Hemiciclo sin trincheras

congreso

Camisas impolutas, pero verbo impropio, a menudo rastrero. Una y otra vez se lanzan a la yugular de diferente color, al ataque del adversario político con toda la artillería verbal que hacen acopio. ¿Palacio de Congresos o pulcro campo de patética batalla? No les colma la gresca sempiterna, no les aburre la pelea en cada uno de los asaltos. ¿Siquiera en algún instante piensan en el bien colectivo, en verdaderamente mejorar “el estado de la nación”? Ceda ya el disparo reincidente, la palabra hiriente, la cifra engañosa, la intervención que falta al oponente, que no se ajusta a verdad… Ceda el solo deseo de que triunfe el partido propio a costa del hundimiento del ajeno.

Mejoren sus señorías su propio estado, si de forma sincera quieren mejorar el de la nación. Ceda la obsesión por dañar al contrario, en vez de construir en cooperación. Ceda el empeño de pensar exclusivamente en clave de sus siglas. Nazca el anhelo de compartir, de ayudarse unos a otros más allá de las ideologías que dividen. Nazca la causa, el trabajo, el horizonte común. Resurja el interés por los valores que aglutinan, brote una forma absolutamente nueva de hacer política.

Dicen que cede el bipartidismo. Las nuevas formaciones que se estrenarán en el hemiciclo, dejen las armas fuera, los elementos arrojadizos. Los nuevos dirigentes que ya están llamando a la puerta del Congreso puedan estar a la altura de este momento difícil, pero a la vez crucial, esperanzado. La clase política necesita una profunda catarsis, urge del abandono del gastado paradigma de la confrontación. No basta quitarse la corbata, soltar el botón de la camisa y calzar vaqueros. Se buscan políticos generosos, con visión integradora, con fuerza de razón para estos grandes momentos. Donde había batalla se abra el diálogo, el consenso, irrumpa el acuerdo. El mayor colorido y diversidad que ya se anuncian, nos traiga su recompensa, su esperada lección en forma de inclusividad, de integración.

Volveremos a apagar el televisor, si no manifiestan mínimos de concordia. No nos interesan esos soporíferos debates que no buscan la visión objetiva, el argumento ecuánime, el diagnóstico certero. Mientras que no haya ademán de superar esa hastiante contienda, no nos convoquen al estado de ninguna nación. Cada día nos interesan menos los partidos que mayormente pelean y más la gente que piensa en positivo y que construye, que se organiza de forma autónoma e independiente. Nos sentimos lejos de ese hemiciclo-trinchera, de esa jaula con exceso de grillerío y sin embargo cerca de esa ciudadanía que sí se manifiesta unida en pos de principios universales y apuestas colectivas. Nos motiva más esa ciudadanía vinculada en red, cada día más consciente y por lo tanto protagonista, que cree en otro futuro, en otro mundo posible, que ofrece alternativas. Confiamos definitivamente en esa creciente porción de humanidad sensible a la Tierra y a la solidaridad, que no falta, ni abronca, que se entrega de corazón, que silente y sonriente progresa, que, colmada de fe y preñada de aurora, pacíficamente avanza.

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