Germinados o el milagro del brote entre los pucheros.

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No son brotes, son enteros jardines que con reverencia conducimos a la boca; son tiernos milagros que nos comemos a manos llenas, que con respeto masticamos. Es pura vida recién despertada, magia que explota en nuestros cristales, alimento cargado de frescor y nutrientes. Llevamos un mes con los germinados y ya no imaginamos la cocina sin esos botes de cristal que cada día llenan nuestra mirada de pasmo, nuestro espíritu de agradecimiento y nuestro cuerpo de salud. No rechazamos el fuego que suave y amoroso transforma el grano más duro. No cargaremos contra la llama que hace más llevaderos estos inviernos, pero nuestra boca urge también de ese frescor del pequeño y tierno tallo. Nos hemos acostumbrado a mascar y englutir esos destellos de clorofila, esas semillas reblandecidas, esas ensaladas tan colmadas de color y de salud.

Nos seguiremos rindiendo al milagro por cotidiano que éste se manifieste; nos seguiremos maravillando al contemplar cada día el diminuto tallo cargado de futuro, de información para la planta, romper con sumo silencio y suavidad la dura cáscara. El germinado diminuto nos enseña que todo puja siempre hacia la luz. Él invierte todo su esfuerzo en quebrar por algún lugar su semilla, en emerger a la claridad, en perpetuar la vida. ¿Qué amable elemental le pondrá en sus orejas el silencioso despertador? No sabemos de dónde le viene el mandato, pero lentamente se estira y aflora. El agua es una vez más la orquestadora del prodigio.

Si cada día no representa una fiesta es porque nos resistimos a ello. Ver estallar cientos, miles de granos a un mismo tiempo, quizás debería serlo; ver colorearse y hacerse así comestibles, miles de diminutos tallos con un poco de agua y claridad, debería serlo. Hemos visto despertar el fino y prometedor hilo de vida en el garbanzo, la alfalfa, la lenteja, el trigo sarraceno, el guisante… El pequeño tallo no logró abrir la cáscara del arroz, pero lo intentaremos con otras clases del mismo cereal. En esa tensión por dejar la oscuridad de la cáscara, unos tallitos se demoran más que otros. La nostalgia de la luz no es igual en todo germen. Según el tamaño del grano, la luz apremia en diferente media. Los más pequeños, más urgidos, despiertan antes.

Si ingerimos por costumbre germinados, estaremos tomando luz a raudales, luz manifestada en diminuta planta, en imprescindible clorofila. Os animamos a coleccionar esos maravilloso botes, que nos acercan a la Madre y el Reino Vegetal en su más primaria expresión. Ya ingerimos demasiados alimentos desvitalizados, ahora queremos alimentos puros, sanos y vivos desembarcando en nuestro estómago, contribuyendo a regenerar nuestros órganos, a limpiar nuestra sangre.

Cocina y magia siempre han ido de la mano, pero no sólo junto al fogón se consagra el prodigio. En realidad la Madre Naturaleza está constantemente cocinando con la ayuda de todos los elementos y nosotros, armados de nuestras manos de carne, nuestros filos de acero y cucharas de madera, sólo seríamos unos pinches más o menos torpes. Hay una cocina que no sabe de focos. Lo asombroso no siempre se narra en las pantallas de “Master chef”. Ojalá esos focos busquen en el futuro, no tanto la cocina artificial y sofisticada, privativa de los pocos; sino la sencilla, austera y natural, al alcance de todos nuestros hermanos, sobre todo de los que pasan más necesidad.

* Estas letras van dedicadas a nuestro amigo y maestro en germinados, Chema Vázquez Asa, que con paciencia nos mostró en las pasadas navidades este hermoso arte.

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