Salir del bar

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El pasado viernes se estrenó en las pantallas españolas la película “El Bar”. Por tierra, mar y aire nos bombardearán con esta nueva factura “snob” llena de “esperpento”, violencia y alcantarilla. A la vista del “trailer” de este nuevo producto cultural de cuestionable gusto, deberemos preguntarnos si uno de nuestros mayores problemas es la violencia espasmódica, brutal, aniquiladora o ese fondo de agresividad más permanente, mas aparentemente inofensivo en el alma colectiva.
 
Deberemos explorar si unos de los más serios desafíos que afrontamos es el terrorismo y sus golpes cobardes, sus atentados contra indefensos, o también el bar de las pelis, sus adláteres talleres de violencia, sus homologados tugurios donde física o virtualmente encerramos nuestros días; el bar, no como espacio de sana reunión, sino como metáfora del hábito que nos constriñe, de la “matrix” aprisionante, de los límites que ponemos a la expansión de nuestro alma o conciencia.
 

¿Y si nuestro problema fuera el resistirnos a abandonar nuestro agujero vital, nuestra particular cueva cargada de espeso aire, contaminación mental y violencia? La violencia que estalla a orillas del Támesis es seguramente desproporcionada manifestación externa de la que consumimos las mentes de los humanos a través de series, películas, videojuegos… Si el último loco que arrolló en Londres a los transeúntes no hubiera consumido su diaria y bien colmada dosis de violencia a través de las pantallas, seguramente no habría embestido contra la ciudadanía inocente. Cierto que hay un componente adicional de extremismo islámico en el atentado, pero la polución mental no deja de ser un fenómeno global. Hay un atmósfera planetaria que estamos llamados a purificar con pensamientos, cultura y valores más elevados.
 
Nos aguardan horizontes bellos, libres y abiertos a nada que salgamos de la “matrix” del bar, del “maya” alineante que dirían los hindúes. Hay tanto universo fuera, hay tanta desbordada maravilla a nuestro alcance, deseosa de ser hollada… ¿Por qué encerrarnos el fin de semana en esa claustrofóbica taberna madrileña? ¿Por qué sentarnos a ver la última producción del director progre de turno, saturada de histeria y sangre, para después a la salida, de nuevo en un asfixiante bar de copas, lamentarnos del reciente atentado terrorista?
 
Sí, el problema parece ser la “matrix” del bar, su cárcel de ambiente plúmbeo y escaso perímetro. El problema apunta al espacio gris, falto de luz, de aire y horizonte, donde tan a menudo limitamos la existencia. Criticamos la violencia fuera, pero después nuestra cabeza se carga con ella hasta que rebosa. Fuera sólo estalla lo que llevamos dentro.
 
Nuestro diario consumo de violencia ceba al violento de dentro, también al de fuera. Somos los más variados personajes del mundo, también, siquiera en pequeña medida, el violento capaz de barbarie. Si queremos hacer frente al terrorismo de las calles, deberemos primero hacer frente y desarmar al terrorista que escondemos en nuestro interno fuero. Podemos dejar de consumir todos esos productos sobrecalentados de agresividad, salir del bar, de la cueva ya excesivamente frecuentada y contaminada. Podemos fomentar auténtica y emancipadora cultura, ofrecer a nuestros pequeños y jóvenes guiones con valores, historias que les motiven a ser mejores personas. Ello seguramente contribuirá a que, más pronto que tarde, inauguremos un nuevo tiempo sin titulares de terrorismo en nuestros desayunos.
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