Manos libres, nunca atadas

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Ahora toca atar al compañero o la compañera en la cama y empezarle a dar a azotes en el trasero… Después hay que taparse los ojos con la máscara veneciana esa y echar mano de la artillería al uso… Hollywood nos marca el guión en la cama, el Hollywood de fuera y de dentro, el Hollywood depravado que auspiciamos nosotros comprando 100 millones de libros o haciéndonos sólo en España con 155.00 entradas. Todas ellas están ya vendidas con antelación.
Antes los cánones de lo correcto los marcaba la moral católica al uso, ahora se establecen en los despachos de las grandes productoras americanas. ¡No, ya vale! No canten nuestra música más íntima. Salgamos de ese baile que tratan de colocar en nuestras cabeceras. Nadie debería escribir nuestros guiones, menos aún los de alcoba, menos aún cuando sólo nos abocan a la dependencia, a la desgracia. Ahora dicen que toca bajar a la tienda erótica y comprar el juego de la peli y practicar todos lo días para poder explorar más allá del margen de lo conocido y comedido. La peli nunca cantará que despojado el sexo de amor la deriva está asegurada; que la carrera hacia ninguna parte, más allá del tierno dar y recibir, sólo puede traer consecuencias desastrosas. La peli nunca nos dirá que la imaginación, la creatividad, la infinita posibilidad de juego que Dios nos ha regalado tenía otra finalidad, otro objetivo más altruista y generoso, que el lúgubre sado.

Después de todo nos dirán que todo es muy comedio, muy romántico, que “50 sombras de Grey” es producto inofensivo, pero seguramente su guión ya se imita a saber bajo cuántos millones de sábanas. La película no es “porno para mamas” porque las mamas no necesitan porno, las madres gozan de la plena felicidad en la entrega a la criatura y lo último que seguramente buscan es ponerse una de estas películas de última moda, de perfecta facción y fatal contenido. La “mama” es quizás la que mejor se percate del abismo de vivir por entero para otro ser, o vivir por y para un yo sensual, egoísta e insaciable.
Cinquenta sombras, cincuenta esclavitudes, cincuenta infiernos. No queremos subirnos a la última ola, a la última moda; queremos subirnos a la primera, a la de la moral cósmica, universal, a la de la ley inmutable del amor, de la ofrenda, del respeto, de la reverencia… Nos sobran sus cueros y sus látigos, nos quedamos en la piel desnuda, cercana, amiga. Es el susurro, la caricia, jamás esa violencia de baja intensidad y limitado coto, lo que puede rozar la eternidad.

Nos acorralan con sus abismos, todos ellos muy pulcros y elegantes. Se nos oculta que viviendo ese tipo de “novedosas experiencias”, subidos a esa espiral de a ninguna parte, podemos malograr nuestras vidas. Bailamos dentro y fuera de la cama al son que nos marca la última tendencia, y ese aciago baile no se detendrá hasta que caigamos, hasta que concluyamos que la danza, el juego el recreo a los que se nos invita no era para nosotros, para culminar la orgía, para enfermar de desenfreno, sino que eran para los otros para dar, para entregar, para volcarnos en beneficio ajeno, para intentar colmar este mundo de más genuino, desapegado e impersonal amor.
Esta invitación planetaria a lanzarse a vivir esas dudosas prácticas se realiza con toda la carga mediática. Esa carcelaria sexualidad, esas “innovadoras propuestas” que nos sugiere la cinta anunciada a bombo y platillo, no representan sino una nueva esclavitud revestida de modernidad; no constituyen sino una nueva intentona global para dejarnos llevar por el solo y supuesto placer sin razonar. Nos agotaron ya sus “subidas de tono” destinadas a fortalecer nuestras cadenas, nuestro apego, nuestra naturaleza inferior. ¿Cuándo nos dirán desde el celuloide que el “tono” que es preciso subir es de la generosidad, el de la entrega, el de la compasión…?
Hablan de libertad pero no podrán ocultar el triste destino junto a esas “esposas” que sólo atan. Hace falta un rearme de superior moral, de firmes principios para contrarrestar, siquiera en nuestro espacio propio, las demoledoras consecuencias de tan brutal bombardeo. No nos ataremos las manos porque las necesitamos libres, enteras, suaves, cargadas de amor para devolver toda la ternura que merece nuestro compañero/a, que aguarda en realidad el mundo entero.

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