Administrar la victoria

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La lección de contención, no-violencia y civilidad que ha dado el primero de Octubre la ciudadanía catalana ante el uso desproporcionado, injustificable e irresponsable de la fuerza, es de lo más significativo y estimulante que hemos visto en la reciente historia de nuestro país. Ghandi estaría orgulloso del reencarnar de una “Satyagraha” o acción no violenta llevada a cabo a tan gran escala por parte de cientos de miles de personas en pos de la justa causa de la libertad. La Catalunya movilizada ha encarnado en la jornada de su referéndum una conmovedora y valiente expresión de su alma colectiva ante la opinión pública mundial, también ante quienes sólo han sido capaces de esgrimir el uso de las porras y las balas de goma para tratar de imponerse. Hemos contemplado una ejemplar “Satyagraha” aderezada por una capacidad asombrosa de creatividad e ingenio para burlar el acoso policial.

La ciudadanía movilizada ha obtenido una clara victoria moral a la vista del mundo entero, al haber desbordado la fuerza de las armas con la presencia desnuda de la multitud, con la interna fuerza que donan razón y anhelo de libertad. Ahora bien, ahora llega lo más difícil, el saber administrar esa victoria palmaria. Con el más que evidente triunfo en las manos, el Govern se inclina ya por el inicio del camino a hacia la independencia. Hay un claro responsable de que los dirigentes catalanes apuesten ya decididamente por esa drástica opción y es el Gobierno inmovilista de la nación.

Sin embargo nosotros no podremos respaldar ya esa opción del Govern por mucho que la comprendamos, por mucho que entendamos que más de la mitad de la población catalana haya dicho ya basta a la arbitrariedad de un Estado autoritario, de un gobierno hasta ahora negado en banda al diálogo sin límites y que maneja como argumento poco más que la fuerza policial respaldada por una caduca Constitución.

¿Y si llegara ahora aquello de “implacables en la lucha y generosos en la victoria”? Encontrar acomodo en el marco del Estado sin llegar al extremo de la declaración de la independencia, encontrar encaje amable sin necesidad de ir a por la creación de un nuevo Estado, con toda la secuela de crispación y tensión social que ello conlleva, creemos que es la única opción no dramática que ahora se atisba. Es una opción que exige mucha contención y paciencia por parte de los claros vencedores morales, pero no percibimos otra que no implique gran convulsión en la convivencia.

A pesar del poderío de la cerrazón centralista, del bloqueo constante de la reacción a las propuestas no contempladas en su guión, hay un horizonte político, que con el tiempo y la llegada de generaciones más flexibles de mente, se irá abriendo. Tras una lección de ética, de no violencia activa, que quedará grabada en nuestra memoria para siempre, Catalunya tiene ahora un reto mayor que es el de la salida dialogada, el del camino largo y arduo de intentar promover, junto al resto de formaciones progresistas, un nuevo gran marco jurídico español. En ese nuevo marco constitucional podría alcanzar un grado superior de autonomía, en la línea del camino emprendido por la Comunidad autónoma vasca. No es una opción fácil, en primer lugar porque las autoridades del Estado ya reclaman las cabezas de los dirigentes catalanes, porque desde una temprana jornada postelectoral en los juzgados ya se abrían diligencias para encausar a quienes han liderado un justo reclamo de mayor libertad. Sin embargo habría que intentarlo por enésima vez, ahora con la fuerza incontestable ganada en este histórico primero de Octubre, ahora con un eventual mayor apoyo europeo e internacional.

Esta otra vía más negociadora es la de una generosidad fuera de lo corriente, pero seguramente es a lo que somos llamados. Siempre nos aguardan cuotas superiores de altruismo. Si importante era el reto de aquel decisivo domingo, mayor lo es ahora el de una renuncia a la independencia justo en medio de los perfumes de una victoria que durarán por tiempo. La Catalunya despierta y movilizada ha impresionado  al planeta por su impecabilidad. Ha demostrado ser grande en su apuesta decidida y pacífica por una verdadera democracia. Por más que tenga que contener su ya de por sí desbordado hartazgo, ahora puede perpetuar esa grandeza, renunciando a la independencia, a crear una nueva y distanciadora frontera. Sólo así se aceleraría el proceso hacia la genuina confederación y libre hermandad de los pueblos y comunidades de la península, nuestro ferviente anhelo.

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