¿Conexión permanente?

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El sol se esfuerza por lanzar sus más cálidos rayos a las puertas del invierno. Camino frente a su luz y calor ya mermados, a lo largo de un paisaje de altura sobrecogedor. O Couso y sus piedras centenarias y sus caravanas recientes, rudimentarias van quedando abajo, cada vez más lejos. Dicen que allí arriba se toca los cielos. Subo a las colinas en busca de más ancha vista, de más horizonte para el alma.

La naturaleza sagrada nos invita a sacralizar el instante, a sellar los labios, a brotar la mirada agradecida. El silencio interior es la vasta geografía que aún nos resta por descubrir al humano. Aún nos aterra poner una pica en su infinito y enigmático espacio. Ojalá no hubiera señal de móvil y poder sentir entera la señal de la caricia del sol. Ojalá a veces no hubiera comunicación con el mundo y poder conectarnos más y más con nuestra propia Presencia. Tienta sacar el aparato e intentar compartir esa sublime belleza del verdor gallego circundante. ¿Hacia dónde dirigir nuestra atención en medio del éxtasis de contemplación: hacia afuera tecleando el número de rigor o hacia adentro, horadando el abismo pendiente? El revolucionario poder comunicativo de estas maquinitas es un arma de doble filo. El estar conectados con todos en todo momento tiene el peligro de desconectarnos con nosotros mismos. El móvil nos acerca más entre nosotros, pero tiene el riesgo de mantenernos exiliados en nuestra periferia. Sostenemos un prodigioso invento en el oído, mientras acampamos en nuestras a menudo en intrascendentes afueras. Nuestro avance de conciencia aún va a la zaga de los progresos tecnológicos.

La conexión permanente encierra el peligro de no saber desconectarnos en el momento preciso. Ahora más que nunca nos enfrentamos al peligro de ahogar el silencio imprescindible en un océano de palabras más o menos vanas; palabra inmediata, desde cualquier lugar, en cualquier momento, pero tantas veces prescindible. La amplia cobertura alcanza ya casi el último rincón del mundo, pero descuida la cobertura hacia la geografía más íntima. ¿Cuántos instantes únicos nos perdemos por el mero capricho de empezar a teclear un número y conectarnos con una persona remota? ¿Cuánto de verdadera vivencia no sacrificamos al llevarnos el aparato a la oreja?
El teléfono móvil bombardea demasiado a menudo nuestros baluartes interiores, dificulta recuperarnos a nosotros mismos y nuestra imprescindible conexión interna. El móvil es una invitación constante a salir hacia fuera ya con wasshap, ya con voz. Ganamos mucho con esta tecnología, pero también perdemos. Perdemos por supuesto en relaciones “vis a vis”, pero sobre todo en relaciones con nosotros mismos. Al borde del instante mágico en medio de la naturaleza habremos de dejar de acariciar el móvil en nuestro bolsillo derecho. Sacarlo puede implicar desperdiciar un momento único.

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