El efecto Macron

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Algún día la hastiante e infructuosa disputa partidista nos acabará agotando. Un sistema basado en la perenne confrontación no puede ser sostenible. No sé si España ha de buscar desesperadamente a su Macron, pero más pronto que tarde deberá ceder en nuestro territorio esa actual enconada gresca entre las formaciones. Sería de agradecer la llegada al poder de dirigentes capaces de integrar en sus gobiernos las diferentes sensibilidades políticas.

Las ideologías dividen, los valores nos unifican. El tiempo de las ideologías estaba caducando, pero Emmanuel Macron ha llevado ese cuestionamiento más lejos que nadie. Era hora ya no sólo de proclamarlo, sino de intentarlo, de reunir a hombres y mujeres apropiados y capacitados para sus puestos de gobierno, sin que el color político fuera para ello determinante.

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Abandonar la razón

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Ahora sé que fue en balde sacar tanta artillería dialéctica, desplegar tanta argucia de confrontación mental. Lo que debía haber desplegado era el intento de comprender y situarme donde el otro. Escribo para olvidar que me he llevado la fría, la miope, la pesada razón, y sin embargo seguramente he perdido la preciosa, la única, la seguramente irrepetible ocasión de hacer un amigo. ¿Si la victoria me priva de la paz interior, para qué quiero la victoria?

Tras una larga discusión epistolar con fondo de política, seguramente me he llevado la razón, es decir no me he llevado nada, quizá menos que nada, el haber generado una tensión gratuita. Ahora regalaría esa razón, trocaría todas las razones por un abrazo con mi contrincante, pero ya es tarde. La razón no sirve para nada, sólo sirve nuestra capacidad de comprensión y de compasión para llegarnos al otro, para intentar ponernos en su lugar y circunstancias. Es cuando estamos en condiciones de acercarnos algo a la verdad, que no a la razón. La razón es muy menudo presa del ego, no así la verdad. Lo sabía y sin embargo mail, tras mail he batallado cual ciego ignorante.