Cartas desde Chíos 2. A la búsqueda de la paz en medio del caos

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Gracias también a esta roca frente al mar, frente al sol en el que paro cada mañana. Yo no sé que haríamos sin estos momentos que nos inundan de luz, paz y nueva energía. Ayer fue un día duro. Mucha agresividad al final del reparto de la comida, cuando algunos refugiados querían más ración y no teníamos qué darles, cuando repartíamos los globos a la tarde, cuando nos expulsaron de el campo de retención vestidos de payasos en el momento de iniciar las actuación…

Los momentos de tumulto y conflicto son los que ponen a prueba nuestra paz y serenidad. “¡Mikel, Mikel…! ¡Coge el volante y marcha…!”, le decía al compañero de Zaporeak cuando literalmente fuimos asaltados por una masa de refugiados que no se habían quedado saciados y querían más comida. Aquí junto mar calla el griterío, se difuminan los malos momentos, se detienen los empujones y tomamos conciencia de que mañana la vida podrá ser a un ritmo más cadente, más armonioso, sin estridencias, la vida podrá ser gobernada por la conciencia, la sabiduría y la solidaridad.

Es aquí junto a estas olas calmas, el lugar donde agradecer las pruebas que estamos viviendo, con su dureza, también con su aprendizaje. Debían estar en el mapa. Nadie nos obligó a coger esos aviones, ese gigantesco Ferry. Nadie nos forzó a atracar una buena mañana en esta isla aparentemente paradisíaca que reúne la más variada condición humana.

Me persigue el rostro del jefe de policía que ayer nos expulsó del campo de retención de el Vial y que privó a tantos niños de sonrisas. Habíamos comenzado ya los preparativos de la actuación cuando, con escasa amabilidad, nos conminó a marcharnos. Antes que él nos echara, los policías que también custodian el campo, habían visto bajar de un coche a tres payasos y asumido que les tendrían que permitir actuar entre las alambradas. El policía más severo que optó por la tajante prohibición, también necesita de nuestra compasión. Al observar que de alguna forma nos resistíamos a acatar esa orden sin sentido, se iba al mismo tiempo enrojeciendo y quebrando por dentro. No tanto su voz, sino su alma. El representa de alguna forma la humanidad que obedece aunque que no entienda, que acata aunque la orden carezca de toda lógica, la humanidad cautiva de su propio espíritu de sumisión.

No sé si volveremos a vestirnos de payasos o seguiremos cortando pan, partiendo cebolla y removiendo, con esas paletas del tamaño de remos, las grandes cazuelas de Zaporeak. No es fácil aquí calzar la nariz roja. Los chavales están muy alterados y el guión que teníamos poco sirve en medio de un clima sobreexcitado. Después están las propias dificultades legales. Quizás lo propio es rehuir esos follones con la policía y llenar junto a los compañeros de la ONG donostiarra las 1300 tarrinas diarias de aluminio que después se distribuyen en esas largas y conflictivas filas.

Llevamos tres días trabajando en la isla y en los tres me tocado repartir los trozos de pan. Pese al mal rato que a veces pasamos sobre todo al final de las reparticiones, he de reconocer que es una gozada correr detrás de la furgo cargada de comida con nuestro coche los ocho kilómetros que separan la cocina de los puntos de repartición, a sabiendas de que ese rancho es tan esperado. Desembarcamos a la entrada del campo de Souda donde aguardan diariamente 800 bocas hambrientas. Otras 500 raciones se reparten en el campamento contiguo de Depete, ambos en el marco urbano de la ciudad de Chíos, junto a mar, así como en el orfanato. Disfruto con mi labor, con cada uno de los rostros de las innumerables personas, niños y mayores, que se nos acercan. Mientras que no surge el temido conflicto, a veces incluso da tiempo para bendecir a estas desafortunadas gentes. Quizás las que más me impactan son las abuelas. Algunas se acercan silenciosas, resignadas. Hay alguna que esboza incluso alguna tímida sonrisa. El dolor que arrastran en sus vidas ha llegado a tallar su rostro.

“¡One line, one line…!” es el mantram que repetimos hasta la saciedad, pero el tumulto pareciera ser un mal inevitable. Se desata lo más primario de la condición humana. Hay quienes se ponen a la cola tres o cuatro veces. Para ello incluso van a la tienda y se cambian de camisa, se ponen una pañuelo encima las mujeres o simplemente visten un jersey que no llevaban en la anterior tanda. Hay quienes sin embargo no llegan a tiempo y se quedan sin comer. En honor a la verdad, creo que no hay que idealizar la figura del refugiado. Hay unos pocos que ayudan, que tienen visión más amplia de bien común. Normalmente son los que saben un poco inglés y han visto mundo, pero en general reina un espíritu individualista y bastante insolidario. A ello hay que añadir las fricciones entre las naciones. En virtud de los acuerdos con la Unión Europea parece ser que los sirios reciben un trato generalmente preferencial, sobre todo en lo que se refiere a la gestión de los permisos. La víspera de entrar nosotros en el campo de Vial, el que todas las ONGs denominan de concentración, pues está cercado por alambradas, parece que hubo una reyerta entre sirios y afganos con un saldo de varios heridos.

El sol comienzan calentar en esta playa maravillosa junto a nuestros apartamentos. A pesar de la falta de arena, de la abundancia de piedras, de basura y de restos de las lanchas de los refugiados, este lugar no deja de ser puro remanso. Todas las escenas virulentas de la jornada de ayer se comienzan a ver de otra forma, con otra distancia e incluso desidentificación. Es hora de cerrar el cuaderno y arrancar la jornada. Ojalá no haya que enfadarse. La sola línea en la larga espera de la comida se forme sin dificultades, el reparto transcurra en paz y no sea preciso hoy regañar a ningún niño. Ese es mi anhelo al calzar la mochila y salir al paso de mis compañeros para comenzar la tarea.

Isla de Chíos, a 9 de Mayo de 2016

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