Un orden evolucionante, no cristalizado

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Sí, necesitamos un orden. No lo sabíamos antes, cuando todo nuestro interés estaba en tumbarlo, cuando salíamos a las calles para echarlo cuanto antes abajo,  cuando  reuníamos toda nuestra ira para golpearlo. ¡Cuán equivocados estábamos…!

Han pasado los años y ya nos hemos puesto el debido casco de bomberos, ya no somos  incendiarios. Reparamos por fin en que el orden es un valor superior, imprescindible para la perpetuación de la vida y su armonía. El orden está a la altura de otros valores que llenan nuestra boca con más facilidad como libertad, justicia y hermandad. Si  no hay orden, no quedará ni rastro de los otros valores superiores.

El orden es indispensable para que la vida y su armonía inherente se perpetúen. La negación del orden es sencillamente el caos y la muerte. El universo es la plasmación magna de ese orden impresicindible. En una esfera más cercana, el orden político lo constituyen el conjunto de leyes y mecanismos que nos dotamos para hacer prevalecer la sana convivencia. La invocación al orden constitucional es más que legítima, siempre y cuando no sirva para atajar todo intento de revisarlo.

El orden ha de ser vivo, mutable adaptable de lo contrario también muere y con su muerte acontece el deterioro de la convivencia que pretende armonizar. Sí, necesitamos de un orden que evolucione al paso de los años, un orden revisado, libremente asumido, jamás impuesto, siempre consensuado. Hay un orden que salió de un contexto histórico muy delicado, un orden urgido que pudo tener su vigencia, pero hace mucho tiempo que un importante sector de  la ciudadanía clama por su revisión. Las fuerzas conservadoras no  mueven coma y a la vez  invocan ese orden ya cristalizado para aplacar toda tentativa de progreso. La sociedad española no es la misma que hace 40 años y sin embargo ese orden no se varía. ¿Hasta cuándo ese orden sin revisar, sin reconsiderar, impidiendo las aspiraciones de quienes deseamos adaptarlo a los tiempos y a la conciencia despertada? La invocación al consenso no puede seguir siendo  la excusa para bloquear constantemente los intentos de revisión.

Los tiempos evolucionan rápido y las leyes necesariamente han de ir con ellos, no se pueden quedar atrás.  Nadie debería  pretender frenar  la cabalidad que aspira encarnar en el instante. La casa común de los españoles podrá seguir siendo, si los  diferentes pueblos, sensibilidades y diversidades encuentran libremente acomodo, de ninguna forma si su orden sigue siendo el instrumento de las fuerzas más conservadoras para hacer prevalecer sus criterios, en definitiva el pasado sobre el futuro. Hubo otro orden en el 31 que tumbaron por la violencia los intereses de los más poderosos. Después vino una cruel represión que nada tiene que ver con el orden. El nuevo orden del 78 pueda tener larga vida, si es capaz de adaptarse al discurrir de los tiempos, si es capaz de alcanzar la flexibilidad  necesaria para encontrar en él todos y todas digno y feliz acomodo.

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