No doblan las campanas

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El día pasado las encuestas del CIS daban una mayoría en Catalunya a la opción soberanista. No me inflaman las banderas, no me motivan nuevas fronteras, no me tienta la opción independentista…, pero me preocupa este país de sobradas distancias e intencionadas sordinas, una clase política que no se interroga por qué hemos llegado a estos extremos, que no muestra ningún interés en explorar la esfera de las causas, en analizar por qué tan importante porción de la población catalana se quiere marchar de España. Me preocupa que no hagan ningún esfuerzo de comprender al otro y sólo se piense en que le han comido el coco, como si TVE fuera de un angelical andrógino.

No podemos alentar separatismos de ningún signo, pero tampoco cargar un día sí y al otro también contra los dirigentes nacionalistas. Es imperativo preguntarnos qué es lo que conduce a más de la mitad de una comunidad a adoptar esa drástica decisión de nuevo Estado separado. Me preocupa la nula voluntad de acondicionar la casa mayor para que uno de los hijos se sienta a gusto y no parta. Me preocupa que recientemente el ministro Margallo hable de cambiar una coma a la Constitución y toda la caverna inmovilista se le eche encima. Me preocupa la sacralización de unas leyes que tienen ya treinta y siete años y que urge actualizar. Me preocupan los tanques que puedan calentar motores, la falta de sensibilidad, el desafecto, el alejamiento, la muralla, la frontera, la sordera…, principalmente de quienes sólo respondieron con un “no” cada vez que diplomática y constitucionalmente se llamaba a la puerta y ahora ponen el grito en el cielo, porque el agraviado decide buscarse la vida.

Me preocupa el hermano que toma posición y también dispara y en vez de disparar no se interroga por qué se parapetó en una de las barricadas. Me preocupa que se clame “Junts es meillor”, pero no se dé siquiera al otro opción a decidir si quiere ir contigo. Me preocupa la libertad de dosis homeopáticas, condicionada, mermada… Me preocupa el terror a la democracia y los referéndums, que se hable de lealtades, cuando la primera lealtad ha de ser a la ley suprema de soberanía de cada persona o colectivo para decidir su futuro.

Los caminos de Dios son inescrutables. España quizás se tenía que quebrar para volverse a amalgamar como es debido, es decir no desde la imposición, sino desde la incuestionable voluntad de las partes. Hay que evitar el componente de tragedia en un proceso que ya pareciera inevitable. No soy independentista, quiero a Catalunya vinculada a España y a sus pueblos, pero mucho me temo que la España centralista, conservadora y altanera ha de aprender, con sus inevitables dosis de trauma, el grave error de no conceder la plena libertad a sus hijos ya maduros. Que el pesar de la separación que se avecina, traiga su debida recompensa en forma de mayor generosidad, lucidez, conciencia y a la postre de sincera, deseada y ya por fin firme unión.

No doblan las campanas ante la cercana declaración de la independencia, doblarán cuando los humanos hayamos abrazado el alto ideal de fraternidad, cuando hayamos establecido y consolidado a nivel político las estructuras confederadas del futuro, fiel reflejo y plasmación en la materia de elevados postulados solidarios; mientras tanto aguardaremos a que bajen las espadas, a qué la tensión generada nos conduzca, más pronto que tarde, a la debida actitud de intentar comprender al otro y las razones de su mochila al hombro.

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