Anhelo de lo sublime

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Dice el Maestro Omraam Mikhaël Aïvanhov: “La belleza es como un rayo de luz que sólo aparece con todo su esplendor cuando atraviesa un medio perfectamente transparente. En un medio opaco el rayo se desvía y se deforma. Por esa razón el artista habrá de realizar un trabajo sobre sí mismo antes de crear, transformándose en una materia tan transparente y vibrante que pueda ser atravesada por la belleza divina.”

El artista tendría así por cometido  buscar las formas que más se semejen a la belleza ideal y de esa forma contribuir a elevar a la humanidad. Al contemplar las obras maestras de un artista inspirado podemos vivir y sentir lo que ese creador ha vivido. Nos introduce en las regiones que él ha contemplado. Sólo el arte iluminado puede conmover a los humanos, despertarlos a  la nueva vida, catapultarlos a un nivel superior de conciencia.

¿Dónde saciaremos nuestra sed de belleza en un mundo en el que las más valoradas salas  de arte se ofrecen a aquello que nos invita a echar los párpados sobre nuestras pupilas? ¿Dónde colmaremos nuestro anhelo de lo excelso y lo sublime, si de las paredes donde íbamos a buscarlo, hemos de salir huyendo? El artista que quiere regalar algo al mundo, previamente ha de elevarse, escalar su propia cima. En palabras del mencionado pedagogo y espiritualista “ha se superarse, sobrepasarse así mismo alcanzando su mayor altura”. No puede hundirse en su propio fango e ir después al encuentro del mundo. Si alguien nos muestra una obra monstruosa es sencillamente que alberga algo de ese “monstruo” en su interior.

Recientemente en el Museo Bolzano de Milán una señora limpiadora tiraba a la basura “una obra de arte vanguardista” . La obra de arte se titulaba “¿Dónde vamos a bailar esta noche?” y consistía  en una colección de botellas vacías de champán arrojadas por el suelo. A la limpiadora se le achaca un error que en realidad no  cometió. Ella se guió por un sentido común y no degenerado. Sencillamente lo que  es  basura, lo que ni de lejos alcanza la categoría de arte,  ha de ir con la basura.

Mucha más polémica ha traído en nuestro entorno la exposición inaugurada en una sala del Ayuntamiento de Pamplona. El “artista” Abel Azkona expone un compendio de cuestionables fotografías y “vinilos de palabras”.  Exhibe también una colección de formas consagradas colocadas en el suelo formando la palabra “pederastia”. Querellas, campañas en  Change.org, misas y rosarios de “desagravio” han sido algunas de las respuestas de la comunidad católica ante el “blasfemo profanador”.

El incidente debiera servir para la reflexión de un lado y de otro. El escándalo contribuya a la postre  a una reconsideración del arte y de lo sagrado. Lo sagrado se mantiene en realidad oculto tras la forma. Ésta a lo sumo  puede aspirar a ser reflejo, de cualquier forma siempre pálido. Nadie puede ofender a lo sagrado, puesto que no está a su alcance. Si llegamos a ofendernos es porque nos hemos arrimado a la periferia, porque nos hemos alejado del espíritu sustancial. Si nos identificamos con las formas, nos hacemos vulnerables, pues ellas son también vulnerables, si permanecemos “dentro” estamos blindados a cualquier insulto, a cualquier pretendida “profanación”. No hay nada que reparar, si nada se ha herido, no hay nada por desagraviar, si nada esencial se ha ofendido.

Vamos a por una espiritualidad que no conoce blasfemia, que se sustrae cada vez más de la forma y se repliega más en la esencia. La enorme contestación desatada en Navarra en contra la exposición de Abel Azkona, algo nos sugiere de un exceso de anclaje en la forma, que no en el espíritu. Nadie puede ofendernos si no queremos, nadie puede profanar nada,  pues lo susceptible de profanar nunca estará a su alcance.

Si hay reflexión para quienes pasan las cuentas del rosario ante la “exposición sacrílega”, más la hay para el autor de la fallida obra. Hay una ofensa gratuita de los sentimientos religiosos, hay una rebaja del concepto de arte. La obra de Azkona, por lo menos la que asoma en la Red,  no logrará ofender al espíritu, pero sí a la razón. Las paredes de lo público debieran dar cabida al arte verdadero, a lo bello, a lo que nos eleva e inspira, no a lo soez.  La obra del polémico artista no nos hiere en nuestras convicciones, pero nos desagrada en nuestra sensibilidad y se convierte en triste símbolo de una sociedad desnortada. Hemos llegado a tamaña confusión de  valores, que regalamos muros a algo que repele al buen gusto y que de ninguna de las formas podemos denominar como arte. El local público no acoge ningún arte. El arte es otra cosa, el que debiera servir para ennoblecernos, para elevarnos por supuesto, para fomentar el mutuo enriquecimiento y el encuentro.

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