La morada del resplandor

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Tiro de torpe memoria y de adelantado pido perdón por las imprecisiones y desvaríos. No tengo conmigo ese libro maravilloso que es la “Morada del resplandor”, una obra desbordada de prodigiosa poesía y profunda y actual enseñanza como todas las de Daniel Meurois Givaudan. La fama de Nagarté se había extendido mucho más allá de Alepo. Cuando en nuestros días los medios hablan tan a menudo de esta ciudad mil veces bombardeada por Al Assad, siempre pienso en el gran sacerdote y médido cuyo nombre llegó a oídos del faraón Amenofis IV, más conocido bajo el nombre de Akhenatón, “el faraón ebrio del Sol”. “Mi plan, decía Akhenatón, consiste, no en cambiar las leyes, sino en llevar a la tierra roja (Egipto) a la Ley.”

Nagarté vivía apaciblemente en ciudad siria junto a su familia de adopción. Las historias sobre él habían desbordado sin embargo las fronteras. En realidad no tuvo mucho tiempo para pensarlo. Al día siguiente de que el heraldo llamara a su puerta, ya estaba camino del desierto para levantar a las órdenes del faraón el más ambicioso proyecto de comunidad fraterna hasta entonces conocido, “la morada del resplandor”, la comunidad inspirada en el sol y las enseñanzas solares. Nagarté sabía que hay un destino que no pueden frenar los apegos ni familiares, ni de la tierra. Su pequeña hermana Tyrsa lloró como nadie la partida de su solicitado hermano, que había decidido en muy breves instantes aceptar la invitación para servir al faraón y sus nobles proyectos.

El libro narra a partir de ahí las grandes dificultades que tuvieron que enfrentar para hacer realidad el sueño de los sueños, algo del Reino de Dios en mitad de la arena del desierto. Nagarté llegó a dirigir la universidad en la que se preparaba a quienes habían de servir a la nueva sociedad. Se trataba de promover hombres y mujeres que se emanciparan de los intermediarios para poder conectar directamente con su Yo Divino. Las fuerzas oscuras conglomeradas por la decadente casta sacerdotal de Tebas, devota del Dios Amón, lideró los mil y ataques y sabotajes. Al cabo, creo, de más de veinte años hubieron de desistir, tiraron la toalla. Las fuerzas opuestas al proyecto exhibieron como último recurso la fuerza militar para acabar con él.

Nagarté puso entonces de nuevo rumbo a su patria. Se sumó a una caravana de mercaderes para poder realizar el viaje. Con un acuñamiento de su anillo había anticipado su llegada. Asaltada su ciudad y su casa por las hordas de los “hicsos”, asesinados o muertos sus familiares, sólo le aguardaba al borde del camino, junto a unas tímidas brasas, su hermana Tyrsa. Pastoreaba a la vera de su tienda de pieles.

Apenas pudieron intercambiar palabra, dada la intensidad de la emoción del encuentro.
– “Vamos a casa”, dijo él.
– “Ésta es nuestra casa”, contestó ella, señalando a la humilde tienda desmontable.
Le ofreció de cenar unos pescaditos que había asado con las brasas del fuego. No sé en qué momento él dejó soltar el nudo que llevaba en su estómago.
– “Lo intentamos, querida Tyrsa, lo intentamos, pero fracasamos. No lo conseguimos…”
– “Pero ¿qué es lo que intentasteis?, ¿dónde fracasasteis?”, le preguntaba desconcertada su atribulada hermana. Sólo al cabo del tiempo, cuando seguramente acabó con sus lágrimas de dentro, no sé si también con las de fuera, respondió el afamado sacerdote.
– “La morada, la morada del resplandor. Lo intentamos pero no lo conseguimos”…

A lo largo de los años he pensado mucho en la morada del resplandor que quiso levantar Akhenatón. ¿Quién no hubiera deseado morir en aquel noble intento? Nagarté debía estar junto a su hermana saboreando, si se permite la expresión, el gusto del fracaso. Se habían empleado por entero, pero no lo habían conseguido. Su intento era también demasiado prematuro. Cuando uno se entrega por entero, con pureza y falta de interés personal, puede dejar en las manos de Dios el resultado de su acción.

Nosotros también dibujamos al fondo de nuestros desiertos la silueta de un pequeña morada del resplandor. Sin embargo no alcanzamos siquiera a levantarla. A muy pequeña escala, a un nivel muy reducido, nosotros también hicimos acopio de voluntades y corazones y nos lanzamos al intento. Más que en el desierto fue en un páramo montañoso no lejos de la orilla mediterránea.

Nosotros también fracasamos y hubimos de compartir la historia con nuestros amigos. Sin embargo no teníamos a las huestes de Amón que nos atenazaran, para echarles la culpa. No podíamos encubrir con ellas nuestro fracaso. No podíamos atribuir a agentes externos la frustración del proyecto. La crisis ya había cundido en el grupo promotor. No pudimos disfrutar de la tranquilidad de un Nagarté que descansó en paz, a sabiendas de que había cumplido sobradamente con su papel. La vida nos va mostrando que sólo la virtud, la generosidad, el desapego permiten descansar en paz. Seguramente Nagarté era el hombre más feliz del mundo junto a su hermana Tyrsa y los pescaditos en brasa. Se trata, al fin y al cabo, de la felicidad difícilmente equiparable de la tarea cumplida, haya prosperado o fracasado el intento.

Nosotros no podíamos decir lo mismo. Nuestros errores nos privaron también de nuestro propio sosiego. Hubo miedo, hubo recelo, hubo duelo de poder…, hubo falta de virtud y por lo tanto fracaso. Sí que el banco falló en su palabra, sí que nos quitó la casa cuando verbalmente nos la había concedido, sí que hubo un revés debido a la falta de honestidad de esa entidad y su conocida inmobiliaria, pero el fracaso fue nuestro.

Aprendemos a la vuelta de las equivocaciones. Nuestra morada del resplandor nos cegó. Eran tantas las ganas de llegarnos a esa gran mansión, de instalarnos en ella, de comenzar a acoger gente necesitada, que obviamos los ritmos, los pasos, los protocolos, los detalles imprescindibles. Confío en que una morada del resplandor nos aguarde en algún desierto o en alguna montaña, confío que si fracasa habrá alguien con quien compartir el intento, pero ya con la conciencia tranquila, con la sensación de haberlo dado todo, de no haber buscado nada para uno mismo. Ojalá podamos tomar nota, ojalá las experiencias fracasadas no sean en balde.

La virtud, la pureza, el desinterés personal, son indispensables a la hora de promover un proyecto comunitario. Son en torno a esos valores y a quienes sean capaces de exhibirlos que se conglomerarán las personas adecuadas. Las experiencias y proyectos comunitarios de carácter espiritual que hemos podido ver crecer a nuestro alrededor, lo muestran a las claras. La virtud irradia y atrae. El amor, la entrega desinteresada, la comprensión y compasión mutuos permiten sobrellevar las dificultades, las diferencias, pero donde faltan los primeros arrancan las tensiones y conflictos. Más tarde o temprano el fracaso sobreviene. Entonces no hay Amón, ni casta sacerdotal a los que atribuirles el fracaso. Es el Amón interior el que nos expulsa y nos seguirá expulsando de la geografía de la utopía.

Mucho más importante que hacer acopio de cemento y ladrillos fuera, es el compromiso de superación personal, es la determinación de servir a la causa colectiva por encima de los intereses personales, lo que terminará dibujando la suspirada morada del resplandor en nuestros horizontes. El hundimiento de nuestra pequeña morada en ciernes no haya sido en balde. Lo volvemos a intentar, ahora con más tiempo, con más tacto, con más experiencia, ojalá también con más virtud. La info obra en http://www.comunidadaroa.org Estamos ahora de nuevo rumbo a los sueños. El Cielo nos inunde de Su Virtud y de Su Amor ¡Así sea!

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