Cambia todo cambia…

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Ese viento que peina ahora la alta hierba de la primavera, acarició ayer la nieve blanca que cubría todas las praderas; ese viento peinará también otros cabellos menos canosos que llevaremos mañana. Ese humo que regalan aún al limpio cielo algunas chimeneas de la aldea, fue ayer recia encina del bosque… Al mismo paisaje, quién sabe que estampa se le antojará en el futuro. La vida nunca se acaba y nosotros vamos con ella. La muerte no existe, pero no queremos ir de sabios, ni de listos, sólo somos trovadores de esa vida sin fin. Fuimos de aldea en aldea descorriendo la cremallera del corazón, de poema en poema desnudando el alma con demasiado poco pudor.

Sólo somos peregrinos que a cada paso constatan que tanta maravilla no podrá, no sabrá, no conseguirá callar. En un albergue, en un hogar, en una cuna… nos dieron acogida y ternura y por eso también supimos que los lazos de supremo amor perduran por la eternidad. En realidad no sabemos mucho más, sólo lo que nos susurran nuestras guitarras raídas, las alboradas, floridas y calladas, de todas nuestras vidas.

La naturaleza nos indica que todo es ritmo, cambio, movimiento, que nada se detiene, que todo evoluciona. Sin embargo nuestra personalidad anhela conservar lo viejo, las formas caducas; quisiera que nada mutara. Ahí hunde nuestro temor a la llamada muerte. Es el desconocimiento a lo que nos deparará el mañana, lo que nos hace aferrarnos tanto al ahora. A menudo pensamos que este presente, aún con todas sus dificultades e inconvenientes, es lo mejor que nos puede pasar. La ignorancia está en la raíz de todos nuestros miedos y este libro, al igual que tantos otros en la misma línea, pretende contribuir a disipar esas espesas brumas de la ignorancia.

Deseamos hacernos uno con ese movimiento sin resistencias de ningún tipo, uno con el río de la vida que fluye sin parar, uno con el viento que nunca se detiene. No vestimos luto porque somos mutación permanente y estamos de paso, porque no nos da tiempo a encargar tarjes negros, porque cada mañana sale el sol y en cada mañana nosotros también estamos renaciendo. Sólo terminar de entregarnos a un Cielo que vela por cada uno nosotros, sólo acabar de interiorizar que un supremo Amor guía el Universo y que si nosotros sumamos a ese Amor, sólo podremos cosechar dicha y ventura.

Con todo el inmenso verde que contemplo a través de mi ventana soy incapaz de conceder el mínimo crédito a la muerte. Toda esa frondosidad eran, apenas hace unos pocos meses, ramas absolutamente desnudas. Quien brota esas hojas, las hojas de todos los colores y de todos los continentes y de todas los universos…, una y otra vez, quiere que nosotros brotemos igualmente una y otra vez, sin descanso. No hay diferencia alguna. El Gran Hacedor de ese milagro y todas sus casi infinitas huestes de seres dévicos, quieren repetir con cada uno de nosotros ese milagro. Quieren que volvamos y brotemos y amemos cada vez más y mejor hasta realizarnos en todo nuestro potencial.

No cayó por casualidad la niebla sobre nuestras vidas pasadas. No sabemos de las deudas que contrajimos ayer con el hermano. No sabemos cómo fuimos. No llamaremos a las puertas de ningún sensitivo, ni vidente. Nos aplicamos en lo que aspiramos a ser. Si volcamos en el ayer es para aprender de nuestros errores y éstos ya nos son notorios. Tratamos de colorear otro futuro. Queremos un mejor mañana y es por ello que sembramos aquí y ahora. No escarbamos en el ayer, escogemos las mejores semillas para hundirlas en la otra más fértil huerta del presente.

Nos arroparemos, nos vestiremos con otras formas cada vez más bellas, más bordadas de bondad, más impregnadas de amor, más conducidas por la luz y la claridad, así hasta alcanzar la perfección. No nos cansaremos de cantar a la Vida Una, a la Vida eterna. Cada uno ofrenda, reverencia con lo que puede, con lo que encuentra a mano. No tengo flores, pero tengo teclado y lo seguiré aporreando, mientras el Cielo me dé salud, para cantar su gloria. Algunos no nos cansamos de reunir palabras, aún a sabiendas de que éstas siempre son limitadas, de que todo adjetivo siempre se revelará insuficiente, todo agradecimiento pálido.

Ahora más que nunca nos pesan todos los lutos que hemos vestido, nos escuecen las lágrimas que hemos derramado ante todos los cuerpos vacíos, sin alma. Nuestra rebelión más grande es ante la propia ignorancia que nosotros mismos hemos encarnado. Hoy reunimos las pequeñas luces que conseguimos despertar a lo largo de los caminos, en cada una de las aldeas, de nuestras existencias más o menos afortunadas. Hoy reunimos todos los atisbos de verdad con que tropezamos. Estamos determinados a no morir nosotros, a no dejar morir de nuevo.

Del libro: “Sólo un hasta luego” (En confección)

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