Rendidos a la Creación

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No sólo la bendita leche materna, no sólo ese néctar sin par con más de doscientos azúcares… No sólo el blanco lícor de la suprema e inigualable ternura, en realidad ningún alimento natural se puede sustituir, ni emular y es muy bueno que nos vayamos dando cuenta. Es así como vendrá la rendición, es así como nos alcanzará el agradecimiento desbordado.

Ya hemos jugado a dioses más de la hora. Toca alejarnos de la errada tecla del “copy-paste”. No sólo la leche y los alimentos, en realidad nada que Dios y su infinita cohorte de devas y elementales haya creado, puede ser sustituido y a nosotros nos corresponde contribuir humildemente a ensalzar esa Creación, a cantarla, a protegerla, nunca a dañarla.

Hoy es portada en “El País” que la sabiduría de la Creación es infinita, mañana sea también primera plana que respetaremos por siempre esa Creación, que seremos con Ella, que la cuidaremos y glorificaremos por los siglos y los siglos.

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Un solo aire

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Si ellos están enfermos en sus pulmones, nosotros lo estamos en nuestra humanidad. Duele al alma contemplar esas mascarillas en boca de quienes llevan como identificativo tantas estrellas.¿No será que de lo que más urge protegernos es de nuestros propios miedos?

Son un oprobio para nuestros hermanos refugiados. Esas mascarillas que vemos todos estos días en los escenarios de la crisis debieran estar prohibidas. Ahora las llevan los funcionarios y policías que han ido a la operación de deportación de los refugiados. Esos hermanos que huyen de las bombas no están apestados. Podemos respira su mismo aire, sobre todo podemos solidarizarnos con su misma suerte. Esas mascarillas son ofensa, son distancia, son abismo… Representan precisamente todo lo que deseamos superar.

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A la búsqueda de la nobleza oculta…

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El hogar confortable, libre de metralla y de amenazas, se va desdibujando en sus confundidas mentes. Acomodan a la espalda sus atillos, hacen de nuevo sus pequeñas maletas, rumbo a las costas de origen. A la postre, el viejo continente resultó no ser la tierra de la esperanza que ellos tanto soñaron. Cierto, mañana es un día triste en nuestra historia europea. El 4 de abril quedará marcado, no tanto para la vergüenza, pero sí, cuanto menos para nuestra necesaria reflexión. Con peligro de sus vidas alcanzaron nuestro suelo europeo y ahora les obligamos a tomar camino de retorno.

No tanto descargo de furia para con nuestros gobernantes, sino más interrogatorio en nuestro interior sobre lo que hemos hecho de forma real y eficaz por la causa de los refugiados. No es la hora del fácil improperio para con los de arriba, sino de arremangarse la camisa y hacer efectivo un socorro pendiente. Hemos sido alambrada y no brazos abiertos, pero no sólo ellos, los gobiernos, los perennes “malvados” de todas nuestras películas, sino cada uno de nosotros. A estas alturas ha de comenzar a ceder el juego de echar tantos y tantos balones fuera. Aquella historia de los gobiernos que concentran la entera responsabilidad, no se termina de ajustar a nuestro presente de mayor democracia fuera y de más conciencia dentro.

De milagros…

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El mismo milagro repetido en todo los bosques hasta la saciedad. Nacedero del Urederra en esta última Semana Santa. Millones y millones de brotes de despertando, pulsando en las ramas, todos al mismo ritmo, todos dentro de una sinfonía que se extiende por toda la primavera…

¿Quién sintonizó y coordinó tamaño alarde? ¿Quién emitió el sonido y dio la orden? ¿Quién les llevó la savia y el aliento para que se abrieran al unísono…? Más allá de ese bosque, hay otros bosques, otros escenarios de la misma y sintonizada maravilla.

Yo tampoco creía en Dios, hasta que amanecí en el hayedo, hasta que me empujaron al medio de la primavera y me zambullí en ese océano verde y me puse a abrir, a despertar, a intentar ser también un brote más y sumar al pulsar de la Creación, al empuje de la Vida.

* Esta imagen no es mía, la he obtenido de un “pps” sobre el río Urederra (Tierra Estella-Navarra) cuya autoría desconozco.

A la búsqueda de la nobleza oculta…

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El hogar confortable, libre de metralla y de amenazas, se va desdibujando en sus confundidas mentes. Acomodan a la espalda sus atillos, hacen de nuevo sus pequeñas maletas, rumbo a las costas de origen. A la postre, el viejo continente resultó no ser la tierra de la esperanza que ellos tanto soñaron. Cierto, mañana es un día triste en nuestra historia europea. El 4 de abril quedará marcado, no tanto para la vergüenza, pero sí, cuanto menos para nuestra necesaria reflexión. Con peligro de sus vidas alcanzaron nuestro suelo europeo y ahora les obligamos a tomar camino de retorno.
 
No tanto descargo de furia para con nuestros gobernantes, sino más interrogatorio en nuestro interior sobre lo que hemos hecho de forma real y eficaz por la causa de los refugiados. No es la hora del fácil improperio para con los de arriba, sino de arremangarse la camisa y hacer efectivo un socorro pendiente. Hemos sido alambrada y no brazos abiertos, pero no sólo ellos, los gobiernos, los perennes “malvados” de todas nuestras películas, sino cada uno de nosotros. A estas alturas ha de comenzar a ceder el juego de echar tantos y tantos balones fuera. Aquella historia de los gobiernos que concentran la entera responsabilidad, no se termina de ajustar a nuestro presente de mayor democracia fuera y de más conciencia dentro.
 
“¡Stop a las deportaciones!” por supuesto, pero la Unión Europea debería dejar de ser objeto de todos nuestros dardos. Esa Unión es la suma de todos nosotros, con nuestras noblezas, también con nuestras evidentes carencia y limitaciones. Esas, nuestras carencias, son las que han firmado ese denostado acuerdo. De nada nos servirá contemplar mañana lunes con rencor las deportaciones masivas a Turquía de los refugiados retenidos hasta ahora en las islas griegas del Egeo. Mañana mismo podemos comenzara a borrar ese luctuoso 4 de Abril de nuestra historia, rescatando esa nobleza oculta, creando más espacios de acogida, abriendo nuevos canales de ayuda, contribuyendo a aumentar el flujo solidario… Podamos afirmar en el futuro que hoy, en medio de ese ajetreado Mediterráneo, cumplimos con nuestra parte.
 
* Imagen de El País

Nos queda rezar

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Sólo nos queda rezar, pues la comprensión no alcanza. Rezar para que la brutalidad salga del corazón de los violentos. Rezar para que sanen las heridas de los cuerpos, pero sobre todo de las almas. Rezar para que el vuelo de quienes dejaron sus cuerpos entre el hierro y la metralla, sea alto. Rezar para que todo este dolor traiga su debida recompensa de luz y amor. Rezar para que los trenes rueden sin contratiempo, para que los aviones se eleven sin problemas. Rezar para que las civilizaciones y los credos por fin se abracen…
 
Sólo nos queda rezar, pues es difícil comprender cómo, cuándo se ha apilado tanto odio en el corazón de estos hermanos del ISIS; pues no nos cabe en la cabeza cómo un humano pone el despertador tan de mañana para matar a tantos otros hermanos, para inundar de tanto miedo y terror el corazón de nuestra Europa querida. Rezar para que el perdón nos inunde, para que el odio jamás a haga nido en nuestros adentros.

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