Turquía en nuestros corazones

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Nadie dice que esos vuelos rasantes fueran acertados, que los tanques en las calles de Estambul y Ankara fueran oportunos, que los militares debían haber salido de los cuarteles y paseado los asfaltos… Adolecemos de información clara sobre las intenciones de los golpistas, pero todo apunta a que los soldados y los generales que se alzaron, lo hicieron impulsados mayormente por un deseo de restitución democrática. “Alá es grande”, pero Alá y sus seguidores frenan a los tanques que habrían salido a las grandes alamedas buscando libertad.

Al grito de “Allāhu akbar” se apaga por ahora en Turquía el deseo de instaurar un régimen menos corrupto. En el nombre del mismo Dios se pide la muerte de quienes han protagonizado la asonada. Marx nos volvió a confundir. El pueblo que corta cabezas en medio de modernos puentes, que clama en las calles de Estambul la vuelta de la pena de muerte, no es ningún agente de progreso y de emancipación. El pueblo que sostiene parejos regímenes autoritarios en Rusia y China, por poner el ejemplo de grandes y cercanas naciones, no es precisamente vanguardia. La única vanguardia la constituye la ciudadanía concientizada, cultivada, portadora de valores y liberada de sus pulsiones más primitivas.

El presidente Erdogan prefiere aplicarse en una represión generalizada tras el golpe fallido, que mirar hacia Europa. “No se puede desoír la voz del pueblo…” y por eso afila metal, se prepara para restaurar la pena de muerte y quién sabe si a liquidar así “legalmente” a los más destacados insurgentes. Turquía y tantas pseudo-democracias en otras latitudes del globo, nos demuestran que los pueblos llanos no son necesariamente portadores de futuro. Las masas populares no constituyen garantía de progreso. Un pueblo acompañado por dirigentes nobles, con voluntad de servicio y entrega, de mandatarios que personalmente testimonian superiores ideales, sí puede convertirse en agente de transformación. El pueblo por lo demás está al albur de sus emociones más primarias. Son los líderes desnudos de todo interés personal y verdaderamente impregnados de principios elevados, los que pueden acompañar al pueblo en la propia senda de su elevación y emancipación.

El papel de Europa es clave en la salida a la crisis turca. ¿Qué valor tiene ahora la llamada a la contención, después de haber apoyado sin vacilación a un presidente tan corrupto y autoritario, nada más producirse el alzamiento? Es evidente que los sublevados no escogieron el mejor de los métodos, pero en, medio de la confusa información, parece que albergaban genuinas aspiraciones democráticas, que se alzaron para poner fin al régimen corrupto, populista y crecientemente dictatorial de Erdogan. Pocos recuerdan en estas horas convulsas la cruel represión que ha desatado el presidente y su gobierno contra un movimiento kurdo que había conquistado democráticamente importantes cuotas de poder parlamentario, pocos mentan el cierre de los periódicos incómodos, la persecución de la oposición democrática, de los colectivos homosexuales. Pocos se hacen eco del odio del máximo mandatario hacia las redes sociales…

Pienso en los miles de militares y jueces que ahora están en la sombra y que seguramente no quisieron plegarse a esta semidictadura con tintes personalistas y religiosos. A Erdogan lo salvó la masa echada a las calles con el nombre de “Alá” en sus gargantas. Lo recuerde la Europa que ahora se echa en sus brazos, lo recuerden nuestros dirigentes que no han dudado en socorrer a este autócrata fuera de todos los parámetros democráticos. Erdogan puede retener a los refugiados en su sala de espera, pero permítasenos que cuestionemos el apoyo tan incondicional que se le ha brindado en el comienzo de la insurrección militar. Tanta adhesión inicial a quien tan interesadamente regenta esa sala, puede salir bien caro. Duele Turquía, duele la ausencia de comprensión para quienes, aún con toda su torpeza y confundidas formas, ante el abuso galopante del presidente turco, seguramente no vieron otra opción que la de alzarse en armas.

Turquía en el corazón, pero la Turquía anhelante de equiparse a las verdaderas democracias, la que respeta los derechos humanos, la que no persigue a muerte a las minorías nacionales y sociales. Turquía en el corazón, pero no la Turquía sumisa manejada por el caudillo de turno, sino la Turquía laica, valiente que desea avanzar sin tutelas, ni más que evidentes corruptelas, hacia un futuro de progreso y auténtica libertad.

Artaza 18 de Julio de 2016

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