Incómoda, imprescindible historia

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La verdad siempre acaba llegando a los lomos cansados del tiempo. Conviene hacerle paso, abrazarla cuando llega con toda su desconcertante claridad, jamás escamotearla. Conviene incorporar al acervo colectivo la nueva luz sobre nuestra historia que va aflorando, por más que esa luz a menudo nos resulte incómoda. Sólo afrontando nuestras más duras verdades, sólo tras los imprescindibles ejercicios de catarsis alcanzaremos a conocer un poco más nuestra alma colectiva y nos situaremos en mejores condiciones para enfocar más adecuadamente el futuro.

La información hasta ahora dudosa, sale a la luz con toda nitidez. Las investigaciones del hispanista británico Julius Ruiz sobre algunos de los fusilamientos de presos políticos en el Madrid republicano, son ahora reveladas en el libro “Paracuellos. Una verdad incómoda”. Su larga y concienzuda exploración concluye que entre el 7 de noviembre y el 3 de diciembre de 1936, unos 2.500 presos, sospechosos de ser simpatizantes de los militares rebeldes, fueron asesinados en la mencionada localidad madrileña. Había que defender la República y sus conquistas, aunque ello supusiera la eliminación física de los “quintacolumnistas”, militares rebeldes y demás significativas personas afectas al alzamiento. Había que ganar la guerra, no necesariamente la ética. Había que derrotar al fascismo y esa era la consigna a la que todo se supeditaba. Sigue leyendo

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Compartir privilegio

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Cuando era mozo viajé en dos ocasiones haciendo auto-stop hasta el paraíso suizo. Después de atravesar la ancha Francia, de sufrir las inclemencias del ruido y el humo al borde de carreteras y autopistas, después de echar el saco de dormir una y otra vez no lejos de la cuneta, era un goce llegar a aquella geografía de cuento. Guardo muy buen recuerdo de ambas aventuras, la primera para visitar a unas amigas que vendimiaban, la segunda para un encuentro internacional de Yoga en la pequeña localidad alpina de Signal. Nunca había conocido nada igual. No sospechaba que, a pie de soberbia montaña, naturaleza y civilización unidas escondieran tanta maravilla. Aquellos entrañables pueblos de altura, limpios y bellos con cuidados jardines por todas partes, aquellas grandes balconadas desbordadas de flores, se quedaron grabados para siempre en mi joven retina.

Desde entonces, en mi interior, Suiza siempre significó cercanía de paraíso, el lugar más grato para vivir en la tierra. Su añadida y particular significación como enclave de paz, encuentro y negociación lo corroboraba. Suiza es hoy sin embargo un privilegio cada vez más acorazado. Las últimas y recientes elecciones así lo han demostrado. La mayoritaria opción conservadora significa que los suizos desean cerrar aún un poco más la puerta a esas flores, a esos jardines, a ese paraíso. La victoria de la derecha populista y antiinmigración representa otra vuelta de llave al cerrojo nacional. Pero este artículo no versa sobre política, sobre sus marcas y colores, sino sobre la anchura de nuestros corazones, sobre la necesidad de que bombeen generosos en medio de estos tiempos convulsos de graduación y prueba. Compartir o acorazar paraíso, he ahí el dilema con el que se encuentran en realidad no sólo los suizos, sino todos los ciudadanos de prósperas geografías. Levantar murallas al privilegio o permitir un flujo regulado, ordenado de inmigrantes. Las carreteras de los Balcanes colmadas de refugiados han decantado a muchos europeos por el blindaje de las fronteras.

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No apuñales, no dispares a tu hermano.

No apuñales, no dispares a tu hermano. Brotará tu misma sangre, callará un mismo corazón. No apuñales, no dispares a tu hermano. En otro barrio, bajo otro limonero, en el mismo atardecer él también ríe, canta, atesora sueños… No apuñales, no dispares a tu hermano. En otro idioma, con otro susurro, él también ama. Él también esconde a su amada en la gastada cartera. No apuñales, no dispares a tu hermano. Con las mismas alas del alma, él volará a tu mismo destino. No apuñales, no dispares a tu hermano. A los dos aguarda la misma cita en la misma, ancha y eterna Jerusalem. No apuñales, no dispares a tu hermano. Él se postra también ante el mismo Dios de infinita Paz, Amor y Fraternidad.

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Loa a la guadaña

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La disyuntiva estaba entre el filo o el motor. Es el filo el que me coloca en mi lugar, alerta, atinando la puntería. Es la guadaña la que me mantiene ágil, la que me obliga a estar centrado, despierto. Ante la máquina no hay sana tensión, sólo ruido. El motor cortacésped me resta esfuerzo, pero no me exige nada, no me mide, además arroja humo y contaminación. En el mismo gran almacén tenía las dos opciones. En realidad siempre quise tener una guadaña y un campo ancho para segar su hierba. Cuando era aún un adolescente, pasé varios veranos en un caserío remoto en Errezil, la Gipuzkoa profunda. Fui a aprender euskera. “Nausi”, el padre de la familia nunca me dejó la guadaña. Siempre anduve con rastrillo o con el cepillo de limpiar las vacas. Era un precaución comprensible, pero yo me moría de ganas de cortar la hierba con su guadaña.

Me alegro de haberme decantado por el filo. Seguramente fue que en ese momento me vino Ghandi a la cabeza. Seguramente me acordé cuando el santo apóstol de la no violencia nos invitaba a trabajar con nuestras manos, a tejer nuestros vestidos, a cultivar nuestro alimento. Creo que sería un desastre con el telar, enredaría todos los hilos, sin embargo me encanta avanzar por el pasillo verde de la hierba cortada. Llevé la guadaña a la caja de pago y no el cortacésped.

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