“Hoy he visto a Dios, bueno, yo creo que era Él.
Estaba solo/a, allí arriba, tumbado al sol, vestido de hayedo blanco.
No acerté a orar sin labios.
Aún no sé cómo osé, cómo Le impotuné,
no supe cómo callar el ruido de mis pisadas,
no logré silenciar mi encendido canto de alabanza.
Ni méritos en el corazón, ni pasaporte en el bolsillo,
sin embargo nadie me detuvo en el vestíbulo de los Cielos…”

 

 

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Estamos volviendo…

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Nuestra limitada conciencia no daba para más. Aún estábamos a merced del péndulo y su ley para inconscientes. Él nos sacó del debido centro, nos empujó a los cándidos brazos de la revancha. Simplemente no lo supimos hacer de otra manera. Habían gobernado siempre los ricos, los poderosos. Fue hace ochenta años cuando llegamos al poder, cuando empezó a salir el humo de las sacristías, cuando nos tomamos demasiada justicia por nuestra mano.
Fue hoy, 16 de Febrero, justo hace ochenta años cuando los desheredados alcanzaron las alfombras, cuando salimos ufanos a las calles blandiendo las banderas, unas negras, otras rojas, del victorioso Frente Popular. Aún no podíamos ir mucho más allá de lo que dictaba una infantil emocionalidad cargada ideales, lastrada de rencor. La historia es una ciencia sagrada sobre la que nos habremos también de volcar. Conviene hacerlo al cumplirse los ocho decenios. Difícilmente podemos construir un mundo nuevo, si no aprendemos de nuestros errores. Apenas duró cuatro meses la utopía, apenas alcanzó el verano aquella primavera del 36.
Estamos volviendo. Somos herederos de los vencidos, de los custodios de los sueños. Somos memoria de los que nacieron temprano, de los que todo lo dieron por las nobles aspiraciones de entonces. Adoquín tras adoquín estamos deshaciendo las barricadas, aventando las barreras. Somos los que blandimos la banderas rojas y negras por las calles de Madrid, por todas la calles de España, los que venimos a enterrarlas. Somos los que ya no tienen enemigos, los que estamos ahogando las revanchas, los que reúnen las voluntades, los corazones diversos para construir por fin una Tierra en la que hay sitio para todos/as. Somos los que salen al paso de los colores diversos, de las clases y condiciones diferentes para dar por fin vida a un mundo nuevo y fraterno.

“Sonreíd que vamos a vencer”

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La sentencia esperanzada siempre nos devolvía a una segunda juventud. Cada vez que leía la frase algo en mi interior se despertaba. Bien es verdad que la, tan recurrida como desfasada batalla, ahora se reciclaba. La figura del enemigo comenzaba felizmente a desdibujarse y la mira artillera a tornarse más y más hacia uno mismo.

Necesitamos victorias amables, sin restos de plomo. Despierte la sonrisa con otra suerte de victoria más permanente. Vamos creciendo y la auténtica batalla se va convirtiendo en más íntima. La verdadera batalla toma su centro, el verdadero desafío de hacer aflorar en nuestro interior más compasión y comprensión, hasta que llegue el momento de que no quede ya ningún enemigo fuera. Ya no vencemos sobre nadie, cada vez más la victoria es un retirar adversarios de nuestro campo de batalla, en todos los órdenes, en todos los ámbitos. ¿Y si la victoria en realidad fuera un expirar de la ira, un agotamiento del rencor, una la desaparición de todo contrincante? ¿Y si el vencer fuera sobre nosotros mismos y nuestra dificultad de abrazar al otro que nos ha herido, que nos agredido? Siempre he pensado que ésa es la victoria más difícil, por ello me consta que es la verdadera. Ahítos de la batalla ahí fuera, comenzamos a comprender que la verdadera batalla era la de intentar amar cada vez más impersonal, más universalmente. Aspiramos por lo tanto a no ser beligerantes contra nadie. Esa creciente merma de adversarios no implica sin embargo merma en la firmeza en la defensa de principios y valores.

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Por una cultura del acuerdo

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Como es arriba es abajo. La ciudadanía tenemos la clase política que nos merecemos. El espíritu del individualismo y el partidismo sigue aún ganando la partida al espíritu del compartir y de la cooperación. El pasado no acaba de ceder y el futuro aún no termina de nacer. Deseamos sepultar el bipartidismo, pero nos falta aún tradición de pacto. Adolecemos de cultura de diálogo y encuentro, por eso tenemos aún, a estas alturas, un gobierno en funciones. Nadie se quiere entender con nadie, nadie quiere ceder. Nuestro ahora de ingobernabilidad es el reflejo de nuestra dificultad de acordar. La historia nos empuja hasta este aparente callejón sin salida, hasta este panorama de falta de flexibilidad y generosidad. La historia nos lleva hasta este presente en el que, no sólo las dos, sino todas las Españas están obligadas a entenderse.
¿Cuántas veces el otro, el diferente incluso el adversario acercan su parte de verdad, de luz, incluso de complemento, de lo que precisamente nos faltaba? La realidad clama entendimiento. El mapa político heterogéneo demanda puentes y sin embargo llevamos más de dos meses desayunándonos con titulares de mutuas e incesantes descalificaciones. Cede el pasado de mayorías absolutas y sin embargo se urden todo tipo de maniobras para alcanzar el máximo poder sin pacto alguno y por lo tanto sin la representatividad suficiente. Las líneas rojas prevalecen sobre las voluntades de necesarios acuerdos. Sí, hay líneas rojas, pero las menos, sólo las que afectan a la salud de la propia democracia: la corrupción y la merma de libertades. Por un lado, el afán de lucro, ya personal, ya partidista, no puede tener cabida en la política. En ese sentido, no pone fácil el acuerdo la formación gobernante, que tanta corrupción, a lo largo de tantos años, ha permitido entre sus dirigentes. Por otro lado a una democracia que se quiere madura, ningún partido le debiera poner ni peros, ni condicionantes. La aceptación de un referéndum, lejos de ser problema, debiera de ser exponente de salud democrática.

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Cabalgando desapegos

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“No podemos detener la hora, menos aún a nuestro diminuto antojo. No podemos detener el tiempo y con él, el paso de las almas que nos acompañaron. Lo nuestro es soltar, abrazar y despedir, un continuo agitar de pañuelo. Sólo nos resta colorear ese trozo de algodón más o menos deshilachado, asumir serenamente ese ir y venir ininterrumpido. Nuevos escenarios de más luz y mutua comprensión se preparan, nuevos espacios en los que quizás podamos invertir un poco más de compasión y ternura.
 
No somos de ningún lugar, de ninguna familia, de ningún pueblo y a la vez de todos los lugares, familias y pueblos… Quizás otra montaña gobierne majestuosa el valle de nuestras futuras correrías; otro río quiera deslizarse y cantar a la vera de nuestra nueva casa de materiales más nobles, otro perro amigo aullar en las noches de una misma y entera luna.
Quizás otros árboles, otras huertas sin tanta química nutriendo nuestra mesa. En el kiosko de a saber qué esquina, venderán periódicos con menos ruido en titulares. Deberemos aprender el nombre de nuevas calles y plazas. Es posible que saludemos a los viandantes de otra forma, en otro idioma… De seguro otra época, otra geografía, pero será un mismo y radiante Sol, un mismo y glorioso Regente y cortejo de Grandes Almas anhelando que cobremos mayoría de edad, que cabalguemos los tiempos y sus desapegos, que amemos más generosamente, más sin atrapar y dejando pasar.

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“Renacidos”

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Sólo fotografía y paisajes sobrecogedores, nada más. Sólo una nueva historia de rencor y lucha a muerte, la historia millones de veces contada y filmada de un odio antiguo entre humanos. No nos termina de ganar esa ecología de Leonardo di Caprio, que deja tantos residuos contaminantes en la esfera emocional humana. No nos termina de convencer ese universo blanco teñido de tanta sangre. ¿Para qué queremos esos inmensos paisajes vírgenes, si después de todos esos kilómetros arrastrándonos por la nieve, no damos con un fuego de fraterna acogida?
 
La venganza culminada nunca será un buen final de ninguna película, ni su relato nos dejará satisfechos al encenderse las luces. “Renacemos”, no cuando sobrevivimos a las cataratas heladas, vencemos al oso feroz y nos escapamos de los indios salvajes, sino cuando ganamos la partida a ese odio bruto y ancestral que aún nos habita.
 
* Fotograma de la película “Renacido” (“The revenant”), estrenada el pasado fin de semana en España

Nueva máquina

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El bueno de Javi León acabó por convencerme. Acaricio bajo mis dedos una nueva y potente máquina. La sorpresa maravillada ante el prodigio no nos eximirá de la pregunta ineludible. ¿Estamos en condiciones de permitirnos estas máquinas, cuando tanta gente no tiene qué llevarse a la boca?
 
Estas máquinas constituyen nuestra heredad, nuestro futuro, ¿pero podemos hacerlo ya presente? He buscado la perdida justificación para poner rumbo a los grandes almacenes. Sensación agridulce con el paquete bajo el brazo de vuelta al aparcamiento. Trato de buscar los mil y un razonamientos para romper el celofán prohibido, para abrir la caja que guarda la joya. No sé si he acabado de convencerme. ¿No sé si dar gracias al Cielo por poder trabajar con ese ordenador extraordinario, o pedir disculpas al hermano por el dispendio?

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Carta abierta al señor José Luis Barbería, periodista de “El País”.

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Estimado Sr. Barbería: No podemos modelar el mundo a nuestro interés. Un buen profesional nunca debería dibujar la realidad a su antojo. Un periodista exigente se debe a la verdad en toda su extensión, no sólo a la que le conviene. La diferencia está una vez más en el foco. Vd. sabe bien de lo que está emergiendo en el País Vasco, sin embargo escribe de lo que está cediendo. Sus artículos y reportajes hurgan la herida que está ya cicatrizando. Pretenden prolongar el ayer. Sirven a ese trozo de humanidad que quiere permanecer rota, no a la que se está componiendo y armonizando.
Vd. no es ningún extraterrestre, más al contrario Vd. es un profundo conocedor de la realidad vasca, por ello Sr. Barbería tiene una gran responsabilidad al proyectar en toda España una imagen de este país que no se termina de ajustar a la realidad. Vd. revela otro panorama residual, mayor y felizmente difuminado. Sabe que lo escribe no se termina de ajustar a la entera verdad y sin embargo lo sigue escribiendo.

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Titiriteros

Por supuesto los titiriteros fuera, en la calle, como no podía se de otra forma, pero con la misma fuerza que pedimos que no se vuelva a detener a artistas en el ejercicio de su profesión, pedimos que los titiriteros respeten el espacio más sagrado, más impoluto, que es el de la inocencia de los niños. La violencia omnipresente, el mal gusto, la música estridente, el ataque visceral…, debieran mantenerse siempre fuera de la órbita de los criaturas.
 
Tiempos difíciles, confusos estos en los que, en nombre del progreso, se mancilla lo mas puro, lo más noble que es el mundo fantasioso de los más pequeños. No es el ¡Gora Alka-Eta! en particular, es la absoluta confusión de valores que se acerca a quienes constituyen la esperanza de esta humanidad, las más jóvenes generaciones.
 

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Defender la esperanza

No es sólo lo que individualmente queremos, es lo que colectivamente estamos en condiciones de alcanzar. No sólo es nuestro anhelo, es el que está dispuesto a sostener el conjunto de la población. No es nuestra arcadia, es la que puede soñar y contornear un pueblo al caer la noche, al expirar un ciclo. Cuando los “amigos del rifle” aceleran su paso; cuando el racismo, la xenofobia y el más barato populismo se colocan a las puertas del poder de la nación más poderosa de la tierra, deberá surgir cuánto menos alguna reflexión.
 No nos arrepentimos de ninguna de la múltiples ocasiones en que, a lo largo de los últimos ocho años, salimos al paso en defensa de Barack Obama. Aún con todas las carencias y errores, ha sido tractor de progreso y evolución. Siempre desaconsejamos arremeter contra esa esperanza, tibia, moderada, pero esperanza, al fin y al cabo que el primer presidente de color de los EEUU ha representado y aún representa.

Nunca llegue Donald Trump a la Casa Blanca, nunca alcance el gobierno de la nación pionera en libertades y derechos humanos, pero si remotamente llegara a poner allí un pie, recordemos que a la esperanza, albergue en su seno más o menos fuego, nunca se le dispara; a la esperanza, siempre se le defiende, siempre se la apoya…

“La casa está preparada…”

 

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Vamos de casa en casa, de cuerpo en cuerpo, en el anhelo de purificación en su interior del inquilino que somos. La madre nos presta el espacio sagrado para hacer la casa y los minúsculo elementales son los obreros gentiles, generosos, incondicionales que construyen la nueva morada. Los ángeles de las formas son los diseñadores y arquitectos. Utilizan los mejores materiales, sobre todo los que nos corresponden por nuestro nivel evolutivo. Los “ladrillos” que conformarán nuestra morada física, etérica, astral y mental, no serán otros que los que los que nosotros mismos hemos amasado con el barro de nuestras acciones, sentimientos y pensamientos en la anterior encarnación.

La casa está preparada y nosotros la habitamos. Unos autores dicen que al tercer mes de la concepción, otros que al cuarto, de cualquiera de las formas parece ser que ese momento no es el mismo en todos. El apego a la tierra sería un motivo de más pronto “adueñamiento” del útero. El alma hasta entonces merodeaba, monitoreaba, pero llega un momento en que coge sus escasísimos trastos, sus diminutas memorias de todas las vidas y se traslada. Vamos de vida en vida bien ligeros de equipaje, en realidad es un fardo minúsculo. Nos referimos a ese liviano peso de los átomos simientes o permanentes, que se encargan de recoger todo lo que hemos sido. Somos memoria, en realidad es lo único que nos llevamos, recuerdo de lo que hemos vivido, recuerdo de la conciencia que hemos alcanzado.

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La concepción, misterio entre los misterios

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La mañana aún está húmeda. Cada brizna de hierba atesora su gota de plata que ofrece orgullosa a la creación. El sol ya gobierna, pero aún no las ha arrebatado. Aprovechando la mínima tregua del invierno, tecleo en un jardín rodeado de verde vida. En realidad todo teclea a mi alrededor, todo teclea y yo sólo callo y dejo que la vida se escriba y me dejó acariciar por el sol y cantar por los pájaros que valientes no marcharon.

Investigamos los misterios de la vida, no porque queremos enseñorear nuestra mente, más al contrario porque deseamos vernos cada vez más envueltos en la luz y el amor que todo lo desborda. Explorar y sacar a la luz es también una forma de orar, de rendirnos al fin y al cabo cada día un poco más. No sé si investigamos, no sé si hacemos poesía…, ya no distingo y empiezo a creer que todo es un mismo afán, un mismo y gozoso anhelo.

De las aguas surgirá la vida, fuerte, sólida robusta y nosotros seguiremos mirando para otro lado como si ese maravilloso proceso que hemos sido y somos, no fuera con nosotros, como si se tratara de una narración extraña. El misterio de la concepción no tiene quien lo reverencie, pero su estudio puede servir para acabar de rendirnos. Intentamos descifrar algo del misterio sublime de la concepción a la luz de toda la información que nos está llegando, porque en realidad necesitamos clavar más hondo nuestras rodillas, necesitamos en algún lugar, en algún lejano rincón aparcar para siempre nuestro orgullo y ofrecernos en cuerpo y alma, ofrecer nuestras manos, nuestros corazones para el progreso de la vida y su Plan divino y maravilloso en todos los planos.

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Inevitable disyuntiva

 

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He reflexionado estos días sobre las críticas que he recibido por el artículo “Un nuevo gobierno” en este mismo muro. Algunas venían de buenos amigos. He hecho silencio dentro para tratar de ver la razón que asiste a esas críticas. Las encajo de muy buen grado, pero en verdad que no veo alternativa satisfactoria a ese gobierno de progreso que defendía. El menú no es a elegir, es sólo entre lo que está ya cocinado La disyuntiva no nos termina de convencer, pero no hay otra. Estamos donde estamos. La alternativa a un gobierno con Podemos es un gobierno con el Partido Popular, es decir con quienes utilizan a su antojo los medios de comunicación públicos, con quienes hacen un uso servil del poder judicial, con quienes mantienen injustamente a Otegi entre rejas, con quienes utilizan la política penitenciaria para su revancha, con quienes no tienen ninguna intención de dar a Cataluña un nuevo encaje en el Estado…, todo ello olvidando los sobres en el despacho de Luis, todo ello sin mentar la terrible corrupción en la se ha visto envuelto el partido de las gaviotas.

No nos colma Podemos. Fundamentalmente nos encantaría ver a la formación emergente aliviada del rencor que alberga. Llegan los momentos de los necesarios cambios y es cierto que se acumula una gran carga de emocionalidad negativa. Es cierto que la fuerzas de progreso llevan su lastre en forma de encono. Es cierto que en el ámbito de Podemos y su órbita es preciso superar un espíritu de confrontación en exceso arraigado, pero también no es menos cierto que mora en ellos un deseo verdadero de regeneración política y transformación social. Es fácil criticar a Podemos, pero ¿con quién nos quedamos entonces?

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