No sobran primaveras…

libia. sharia

No nos sobran primaveras, menos aún en el Norte de África. Estos días se cuestiona públicamente la primavera árabe. Los terribles naufragios de las últimas semanas en el Mediterráneo azuzan la nostalgia de los dictadores que ya marcharon. Sin embargo por terrible que sea el saldo de centenares de hermanos de color tragados por las aguas, no creo que se debieran cuestionar las libertades alcanzadas. Pasar de un régimen dictatorial, despótico a un régimen constitucional, asumido por el conjunto de la población, comporta su cuota de dolor ineludible. Olvidamos que estamos en una fase en la que el humano aún evoluciona espoleado más por el sufrimiento, que por una conciencia libremente asumida.

El orden sostenido a fuerza de terror tiene que dar paso a un orden sostenido por el conjunto de las voluntades ciudadanas. Ese proceso nunca es sencillo. Las conquistas de libertades y de progresos sociales nunca lo fueron hasta el presente sin su correspondiente peaje. Glosamos las revoluciones, pero obviamos en muchas ocasiones el componente violento que cada una de ellas acarrearon. Podemos considerar a la Revolución francesa como la madre de todas las revoluciones en pro de las libertades. La evocamos con gloria y grandeza y enseguida pensamos en la Libertad guiando al pueblo, en la pintura de Eugène Delacroix. Olvidamos más fácilmente el reguero de sangre imparable que siguió a la toma de la Bastida.

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Gozo de compartir

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La Madre Naturaleza no conjuga el verbo retener, no sabe del absurdo de acumular. Con el estancamiento de la energía, de la sangre, de la riqueza… sobreviene la muerte. La vida es un perenne fluir, un movimiento sin fin. La Naturaleza nos invita igualmente a sumarnos a ese constante compartir. He aquí la insustituible lección de la Primavera. Salgamos a pasear estos días los campos y las huertas y constatemos la irrefrenable vocación de la Naturaleza de dar y regalar sin tregua.

La riqueza y la abundancia es una exhortación de la naturaleza al compartir. Con la acumulación se inaugura el deterioro de nuestras relaciones humanas, de nuestra relación con la Madre Naturaleza. El hórreo de duro granito aquí en Galicia guarda el grano justo para poder atravesar sin privaciones el invierno. Recogemos las ramas suficientes que nos regala el bosque para sacar el frío de nuestras estancias. No procede arrancar la motosierra más de lo debido. La nieve amontonada apenas permanece en la cima de nuestras montañas. La naturaleza no sabe de acumular. Los ríos corrían antes sin barreras hacia la mar. El festín de los frutales que no aprovecha el humano, se lo reparten los pájaros e insectos. En realidad no tendríamos sino que dar continuidad a ese flujo constante de los frutos y dones de la naturaleza.

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Derecho a brotar

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El aborto y su siempre polémica ley vuelven de nuevo al hemiciclo parlamentario. A debate otra vez la decisión de  si el ejercicio de abortar constituye o no un derecho inalienable. Los diputados esgrimen sus argumentos en esta nueva liz entre fuerzas supuestamente progresistas y conservadoras.

Hemos ido conformando una cultura general más ceñida al pedir que al entregar, más centrada en el yo que en el otro, independientemente de la forma que éste adopte. Sin embargo nuestro derecho debería hallar su límite  en la afirmación del derecho del otro, aunque éste esté llegando. Será preciso encajar los derechos entre sí para que nadie salga perjudicado. Los derechos debieran  incluir también a quienes nos están alcanzando, a quienes “no existen”, a quienes no pueden pasear avenidas reivindicando. Será preciso hacer valer nuestros derechos si son conculcados, pero también examinar en profundidad las consecuencias de nuestro comportamiento y su eventual  daño y su déficit de responsabilidad.

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Las cumbres de la mente

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La cumbres nevadas son para disfrutarlas desde la ventanilla. Los aviones que madrugan han de llegar a destino. El piloto no debía de haber estrellado nunca la nave contra las soberbias montañas, desparramado tantas personas, tanta vida, tanto futuro por aquellas laderas que despertaban a la primavera.

Más poderío alcanza el humano, más necesidad de un estricto control sobre nuestra mente, para que jamás nos invite a tan aviesos comportamientos. “Por el amor de Dios, abre esa maldita puerta”, pero la puerta no se abrió y entonces nos preguntamos que es lo qué pasa por la mente del humano ya allí arriba en los alturas al timón de una aeronave, ya aquí sencillamente a ras de tierra, al timón de nuestros días. En esa mente poderosa se urden los cielos, pero también los infiernos de las grandes máquinas en llamas. Ya nos lo advirtió el Iniciado Hermes Trimegistro en el Kybalión hace miles de años, cuando nos aseguró que todo es mente. Ella está en el origen de todo lo que creamos y hacemos, de todas puertas que abrimos o cerramos con llave, de todas gentes que ayudamos o aterrorizamos.