Gozo de compartir

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La Madre Naturaleza no conjuga el verbo retener, no sabe del absurdo de acumular. Con el estancamiento de la energía, de la sangre, de la riqueza… sobreviene la muerte. La vida es un perenne fluir, un movimiento sin fin. La Naturaleza nos invita igualmente a sumarnos a ese constante compartir. He aquí la insustituible lección de la Primavera. Salgamos a pasear estos días los campos y las huertas y constatemos la irrefrenable vocación de la Naturaleza de dar y regalar sin tregua.

La riqueza y la abundancia es una exhortación de la naturaleza al compartir. Con la acumulación se inaugura el deterioro de nuestras relaciones humanas, de nuestra relación con la Madre Naturaleza. El hórreo de duro granito aquí en Galicia guarda el grano justo para poder atravesar sin privaciones el invierno. Recogemos las ramas suficientes que nos regala el bosque para sacar el frío de nuestras estancias. No procede arrancar la motosierra más de lo debido. La nieve amontonada apenas permanece en la cima de nuestras montañas. La naturaleza no sabe de acumular. Los ríos corrían antes sin barreras hacia la mar. El festín de los frutales que no aprovecha el humano, se lo reparten los pájaros e insectos. En realidad no tendríamos sino que dar continuidad a ese flujo constante de los frutos y dones de la naturaleza.

Retener es olvidar que el río tiene que regar todas las riveras, que el beneficio ha de alcanzar al mayor número de humanos. Retener no se aviene con las leyes de la naturaleza y por lo tanto no es justo, ni viable, ni sostenible. Más queremos retener y acumular, más nos alejamos de la naturaleza, sus ritmos y sus flujos. Sí queremos ser uno con la Naturaleza, si queremos disfrutar de su dádivas sin fin, deberemos de aprender a conjugar el verbo compartir. Lo que nos entra, lo que nos vuelve es la exacta medida de lo que damos. Es la ley inalterable de la causa y el efecto, de la cosecha y la siembra, la ley de la consecuencia. No en un inmediato plazo, pero sí a uno más largo. La vida necesita probarnos, constatar que nuestra generosidad es auténtica, no medida, no expectante del retorno.

Faltamos a la Naturaleza cuando acumulamos, pero sobre todo faltamos a quienes no tienen que llevarse a la boca, cuando pensamos sólo en clave personal. Imaginemos que el sol se levanta una mañana y se le antoja que no tiene ganas de compartir su calor, su luz, su vida; se le ocurre cortarnos el fluido de rayos. Sobrevendría la muerte de todo. ¿Qué hacemos nosotros cortando nuestro fluido de generosidad, de amabilidad, de gracia…?¿Qué hacemos nosotros fijando tanto nuestra atención en el constante acumular, en el deseo de engrosar sin medida nuestra cuenta corriente?

Algún día nosotros también seremos citados a declarar, como ahora lo hacen ahora notorios políticos, para explicar el origen y uso de nuestro patrimonio. Habrá menos flashes, menos escándalo mediático que en estos días con Rodrigo Rato, Luis Barcenas o Jordi Puyol, pero tendremos que responder por lo mismo. ¿Por qué esa avidez, por qué esas ganas de ganar más, cuando cada día mueren cientos de sudafricanos en el Mediterráneo intentando alcanzar las costas de la prosperidad?

Como es arriba es abajo. Los dirigentes que tenemos son en alguna medida reflejo de nuestro nivel de conciencia. La corrupción tan extendida en nuestra clase política algo siquiera sugiere de nosotros mismos. Prima visionar los episodios de corrupción en nuestros telediarios más íntimos. El Rato que persiguen estos días las cámaras allí donde se mueve, es el que hemos de perseguir por nuestro callejero más interno. ¿En mayor o menor medida, quién no esconde más o menos camuflado su propio especulador? No hace falta tener millones en paraísos fiscales para entregar en los brazos de la avidez, nuestra honra y honor. El honor es sólo la presencia manifiesta del alma y está es sólo dar y ésta sufre cuando la personalidad, que aún no ha leído las leyes de la naturaleza, se obsesiona con el retener, con el acumular siempre más y más.

El humano alcanzará perdurable gozo vinculado a esa red natural e inmemorial del dar y recibir, convirtiéndose en un agente más de una naturaleza siempre abundante, nunca alimentando su capricho individualista. Más saldremos al paso de la necesidad ajena, sin lugar a duda alguna, más sentido glorioso alcanzarán nuestras vidas. Volvamos a la naturaleza, retornemos a leer su catecismo indispensable, su eterna doctrina de dar, siempre dar. Tornemos cuerno de abundancia para el prójimo, cáliz de ofrenda; entre otras razones por que ahí encontraremos también la clave infalible de la auténtica, de la perenne felicidad.

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