Aquel Refugiado

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En su precario refugio nadie estampó las siglas de UNHCR (Acnur), pero debieron igualmente ir de puerta en puerta pidiendo acogida. No tomaron cayuco, no se apiñaron en ninguna barcaza destartalada, no se vendieron a ninguna mafia sin escrúpulos, pero huían de la violencia de los poderosos. No soñaron con una Europa, entonces aún salvaje y desintegrada, pero eran también refugiados.

La disyuntiva de las puertas abiertas o cerradas, de la acogida o el blindaje no es de nuestros días. La violencia siempre ha empujado al humano a hacer atillo o maletas y escaparse apenas con lo puesto. El desierto es ancho y Belén no dista mucho de Alepo. ¿Qué es la Navidad sino la fiesta del pequeño Refugiado que nacía a un mundo convulso para inundarlo de amor?

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Socialismo sin “ricino”

15235614_10154150009712379_8336932082088193612_o.jpgCaducaron sus revoluciones como caducan los vinos que no se mantienen frescos, como se enmohecen las casas que no se airean, como se agrieta la tierra que no se remueve… Nada nos dicen los líderes que hablaron en la Plaza de la Revolución en la despedida de Fidel Castro. Sus palabras no nos dan alas, sólo son lastre de munición para el soldado que ya se jubiló, que ya no somos, ni deseamos ya más ser… Nada nos dice esa perpetua llamada a la trinchera. Ante la multitud congregada, sólo hombres mentando enemigos que no ceden, glosando guerras que nunca se acaban…; sin embargo aquí, a este lado del mar inmenso, nuestras mujeres ya nos escondieron las armas donde jamás las encontraremos. Hace ya muchas lunas que nos susurraron dormidos que la batalla si no es florida, sin violencia está para siempre perdida.

¿Cuándo nos llamarán para construir en libertad? No nos ilusiona el bloque bolivariano. Se pudieron levantar contra el oprobio, contra el abuso y la explotación en su día, pero han instalado nuevos dominios. Sólo cambiaron el color de las paredes y fachadas. Aún no ha amanecido, por lo menos no vemos su radiante sol iluminando para todos.

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Vieja ermita gallega

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Parece que siempre hubiera estado allí, tal es su sólido anclaje, su perfecta simbiosis con el paisaje de hojas caídas. Tras largo paseo a la vera del mágico río, la ermita hizo el resto, terminó de ensanchar nuestros corazones. Las piedras cargadas de musgo y memoria nos sugieren volcar hacia el pasado. No en vano la historia quedó apresada y encerrada en el remoto lugar, entre los guardianes robustos de los árboles.

Somos también esas manos pacientes, esos callos curtidos, ese sudor antiguo, esa pasión por las piedras reunidas y sumadas en lo profundo del valle. Somos los hermanos constructores que se dieron por entero levantando el escondido templo del bosque. La talla continúa. Somos el cincel y martillo, la roca y la melopea de oración. No renegamos de nuestra tradición, menos aún cuando se abre el castañal y nos revela esa obra generosa, ese testimonio vivo de fe y entrega que encarna la vieja ermita. No renegamos de nuestra tradición, menos aún en el corazón de la arboleda, en medio de esa inmensa alfombra de hojas acalladas. A lo sumo añadimos nuevos santos sin sotana, nuevos rosarios sin viacrucis, nuevo Nazareno sin cruces… Olvidamos “vísperas” y “maitines”, mas no renegamos del cristianismo, a lo sumo una nueva canción, una palabra actualizada, una fe reinventada y sin doctrina…

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