A modo de conclusión

unspecified-7.jpgAl alejarse la experiencia es momento también de esbozar nuestro más ferviente deseo: que toda esta gente tan castigada encuentre futuro más allá del espacio precario y limitado que marca la tienda “Quechua”. Devueltos a la cotidianidad, la isla se aleja y antes de que comience a desaparecer en el horizonte, será preciso extraerle reflexión y enseñanza a la estancia. En medio de este escenario privilegiado hemos visto gobernar a sus anchas a una ley de evolución.

Es precisamente el desarrollo de la conciencia colectiva, la que de alguna forma indica el nivel de evolución en que nos hallamos. Tras la experiencia en la isla de Chíos de diez días como voluntarios, creo humildemente, y consiente de lo polémico de la opinión, que los refugiados son también, en alguna medida, cocreadores de la situación que padecen, son corresponsables. Siempre, siempre “¡Welcomes refugiees!”. Nunca podemos poner en duda nuestro humano deber de acogida, pero al mismo tiempo el refugiado debiera dejar de ser únicamente un sujeto pasivo, receptor de ayuda. Es en la escasez, en la limitación cuando la ley de la evolución se puede observar con claridad. En el entorno de la precariedad, el humano en alguna medida evolucionado, no pensará exclusivamente en él. Tomará conciencia de la necesidad grupal.

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Cartas desde Chíos (y 6). Reflexiones a bordo

kiliy kolokolo.jpgSábado al mediodía, momento de la partida. Un gran estruendo se impone en toda la ciudad. En la bocanada del puerto aparece majestuoso, imponente el Helenic Seeways. El resto de la embarcaciones se achantan a su paso orgulloso. Es el vínculo de la isla con el mundo externo. Tan pronto alcanza el malecón abre su gigantesca panza y traga cuanto lo merodea, pasajeros con grandes maletas, motos, coches, furgonetas, pero también grandes camiones en toda regla que correrán raudos por las carreteras.
Nosotros también vamos con todos ellos. Se acaba nuestra estancia de una larga semana en la isla. Volvemos para casa. Los barcos navegan despacio y nos permiten recapitular lo vivido al ritmo de las olas. Barco, avión y autobús prolongarán el retorno de forma que nos vayamos poco a poco adaptando a la cotidianidad. Sobre todo necesitamos tiempo de agradecer. Volvemos con salud, con paz y habiendo intentando contribuir un poquito a aligerar el dolor de todas estas gentes castigadas por la historia. Volvemos un poco más sabedores de la condición humana, un poco más conscientes del sufrimiento del mundo y de la necesidad de aliviarlo. Volvemos con muchos rostros en nuestro interior. Sobre todo con las imágenes de los voluntarios que prodigaron su alegría, su generosidad en medio de todas esas situaciones difíciles. Los voluntarios de la ONG de Zarautz SMH (Salvamento marítimo humanitario), permanentemente colgados del teléfono y dispuestos siempre a salir al primer aviso. Los compañeros y compañeras de “Drop in the ocean” y el compromiso de sus desayunos diarios para todos los refugiados de buena mañana. Cómo no nombrar el equipo de Toula y sus gente fantástica de CERST (Chíos Eastern Shore Response Team). Cómo olvidar ese derroche de alegría y amor en los círculos infantiles…. Por supuesto mencionar también la más que popular “Bask kitchen” de “Zaporeak” en la que hemos tenido el gusto y honor de trabajar a las mañanas. Labor dura, constante, eficaz y comprometida el de esta ONG donostiarra, de cuyos locales salen diariamente más de 1.300 raciones para saciar el hambre de todas esas gentes refugiadas.

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“Red nose”

Después de la actuación era un motivo para encontrarnos con cada uno de los niños. Era una forma de bendecirles, de conjurar el espíritu de la desdicha, de invocar que nunca jamás las bombas pendieran sobre sus cielos, las guerras amenazaran su futuro. “¡You are a great clown…!”, les coloreábamos de rojo la punta de la nariz y marchaban felices, tocados con el halo de una silenciosa alegría. Era la ocasión de sintonizar con su Real Inocencia, con su Sagrada Presencia sin origen, ni estigma; sin bandera, ni geografía. Era el momento de depositar a la orilla de su amenazado futuro, los más elevados sueños. Era el instante sagrado para contribuir a liberarles del ayer y abrirles la puerta de un mañana diferente. 
“Red nose” sólo era la excusa. Era la forma de encontrarnos de alma a alma, tras el jaleo, los tropezones, las caídas… Era decirles que se merecen un futuro digno, libre de amenazas y huidas. Era el instante para compartirles que habría un hogar de paz para ellos en algún lugar del mundo, para contagiarles la esperanza de que alguna frontera se abriría y ellos pasarían y tendrían su cuarto, su mesa, su pizarra…, su mañana cargado también de oportunidades. Han sido sin duda los instantes más felices, me atrevería a decir sagrados de todo el viaje. En realidad hubiéramos estado todo el tiempo saludando a esos niños tan agradecidos, pintando sus narices rojas, coloreando y alumbrando su futuro.

Érase la bola del mundo…

A punto estuvo de explotar por el peso sumado de los que apenas tienen peso. Agujereada, machacada, decenas de veces parcheada, sucia…, pero feliz. La bola del mundo ha rodado por su mundo y reposa ya agotada, pero contenta en el garaje de casa. Acostumbrada a no salir de Estella y su Paseo de los Llanos (http://www.foroespiritual.org/), esta vez ha cogido aviones, barcos, trenes y taxis. Se ha llegado inflada, orgullosa hasta quienes más han sufrido.

Los niños que han escapado de la guerra le han puesto sus mejores deseos de paz, le han colmado de corazones de todos los colores. Ha sido en los campamentos de refugiados de El Pireo, cerca de Athenas y de Vial, Depeté y Souda en la isla de Chíos. Los niños que huyen del horror le han colmado de deseos de amor. Los pequeños de ahora, no hagan la guerra mañana, no la emprendan por ningún motivo o excusa nunca jamás. Recuerden que la tierra es una, grande y sin fronteras, como aquella de goma que unos locos payasos inflaron ante su ojos sorprendidos. Recuerden siempre que la tierra era una enorme superficie compartida en la que colocar nuestros más elevados deseos, nuestros más coloridos “post-its”.

Cartas desde Chíos (5) Grecia profunda

kili, kili....jpgAyer finalmente por la tarde nos cogimos el cochecito para recorrer la isla. Necesitábamos despejarnos y de paso disfrutar algo de este pequeño mundo rodeado de Egeo, antes de volver a coger el ferry. La absoluta paz estaba cercana, justo al otro lado de las colinas rocosas que presiden el escenario en el que nos desenvolvemos todos los días. Nos hemos dirigido hacia el sur, hacia los pueblos de Mezta, Olimpy y Pegry, a unos 30 kilómetros de la ciudad de Chíos. Allí impera otro ritmo, viven de espaldas a la civilización ajetreada. La vida late silenciosa, discreta, anclada en el pasado. Nada que ver con el tráfico y el ruido de la capital, Chíos.

Allí la historia pareciera detenida en la edad media, cuando debieron fortificar las casas para defenderse de los piratas y asaltadores. El tiempo pareciera parado en esa época de universos muy limitados, cuando la vida se circunscribía a la huerta, el pozo y el cerrado y oscuro hogar bien defendido de un sol tan a menudo inclemente. A pesar de la paz presente, el recuerdo de la guerra se hace patente en las innumerables torres, así como en los pueblos fortificados. La belleza que nos rodea, el amable paisaje de naranja, olivos y limoneros, no logra ocultar que la guerra ha sido hasta el presente la indeseable, la abominable compañera de nuestra historia.

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Cartas desde Chíos 4. Desembarco de nuevos refugiados

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Teóricamente hoy era nuestro día de fiesta. Teníamos una lista de pueblitos pintorescos para recorrer en la única jornada que nos íbamos a tomar libre. A la noche yo había dormido. Mis compañeros habían hecho guardia nocturna para prestar primera asistencia en caso de desembarco de refugiados en balsas. Mi cuerpo y mi catarro reclamaban descanso, además me parecía excesivo sumar otra tarea a la de pinche de cocina con Zaporeak y payaso en horas libres.

De buena mañana ya estaba preparado para nuestro día de ocio. Mis compañeros llegaron sobre las nueve, diciéndome que marchábamos a la reunión diaria de coordinación entre todos los voluntarios. Esta reunión se hace en un gran hangar donde se guarda y clasifica la ropa. Ahí se informa de las novedades y se realiza la repartición de tareas. En el trayecto ni Javi, ni Mariam, ni Noelia mentaban palabra. Estaban impactados, noqueados, intentado digerir, me imagino, todo lo vivido; intentando seguramente responder a imponentes interrogantes. ¿Por qué aún todo esto, por qué estos desembarcos, estas huidas del hogar, por qué esas bombas que les hicieron huir tan lejos…?

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Cartas desde Chíos (3) Ensayando paz en medio del tumulto.(2)

cola.jpgLa repartición de la comida en esa fila es toda una prueba iniciática. Toca enfrentar las más diferentes situaciones. La gran diversidad humana se hace presente en estas largas y tumultuosas colas. Tienes que pasar de la cortesía y la amabilidad a una actitud firme y severa en función de quien se te acerque. Hay muchos refugiados que vienen a repetir mientras que todavía hay quienes no han tomado su primeras ración. Sin embargo esa severidad habrá que desnudarla de toda emocionalidad, sujetarla a férreo control interno. La firmeza no se podrá asociar con enfado, so pena de que se agrave la situación. Hay entre los repartidores quienes lo hacen muy bien, hay quienes son ganados en alguna medida por ese enfado. No es fácil mantener el equilibrio en medio de tanta tensión y griterío. Quien quiera alcanzar la paz interior inamovible que no se retire a una cueva, que no coja pasaje a ningún Himalaya, que se coloque a repartir comida ante todos esos estómagos hambrientos. Si no se altera es que ya ronda el puro Nirvana.

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Cartas desde Chíos 2. A la búsqueda de la paz en medio del caos

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Gracias también a esta roca frente al mar, frente al sol en el que paro cada mañana. Yo no sé que haríamos sin estos momentos que nos inundan de luz, paz y nueva energía. Ayer fue un día duro. Mucha agresividad al final del reparto de la comida, cuando algunos refugiados querían más ración y no teníamos qué darles, cuando repartíamos los globos a la tarde, cuando nos expulsaron de el campo de retención vestidos de payasos en el momento de iniciar las actuación…

Los momentos de tumulto y conflicto son los que ponen a prueba nuestra paz y serenidad. “¡Mikel, Mikel…! ¡Coge el volante y marcha…!”, le decía al compañero de Zaporeak cuando literalmente fuimos asaltados por una masa de refugiados que no se habían quedado saciados y querían más comida. Aquí junto mar calla el griterío, se difuminan los malos momentos, se detienen los empujones y tomamos conciencia de que mañana la vida podrá ser a un ritmo más cadente, más armonioso, sin estridencias, la vida podrá ser gobernada por la conciencia, la sabiduría y la solidaridad.

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Cartas desde Chíos (1) Desembarco en la isla

chíos.jpg¿Qué nos da el mar que a su vera los corazones se abren y las crónicas ruedan solas? ¿Qué nos da el mar que en cualquiera de sus orillas se inaugura nuestro hogar y nos sentimos como en casa? El sol se pone ya detrás de las secas y rocosas montañas. Va callando la ajetreada jornada. A pie de playa, Turquía al fondo, no podemos sino dar las gracias al Cielo. Gracias porque tenemos casa y no debemos hacer cola para comer, porque tenemos salud y muchas ganas de sumar nuestro pequeño esfuerzo al de tantas ONGs aquí instaladas.

Gracias porque estamos de este lado del mostrador, porque nosotros éramos quienes desembarcábamos de repente en el campo, repartíamos la comida y podíamos decir “enjoy the food”, porque no teníamos que esbozar, a veces con la cabeza ergida, a veces con la mirada cabizbaja, el “thank you” al uso… Cae el primero e intenso día en la isla y damos las gracias porque no tuvimos que huir de las bombas, porque no lo hemos perdido todo, porque no teníamos que formar religiosamente cola, hombres a un lado y mujeres y niños a otro, al llegar las furgonetas de ” Zaporeak”. Gracias porque hemos podido picar mucha cebolla, mucha berza hasta completar las 1.300 raciones que cada día reparte la estupenda ONG donostiarra en los campos de Souda y Depete, dentro de la misma ciudad de Chíos.

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