escenario de mayores y más actualizadas libertades y su consecuente reforma constitucional. Sin esas movilizaciones las reformas que ya se apuntan, no habrían llegado.
Rendirse para esperar la siguiente oportunidad, la siguiente ola en una playa más amable y favorable. Rendirse para aguardar tiempos mejores. Vendrá otra Europa, otra España que dejará atrás su pasado de imposición, de “ordeno y mando…”, de “aquí se hace lo que yo digo…”, de “tú te quedas porque yo lo ordeno…” y nacerá, con las nuevas generaciones, otra España nueva, plenamente arraigada en los valores del diálogo, del mutuo respeto y comprensión, de la genuina democracia y libertad.
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