Incómoda, imprescindible historia

38792017

La verdad siempre acaba llegando a los lomos cansados del tiempo. Conviene hacerle paso, abrazarla cuando llega con toda su desconcertante claridad, jamás escamotearla. Conviene incorporar al acervo colectivo la nueva luz sobre nuestra historia que va aflorando, por más que esa luz a menudo nos resulte incómoda. Sólo afrontando nuestras más duras verdades, sólo tras los imprescindibles ejercicios de catarsis alcanzaremos a conocer un poco más nuestra alma colectiva y nos situaremos en mejores condiciones para enfocar más adecuadamente el futuro.

La información hasta ahora dudosa, sale a la luz con toda nitidez. Las investigaciones del hispanista británico Julius Ruiz sobre algunos de los fusilamientos de presos políticos en el Madrid republicano, son ahora reveladas en el libro “Paracuellos. Una verdad incómoda”. Su larga y concienzuda exploración concluye que entre el 7 de noviembre y el 3 de diciembre de 1936, unos 2.500 presos, sospechosos de ser simpatizantes de los militares rebeldes, fueron asesinados en la mencionada localidad madrileña. Había que defender la República y sus conquistas, aunque ello supusiera la eliminación física de los “quintacolumnistas”, militares rebeldes y demás significativas personas afectas al alzamiento. Había que ganar la guerra, no necesariamente la ética. Había que derrotar al fascismo y esa era la consigna a la que todo se supeditaba.

¿Quien trató por todos los medios de frenar la venganza, quienes supieron escribir los episodios más dignos en esa época tan banderiza? ¿En la hora terrible de la revancha, quién se alza frente a la ciega violencia y la ideología deshumanizadora? En medio de esa orgía de venganza sale también a la luz la nobleza de insignes republicanos, nacionalistas vascos, amen de algún anarquista como el “Angel rojo”, Melchor Rodríguez, que se opusieron tajantemente a esos métodos expeditivos.

Había que ganar la contienda, ¿pero para qué? ¿Qué haríamos con victorias tan devaluadas? ¿Qué habríamos hecho con una República dominada por el extremismo servil a Moscú? Ahora por lo menos podemos añorar a una señora entrañable por nombre República, caída, derribada en mitad de nuestra reciente y convulsa historia, un ideal apenas mancillado. ¿Si la lógica de ganar la guerra por encima de todo principio hubiera preponderado en el lado republicano, si el “No pasarán” hubiera sido realidad, hubiéramos logrado sustraernos al campo de influencia estalinista, nos aguardaba alguna “gloria” más allá de convertirnos en un lejano satélite ruso? ¿De qué sirve ganar la guerra si en el camino perdemos la humanidad? No sirven victorias a consta de sacrificar virtud. La pérdida de la ética imposibilita la evolución humana. ¿Qué eco hubiera tenido en nuestro interior una República mantenida a consta de tantos pechos agujereados? Ahora observamos que seguramente nos jugábamos más que el mero hecho de ganar la guerra. Quizás se trataba de superar el arraigado paradigma de una milenaria confrontación del hombre contra el hombre, bajo las más diversas excusas.

Nos equivocamos, una y mil veces; erramos cuando creímos que lo tremendo también estaba justificado en pos de la sacrosanta revolución. Nos confundimos cuando pensamos que todo se podía sacrificar ante el altar de ideales que a la postre también acabarían caducando. Nos costó comprender que esa engañosa, tan a menudo fatal filosofía del “todo vale” jamás tendrá duradero recorrido. Las revoluciones, por lo menos las de “paseillo” y “evacuación” nocturna, las que fusilan a sus adversarios en una triste y escondida tapia, se van desmoronando una a una, sin dejar ni rastro, mientras que las gentes, los líderes, las comunidades que abrazan virtud, que progresan sin faltar al contrario y sus derechos, van afirmando nuevos, sólidos y más evolucionados sistemas con clara vocación de perpetuarse.

Nunca más un Paracuellos, un brote de terror entre las gentes que apostamos por el “otro mundo posible”. No es tardía una lección que es sabiamente incorporada al bagaje colectivo. Es importante que jamás se vuelvan a sacrificar principios humanizantes en aras de un postrero y seguramente ya marchito ideal. Ese alto ideal se pervierte, si para alcanzarlo se utilizan métodos que no están a su altura. Debíamos volver más a menudo sobre una historia siempre clarificadora. El fin está en el camino. Un objetivo no justifica cualquier medio. El humanismo nunca está condicionado por las circunstancias. Eso lo sabían bien los probos republicanos, los nacionalistas cuando se desató ya en el País Vasco, ya en Madrid, la fiebre de las ejecuciones sumarias. Sí, los otros mataron más. Sí, los otros faltaron al orden legalmente constituido, pero ninguno de estos argumentos puede alcanzar la talla de la justificación.

Las humanidades no debieran nunca abandonar los planes de estudios. Que las jóvenes generaciones puedan conocer la pureza de los altos ideales, puedan acercarse al testimonio de quienes trataron de sostenerlos, aún en contra del clima odio y rencor predominantes. Acerquémosles esos imprescindibles referentes. Puedan conocer cuáles fueron las luminarias de la historia, los hombres y mujeres que en los tiempos de plomo y sangre se resistieron a la fácil tentación de la venganza. Puedan saber que el valor de humanidad nunca está condicionado, nunca es servil de ningún último objetivo; saber de las ejecuciones sumarias, de las “sacas” nocturnas, sobre todo de quienes se opusieron frontalmente a ellas, para que jamás bajo ningún concepto, ni excusa vuelvan a repetirse.

El mayor reto de la historia es salir de la propia historia, dejar atrás un pasado significado por el odio, la confrontación y la violencia. El mayor reto de la historia es inaugurar una nueva historia en que los humanos dejemos de pelearnos y matarnos entre nosotros y comencemos a vivir como lo que en realidad somos, hermanos en origen, presente y destino.

  • En la imagen, cartel de la Película de Ken Loach “Tierra y libertad”
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