Las cumbres de la mente

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La cumbres nevadas son para disfrutarlas desde la ventanilla. Los aviones que madrugan han de llegar a destino. El piloto no debía de haber estrellado nunca la nave contra las soberbias montañas, desparramado tantas personas, tanta vida, tanto futuro por aquellas laderas que despertaban a la primavera.

Más poderío alcanza el humano, más necesidad de un estricto control sobre nuestra mente, para que jamás nos invite a tan aviesos comportamientos. “Por el amor de Dios, abre esa maldita puerta”, pero la puerta no se abrió y entonces nos preguntamos que es lo qué pasa por la mente del humano ya allí arriba en los alturas al timón de una aeronave, ya aquí sencillamente a ras de tierra, al timón de nuestros días. En esa mente poderosa se urden los cielos, pero también los infiernos de las grandes máquinas en llamas. Ya nos lo advirtió el Iniciado Hermes Trimegistro en el Kybalión hace miles de años, cuando nos aseguró que todo es mente. Ella está en el origen de todo lo que creamos y hacemos, de todas puertas que abrimos o cerramos con llave, de todas gentes que ayudamos o aterrorizamos.

Las ruedas son para el aterrizaje y el blanco de esos macizos imponentes para saborearlo desde el confortable asiento. Adiestremos nuestras mentes para poder proporcionar siempre el mayor bien al mayor número de personas. La primavera de otro mundo también está en nuestra mente. Ésta no debiera detener ninguna savia, ninguna sangre. La nave que nunca aterrizó en Düsseldorf nos sirva cuanto menos para reflexionar sobre la importancia de la mente, de cuidarla, de atenderla, de alimentarla con pensamientos positivos, elevados…, de forma que jamás nos traicioné, de forma que nos conduzca siempre hacia un alto destino, jamás contra una rocas.

Nuestro pensamiento, nuestras oraciones por supuesto para los familiares y amigos de las víctimas, pero también para ese joven copiloto cuya mente quiso acoger tan terribles pensamientos, quiso cargar a sus espaldas tan espantoso karma. El Cielo acompañe nuestra mente hasta las más excelsas cumbres, aquellas sin estruendos, ni llamas, aquellas permanentemente soleadas, las que representarán siempre el servicio altruista, generoso e incondicional a nuestro prójimo.

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