Ser ofrenda

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Ningún pasillo me conduce a “caja” después de haber llenado mi cesta de setas, nueces y castañas. No veo la etiqueta en ninguno de los frutos de otoño que las ramas me ofrendan a la vera de casa. Por más que busco, nada en la naturaleza encuentro con código de barras. La Divinidad no puso ninguna aduana a la salida de ningún valle. Todos los peajes son invención, argucia humana. El universo entero es un acto supremo de infinito amor; toda la creación es donación, servicio sin medida. ¿Cómo poder ser nosotros igualmente donación, cómo universo generoso, cómo entrega sin fin? Como es en grande sea en pequeño, ¿cómo vivir dándonos sin medida, ni proporción?, ¿cómo no renunciar a estos ideales en un mundo de acumulación desigual y sin medida, de mutuos codazos y férrea competición?

Llega un otoño especialmente maduro en que la Vida nos acorrala con todos sus frutos, con todos sus gestos dadivosos y nos pregunta si ya nos hemos por fin enterado, si hemos alcanzado a comprender la razón última de nuestra presencia en la tierra. Acostumbrados a sacar la billetera en establecimientos y supermercados, podemos llegar a olvidar que todo está y estuvo a nuestra disposición. La Creación entera, todos los Reinos mineral, vegetal y animal se rinden a nuestros pies en un gesto de infinito altruismo. Cierto, todo era gratis, todo era “duty free”, pero a la vez todo era una invitación a ser nosotros también gratuidad.

Culminó ya la explotación, el acumular sin sentido, el coger sin retornar… ¿cómo, cuándo, dónde empezar a devolver? Vinimos para dar, para ser rama de otoño, para ser ofrenda, mano abierta, nunca puño. Sostenibilidad no es sólo un principio ecologista, es una máxima superior que garantiza la vida sobre la tierra, es solidaridad con las generaciones que ya están viniendo. Sostenibilidad es la integración del humano en la ancha “rueda del dar” invitación a ser nosotros también “sostén” de la vida. Sólo puede sostener la vida quien se da.

A la vuelta de todas nuestras cavilaciones, éramos por lo tanto para la entrega. ¿Cuántos frutos hemos descascarillado despistados, cuánto manjar ha llegado a nuestra mesa hasta que hemos unido nuestras palmas en profundo agradecimiento. ¿Cuántos otoños han pasado hasta reparar en la finalidad de nuestro latido, de nuestro aliento, de nuestras manos…? Por lo tanto, ¿cómo sostendré yo también la Vida, en qué aspecto la podré corresponder, después de todo lo que me ha entregado? ¿Cómo poder servir por supuesto a la humanidad, pero también a mis hermanos de cuatro patas, a los árboles y plantas, mis hermanos erguidos, al reino mineral que cimienta los demás Reinos?

Desnudos de todo lo aprendido, pensemos si puede haber un ápice de interés cuando nada retuvo la Fuente, cuando nada guardó para sí, cuando nada lo dio condicionado. Pulsa escondido un infinito amor detrás de los amarillos, ocres, marrones claros que decoran y llenan de magia en estos días nuestros paisajes. El Alfa, el Origen era Amor, Amor sin límites que no podemos alcanzar a concebir, Amor inteligente que aquí y ahora nos desborda  y que somos siempre, siempre  invitados a imitar.

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