Ofrendar el dolor

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Siempre podemos ser útiles al mundo. Aún hundidos entre las sábanas, aún tiritando de escalofríos, podemos ser factor de bien en favor de la humanidad. Cada mañana podemos ofrendar nuestros superiores deseos, aspiraciones, sentimientos…, podemos ser antena de irradiación de elevadas vibraciones. Sin embargo también podemos ofrendar nuestro sufrimiento, nuestro dolor, nuestra enfermedad. Somos ofrenda. Por encima de todo, somos donación. Todo es susceptible de ser ofrendado, si está debidamente enfocado y dirigido. Basta detrás del objeto de la ofrenda un empuje altruista, generoso.

Podemos ofrendar nuestro dolor para contribuir a liberar el dolor del mundo, podemos ofrendar nuestra enfermedad para contribuir a mermar la enfermedad del mundo. Ante el dolor y la enfermedad nos podemos revelar o los podemos aceptar. Por supuesto, sabedores de la ley de causa y efecto, sabedores de que nosotros mismos hemos sembrado lo que ahora cosechamos, lo positivo, liberador y sanador es aceptar. Sin embargo más allá de la mera aceptación, hay un paso ulterior que consiste en ofrendar.

La cuestión clave son los sentimientos y pensamientos que acompañarán a nuestro dolor. Cada quien con su fórmula, con sus palabras abrazar su dolor, su enfermedad para contribuir a aligerar el karma personal, el karma del mundo. No hay “ibuprofeno” que nos libere del dolor con la misma facilidad que la ofrenda generosa. (con la diferencia añadida de que ésta no comporta consecuencias negativas). Asumo mi dolor, los errores que en el pasado he cometido para cosecharlo y lo abrazo, pero ese abrazo se ensancha y abarca los dolores del mundo. Al hacerlos míos contribuyo a liberarlos… Si la humanidad es una, también lo es su dolor, independientemente de la raza, nación, religión o condición social de quien lo padece. Nosotros podemos siempre contribuir a aliviarlo…

El sol “engaña” también en la mañana del domingo. Lanza sus guiños desde primera hora, a sabiendas que apenas podrá templar el valle. Los caminos están impracticables para el cuerpo afiebrado. Gana el viento siempre invisible e imprevisible, con su lengüetazos heladores. Apenas camino unos metros más allá del refugio del coche. Toca acomodarse de nuevo en su asiento, ofrendar esa tiritona, que no denominaré inoportuna. Toca sacar el cuaderno y escribir estas letras…

 

 

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