El efecto Macron

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Algún día la hastiante e infructuosa disputa partidista nos acabará agotando. Un sistema basado en la perenne confrontación no puede ser sostenible. No sé si España ha de buscar desesperadamente a su Macron, pero más pronto que tarde deberá ceder en nuestro territorio esa actual enconada gresca entre las formaciones. Sería de agradecer la llegada al poder de dirigentes capaces de integrar en sus gobiernos las diferentes sensibilidades políticas.

Las ideologías dividen, los valores nos unifican. El tiempo de las ideologías estaba caducando, pero Emmanuel Macron ha llevado ese cuestionamiento más lejos que nadie. Era hora ya no sólo de proclamarlo, sino de intentarlo, de reunir a hombres y mujeres apropiados y capacitados para sus puestos de gobierno, sin que el color político fuera para ello determinante.

El nuevo presidente francés al elegir ministros de amplio arco ideológico, contribuye a superar el desfasado esquema de izquierda y derecha. Francia ha tomado la delantera en esa necesaria apuesta integradora. El nombramiento de un reputado líder ecologista como ministro de medio ambiente redondea la jugada. Tras el susto por la amenaza de quien también pugnaba por el Palacio de los Elíseos, la calma viene acompañada de noticias alentadoras.

La ideología nació en un tiempo de confrontación entre los defensores y detractores de un injusto orden imperante. En su día pudo tener su sentido. Las fuerzas revolucionarias apremiaban, no sin razón, para poner fin a un sistema esclavizante, depredador y abusivo en muchos aspectos. Este sistema ha ido evolucionando y las condiciones de las clases trabajadoras mejorando sensiblemente, cuanto menos en nuestro entorno.

La izquierda y la derecha no nos ofrecen hoy diferentes modelos sociales y económicos. Ambos espectros políticos defienden el mismo sistema desarrollista, basado en la competencia y en la acumulación de riqueza. Gobiernos supuestamente de centro, como el del Partido Nacionalista Vasco en Euskadi, no ofrece menos prestaciones sociales que otros gobiernos autonómicos de izquierdas.

Apoyar políticas integradoras no implica identificarse con un sistema y unas fuerzas políticas que mayoritariamente adolecen aún de la suficiente sensibilidad para con la Tierra nuestra Madre y que nos promueven principalmente como ciudadanos consumidores. El materialismo e individualismo que caracterizan el actual sistema, y que tanto nos limitan en nuestra emancipación integral, están llamados a ser trascendidos. Nos seduce un modelo basado en otro tipo de relaciones ya entre los humanos, ya entre los humanos y la Tierra. Son los verdes y ecologistas quienes más recogen nuestras inquietudes de transformación personal y global.

Sin embargo, el advenimiento de este nuevo paradigma global basado en los valores superiores del cooperar y del compartir, en el cultivo del alma y su creatividad y no en la búsqueda ciega de acumulación material, no será de un día para otro. Estamos destinados a cabalgar en este tránsito por  tiempo. Una  era más verde y solidaria irá calando poco a poco en el corazón humano. No podría ser de otra forma. La verdadera transformación sólo puede ser gradual, si deseamos que ese trascendental cambio de paradigma se vaya asentando firme sobre una nueva conciencia humana.

El progreso civilizacional ha de comprender la evolución en el sistema político. La humanidad avanzará si va dejando atrás el obsoleto esquema banderizo y promueve gobiernos integradores en los que se refleje el principio de unidad en diversidad, en los que se lleve a las más altas instancias de gobierno los mejores talentos, con mayor vocación de servicio a la comunidad. Es por eso que saludamos la iniciativa del nuevo presidente francés de colocar en su gobierno personas preparadas de diferente filiación política.

Ya no es tiempo de derribar por la brava el orden imperante, sino de hacer nacer otro orden basado en la armonía y la concordia, en un mayor respeto y consideración entre los humanos; un nuevo orden que estimule el ser, no el tener; que nos reconozca más como seres en evolución que como personalidades atrapadas en los deseos materiales e individualistas. En ese anhelo impostergable no sobra nadie.

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