La nobleza de la renuncia. A propósito del celibato

buda

Pueden sobrar los hábitos y sotanas, pero nunca estarán demás las auténticas, las sinceras renuncias. El celibato no ha perdido razón de ser, pero está llamado actualizarse. El celibato 2.0 está llamado seguramente a un desapego de marcas y doctrinas, a ser vivido en la plena libertad que ha de caracterizar nuestros días. El obispo emérito de San Sebastián y Bilbao, Juan María Uriarte, acaba de publicar una nueva obra por nombre “El Celibato” en la que apuesta por “la nobleza” de ese estado. El autor explica en profundidad su propuesta de “una pedagogía necesaria para garantizar un celibato “sano y logrado”. Saludamos el coraje del siempre bien recordado obispo al reflexionar sobre este tema controvertido. Ser célibes por y para una razón superior, la razón de nuestros semejantes, no debiera ser una opción destinada a pasar de moda. Quizás la pedagogía más garantista del celibato sea abrazar humanidad, amar profundamente al prójimo hasta el punto del olvido de uno mismo.

Ahora ya sabemos que inconscientemente íbamos tras esos seres que con todos sus fuegos habían hecho un solo fuego de entrega y servicio. Ahora que se quiere incluir la palabra “renuncia” en el listado de arcaísmos, siempre admiraremos a esos hombre y mujeres capaces de tamañas renuncias en aras de los demás. Reconozco que a menudo nos alimentamos de esos recuerdos, de cuando tuvimos en suerte estar junto a esos seres extraordinarios. Los viajes por unos y otros continentes explorando proyectos solidarios, tenían en realidad una principal y oculta motivación: encontrar a esa rara clase de servidores que se entregan por entero. Cuántas veces no nos ha reconfortado sólo el recuerdo de esas personas que viven por y para el prójimo en un diario olvido de sí. En India, Nepal, Etiopía, Marruecos, Colombia, República Dominicana… hemos tenido en privilegio tratar con esa categoría de humanos excepcionales, las más de las veces con crucifijo en el pecho. Íbamos detrás de ese brillo en las sonrisas que denotaban a las claras una suerte de interna victoria, de considerable dominio de su condición inferior en aras del prójimo.

Al atardecer, rotos de cansancio, quiero creer que no echan en falta compañía en su espacio más íntimo. En realidad ellos/ellas, la mayoría de las veces misioneros y hermanas de diferentes órdenes, ya han sacralizado sus nupcias con una ancha porción de humanidad. Su trabajo les llena por entero, seguramente no se conceden oportunidad para suspiros de este mundo. Su energía interior está reciclada en aras de un alto ideal. Sólo en el supremo y generoso ideal se pueden ofrendar nuestros fuegos y pasiones del mundo. Quiero pensar que encontrar y abrazar ese alto ideal, antes de que por dentro se desborden los fuegos humanos, es quizás la clave de esa castidad “sana y lograda” que persigue en su libro Monseñor Uriarte.

Cuando el fuego del amor se expande sin fronteras, ni búsqueda de particular rostro, la energía sexual reorientada hacia lo alto, proporciona más ardor a ese fuego. El problema es cuando esa poderosa energía, portadora de nueva vida, que en oriente denominan “kundalini”, no remonta y se queda abajo quemando y ardiendo y el prójimo no alcanza a llamar con suficiente fuerza a la puerta del casto. El problema es cuando no hemos acumulado todo lo que nos sobra, toda nuestra madera apolillada, todos nuestros egoísmos… en la pira del amor fraterno y universal. La castidad no es siquiera logro, siquiera conquista para quien ha alcanzado la dicha de vivir por y para el prójimo en olvido de sí. Sin embargo no estamos hablando de una opción generalizada, más bien reservada a los corazones más virtuosos y puros.

El fuego que no se recicla en obras de amor, acaba quemando, no sólo dentro sino que también incluso fuera. Esto último puede ser terrible. Ahí puede arrancar la desviación, ahí puede comenzar el intentar buscarse la vida, a veces con tamaños estragos para el prójimo. ¿Y si a la postre los casos de escándalos sexuales que sacuden a la Iglesia no eran sino muestra de batallas fracasadas en medio de las brasas incandescentes de ese fuego? ¿Tiene sentido intentar apagar la llama rabiosa? Incontenible es siempre esa arrolladora energía de Dios, si desde la primera hora del alba no se alberga un alto, un pleno, un generoso ideal al que entregarse. ¿La castidad debiera ser regla, debiera ser voto? ¿Cuándo sabe uno que estará siempre en condiciones de domeñar esa hoguera?

Cada quien ha de saber medir sus fuegos, el ascenso de su mercurio por el cristal de la columna. Reciclado, transmutado ese fuego, es capaz de crear y recrear arte y obras, capaz de acometer las más fecundas iniciativas, pero si, evaporado el ideal, gana la hoguera y su furor, la destrucción puede ser desoladora. No siempre la causa altruista es más fuerte que la pulsión, que el anhelo también loable de compartir vida y crear hogar. De ser así, mejor salir al paso del compañero o compañera y santificar ese lecho más ancho. La vida ha de multiplicarse, las cunas no han de vaciarse. Hay nobleza en el celibato, hay nobleza en el matrimonio. Ambas opciones son válidas siempre y cuando se asuman con convencimiento y responsabilidad.

Arteixo 11 de Junio de 2015
http://www.artegoxo.org

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