Pastillero

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Las hay que son necesarias, que cumplen un verdadero servicio, que son difícilmente prescindibles en la mejora de la salud, la calidad de vida o para paliar un dolor, ¿pero de cuántas no deberíamos prescindir…? Se amontonaban tantas pastillas en la mesilla de muchos de nuestros mayores, que alguien tuvo que inventar el pastillero. Dentro de esa cajita de plástico se reúnen sus colores, formas y químicas variadas. Cada semana hay que rellenar el pastillero. La salud de la persona mayor depende de ese pequeño cofre en el que están ordenadas día por día, comida por comida, las más variadas píldoras.
 
 
Las entrevistas con los médicos tienen al pastillero como objeto principal. La salud estará mínimamente garantizada si el pastillero se va a agotando ordenadamente. ¿Para qué el sol, el agua, la alimentación natural, el ejercicio físico… si tenemos al milagroso pastillero?

 
Todo sea por la rápida “curación”, por el mínimo esfuerzo. El pastillero se ajusta a nuestros tiempos de de enajenación de la salud, de obviar en importante medida la prevención, la responsabilidad del cuidado de nuestro cuerpo, el ejercicio físico, de mantener una dieta sana basada en productos sanos… Con el pastillero nuestra salud no depende tanto de nosotros, de la enmienda de nuestras actitudes nocivas, del respeto de una forma más natural de vida…, sino de la sencilla y cómoda ingesta de unas pastillas.
 
Tengo cercano un pastillero, tengo muy cercana a su dueña y señora. Hoy se ha caído de madrugada. Volvía del lavabo y muy probablemente la última droga de la noche no le ha permitido llegar sin percance hasta la cama. No sirvo para ordenar el pastillero, si es caso para esconderlo lejos, pero eso tampoco puedo por comprensión, por respeto a esa persona, a quienes la rodean y su forma de entender el mundo.
 
No hablaré de los intereses que hay detrás de esos pastilleros, de todo el dinero que mueven esas pastillas tantas veces innecesarias, cuando no dañinas. Una vez más las transformaciones más significativas dependen de nosotros mismos, son lentas, graduales, silenciosas. A la postre, seguramente mucho de esa revolución que tanto mentábamos, estaba en una mesilla de noche cada vez más vacía, más despejada de pastillas.
 
No me siento con ganas, ni con fuerza de arremeter contra la poderosísima e interesadísima industria famaceútica, me siento sólo con ganas para compartirte a ti, hermano, hermana con problemas de salud, ¿qué tal si lo intentamos sin pastillero, por lo menos con menos pastillas, con menos química con efectos secundarios?, ¿qué tal si lo intentamos explorando cuáles son las causas profundas de nuestro mal o enfermedad, tratando ponerles ahí remedio?, ¿qué tal si lo intentamos con el sol, con el barro, con el aire, con las plantas…, con los medios que puso Dios a nuestro alcance en la naturaleza y que aún no hemos explorado…?
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