Catalunya en el corazón (III) / Por el diálogo, por el acuerdo

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Se acaban los días de gloria en la cabaña de madera. He estado esta semana fuera del mundo, en comunión con la Madre. Lejos de la noticia hallé cierta paz que urgía. Ahora hemos de salir de nuevo a la intemperie, allí donde se reúnen ahora todos los vientos. ¿Cómo haremos para caminar erguidos, firmes, dignos, al mismo tiempo que comprensivos y compasivos?

Se acerca una nueva semana convulsa. Se acerca un nuevo reto de ser, por encima de todo, canales de paz, de concordia y hermandad. Toca de nuevo anclarnos firmes en el interior y no ser arrastrados por estos vientos de virulentas emociones.

Hemos pujado y deberemos de seguir haciéndolo por las libertades que en conciencia creemos que no se han instaurado en plenitud y lo haremos desde la objetividad, desde la paz y la serenidad. No podría ser de otra forma. Cuando defendimos las libertades de Venezuela éramos derechosos al servicio del imperio, cuando hemos defendido con el mismo ahínco las libertades para Catalunya, rojos al servicio del separatismo. Sin embrago era el mismo aire de libertad, aire sin color, aire imprescindible para respirar, para evolucionar.

Podíamos haber nacido en un país de libertades consolidadas, de ánimos mas controlados. Ahora estaríamos más plenamente dedicados al cultivo del alma y sin embrago programamos encarnar aquí, decidimos hacerlo donde había que seguir empujando. Por ello estamos aquí y ahora en medio de esta tormenta cuya principal finalidad es seguramente medirnos en nuestro nivel de interna paz.

Ojalá los soberanistas renuncien a una independencia que vendría acompañada de un aumento sensible de la crispación y confrontación. Ojalá el Gobierno y los constitucionalistas sepan estar a la altura de ese eventual gesto de renuncia. Ojalá pongan a andar nuevas leyes, nueva Carta Magna a la altura de los tiempos, de las gentes, de sus circunstancias y renovada conciencia.

Ojalá una historia de acuerdos y diálogos como hoy demandaba toda esa valiente marea blanca. Ojalá las partes confrontadas por fin en torno a una urgente mesa. Ojalá nunca más una nueva repetición de ese triste guión, de esa superada historia de vencedores y vencidos.

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Ya nos hemos acercado lo suficiente al abismo,
ya ha tocado lo suficiente nuestros corazones esta dura confrontación,
ya hemos vivido el dolor por la división entre los viejos amigos…
Ante la difícil semana que se avecina, he aquí nuestra ferviente oración:

Pueda la marea blanca de la concordia y de la paz inundar todos los corazones.
Puedan hermanarse nuestros sentimientos y banderas encontradas.
Puedan ceder las partes y a partir de ahora el conflicto encontrar pronta solución.
Puedan los dirigentes de ambas partes enfrentadas, acercarse, dialogar y pactar.
Podamos encontrar todos encaje en una gran nación respetuosa de las partes, de sus singularidades, de su autonomía y competencias.
Puedan las leyes grandes y pequeñas caminar con el ritmo de los tiempos, con la ciudadanía, su nueva conciencia y circunstancias.
Pueda desaparecer todo rastro de violencia física y verbal.
Podamos rendirnos a un amor que no conoce fronteras de ningún orden.
Podamos borrar en nuestra mente la triste idea de vencedores y vencidos.
Podamos ver la luz del amanecer, disfrutar la gloria de la hermandad e integrar para siempre las enseñanzas que ha comportado el conflicto.

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Discurso del rey

Hay una mayoría de gentes y pueblos en España que se identifican con ese discurso, con esa figura, con esa corona y cuanto comporta. La mayoría, que no todos ni mucho menos, valoran el papel unificador y equilibrador del Rey más allá de las ideologías y las luchas partidistas. Podrían sentarse todas las Navidades, ahora también todos los Octubres a escuchar satisfechos su discurso. Eso es preciso respetar, eso es digno de valorar, eso es sencillamente sagrado.

Hay también una muy importante cuota de ciudadanía en el País Vasco y Cataluña que no se sienten identificados con esa figura, que les resulta ajena e impuesta. Prefieren unos dirigentes democráticamente elegidos, más cercanos, más suyos, que consideran más preparados, con menos privilegios y otra vocación de servicio. Eso también es sagrado.

El problema surge cuando lo sagrado de uno se impone a lo sagrado del otro. Entonces es cuando se manifiesta el conflicto. Tenemos que aprender a respetar el espacio y la voluntad sagrada del otro. El progreso de la civilización es el progreso de ese respeto. Eso es sencillamente lo que ahora nos jugamos, ese sagrado e incuestionable mutuo respeto.

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