Nacionalismo y ciencia arcana

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El conocimiento de la real constitución de nuestro ser, de la relación entre nuestros diferentes cuerpos, se manifiesta definitivo a la hora de encarar los desafíos de la existencia y del momento, los retos tanto colectivos, como personales. Nuestro mental superior o causal es el cuerpo que estamos llamados fundamentalmente a desarrollar y constituye la morada de nuestro alma. El mental superior es la cuna de los principios superiores. La irradiación sobre nuestra personalidad de elevados valores como la justicia, la igualdad de oportunidades, la inclusividad, la unidad en la diversidad…, provienen de ese elevado cuerpo. Vida tras vida nuestro mental superior va adquiriendo más fuerza y va ganando el dominio y control sobre nuestro cuerpo astral. Llegará un día en que nuestra entera astralidad estará plenamente gobernada por nuestro mental superior. Esta astralidad, es decir el conjunto de nuestros sentimientos y emociones, es de una enorme gama de niveles. De forma muy sintética podremos dividirla entre inferior y superior.

Vamos ahora a tratar de llevar estas enseñanzas al análisis de un sentimiento concreto, plenamente actual, como lo es el sentimiento de adhesión a una nación. Vamos a intentar observar la luz que creemos arroja al respecto la sabiduría ancestral. El sentimiento de separatividad humana correspondería a la astralidad inferior y va en detrimento del sentimiento de adhesión a una unidad superior. El amor a lo propio, a la lengua y cultura con los que hemos crecido en esta encarnación, el sentimiento de adhesión a la patria pequeña es un sentimiento positivo, noble. El problema estriba cuando se polariza, cuando el apego se torna excesivo y alimenta un sentimiento de distancia y separatividad, en este caso con respecto a otros pueblos.

He ahí donde concurre el mental superior, es decir he ahí nuestra mente elevada que, si está mínimamente desarrollada, velará para que ese sentimiento se mantenga ponderado, equilibrado, ajustado al principio de que la diversidad está llamada a construir y fortalecer la unidad. He ahí el mental superior que nos invita adherirnos a lo pequeño y a lo grande, a la patria chica y a la universal, a todas las patrias, entre otras razones porque por todas las patrias pasaremos en nuestro cuasi infinito itinerario evolutivo. He ahí pues nuestra mente más luminosa invitándonos a ser custodios del principio que rige todos los universos y galaxias de “unidad en la diversidad”. Sin embargo esta astralidad negativa puede igualmente manifestar su desequilibrio por el otro lado es decir, una adhesión al principio de unidad con acento uniformante que desdibuja o niega la singularidad. Ahí habrá de estar el mental superior dispuesto a encender igualmente las alarmas.

Somos hijos de nuestras circunstancias. Si al otro lado del velo, en unión con nuestros guías y protectores optamos por nacer en el seno de un pueblo con un acusado sentimiento nacionalista, ganaremos en identidad propia, en arraigo, en raíces, pero sin embargo correremos el peligro de la identificación excesiva, del apego desmedido, con la inevitable consecuencia de cercenar nuestra aspiración álmica de una unidad que desborde las fronteras.

Por el contrario si nacemos en un lugar con escasas raíces identitarias, donde la cultura uniformizante predomina, nos será fácil adherirnos al sentimiento de unidad global, pero habremos de hacer un esfuerzo de acercamiento mental y emocional a la singularidad.

Progresando por lo tanto en el análisis, ¿cómo operarían de forma más concreta estos postulados en el controvertido debate, actualmente instalado en España, en torno a las apuestas soberanistas de los pueblos catalán y vasco? Esta cuestión que lleva tanto tiempo en el candelero y que tanto enrarece el clima político, merece un detenimiento. Quiero apuntar antes que nada la necesidad urgente de esforzarnos en comprender al otro en razón de las circunstancias en las que ha crecido y desarrollado. Sólo desde ese ensayo de mutua comprensión, podremos dar cabal y definitiva respuesta a este problema nacional que contamina las relaciones entre los pueblos y que pareciera querer ir camino de enquistarse.

Tengo amigos en las dos casuísticas, en los dos lados. Mantengo amistad con personas que están o han estado entre rejas porque ese sentimiento extremo de amor a lo propio no gobernado por su mental, les llevó a cometer sus desatinos. Tengo amigos en el otro lado, que al haber nacido en una gran ciudad de poco arraigo cultural propio, no alcanzan a valorar debidamente la singularidad cultural ajena y su consiguiente anhelo de reflejo en lo político. Conocer ambos ambientes otorga perspectiva.

Dime dónde has nacido y te diré cómo sientes. Dime a qué distancias estás del centro y te diré cómo vives la periferia. Una y otra vez he comentado a mis amigos de Madrid que nuestra posición con respecto por ejemplo al tema catalán está absolutamente ligado a la ubicación y circunstancias en las hemos nacido y crecido. Si nuestro mental superior estuviera más desarrollado no sería así, pero nuestros criterios están absolutamente condicionados por nuestra emocionalidad. He vivido cinco años en esa gran urbe y apenas he encontrado personas que intenten entender el hecho nacional, que se apliquen en comprender las aspiraciones nacionalistas equilibradas y moderadas de catalanes y vascos, que observen que los pueblos tenderán inevitablemente hacia la unidad confederada, pero que han de vivir también su singularidad, que son libres para ello, que están por lo tanto en su derecho a decidir, establecidas las debidas garantías democráticas, sobre su futuro.

El mayor favor que se le puede hacer al progreso del independentismo es la negación del pebliscito de autodeterminación. Por ley de causa y efecto o consecuencia, la merma o negación de libertades acarrea el reforzamiento de las aspiraciones. Las leyes superiores también nos ilustran al respecto: Menos libertad más polarización. Atacar al otro es reforzarlo. El acuerdo es la solución de las personas de conciencia.

Está fatal hablar en primera persona, la ley sólo justifica hacerlo cuando un testimonio puede aclarar un postulado. Amo al País Vasco. Yo sé que no es aún un amor puro, equilibrado, es más bien desmedido. Reconozco que ese sentimiento personal acusa un apego en exceso. Las circunstancias históricas han contribuido también a ese desequilibrio en nuestro interno colectivo. Amo, seguramente con exceso de corazón, sus montes, su gentes, su lengua, su cultura…, pero trato de que el vigilante del mental superior se mantenga siempre alerta. He logrado que no baje la guardia. Trato de que ese amor no se manifieste en detrimento del amor a otros pueblos y de la promoción de una tan imprescindible como urgente conciencia planetaria. Amo a Euskal Herria, pero el haber viajado por los cinco continentes ayuda a colocar ese amor en su lugar y medida.

Trato de vivir en mí esas síntesis de amores que quisiera ver reflejados en el corazón del otro, que es siempre, cualquiera su origen, mi hermano. Trato de que la mente gobierne mis sentimientos de apego, de no dejarme llevar por ellos. Por eso no quiero que ni mi pueblo, ni el catalán se independicen. Deseo que alcancen el nivel de autonomía que les satisfaga, sin necesidad de erigir nuevas fronteras. Aspiro a una España, a una Europa confederadas. Estoy convencido de que avanzamos, tutoreados por el Cielo, a paso firme hacia la manifestación en la tierra del alto ideal de unidad humana. Estoy igualmente convencido, también en sintonía con los principios superiores, en concordancia con la suprema ley de la libertad que Dios nos ha otorgado y de la que nadie nos puede privar, que hemos de defender con igual empeño el derecho inalienable de los pueblos a decidir sobre su futuro. Entre otras razones porque sólo en libertad podremos un día realmente encarnar el excelso principio de unidad y fraternidad humana, nuestra más elevada meta.

Arteixo 19 de Diciembre de 2014

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